Es muy tarde, ya lo sé, pero no he estado en León y no he podido escribir nada alusivo al tema en la fecha indicada, así que, lo escribo hoy, que dará lo mismo.
Este año no me he enterado de esta “festividad” que no sé si tiene algún sentido o no, porque si normalmente ya se compran pocos libros, este año, con esa palabreja que se ha colado en nuestras vidas como una visita incómoda que viene a quedarse más tiempo del que nos gustaría (dichosa “crisis”), seguro que las ventas han bajado más todavía. Pero sí ha habido algo que me ha gustado y que no había visto hasta ahora.
Mi niño pequeñito llegó a casa con un regalo, un poco confundido, eso sí, porque entregándome una flor de papel y un librito hecho por él (con la ayuda de su profesora, me imagino), me dijo ilusionado: “Toma, para el día de tu madre”.
Me parecía que era algo pronto, porque esto fue el 22 de Abril y el día de “mi madre” como él dice, es el 3 de Mayo, pero como lo único que importa es el brillo de esos ojitos que te miran esperando a ver qué dices ante el fruto de lo que, seguramente, ha sido el trabajo de varios días de colegio, me puse la mar de contenta, celebré muchísimo lo bien que le había quedado y le di cuatro achuchones de esos que sólo da una madre emocionada.
Cuando leí lo que venía escrito, comprendí que el significado no era el que había interpretado el niño, seguramente un poco liado por algún otro regalito que andarán preparando para estos días, sino que era un detalle para conmemorar el día del libro, de un modo parecido al catalán, con una flor de papel recortada por los niños y en la cual venía insertado un poema de un autor que no conozco, pero que me encantó.
Me ha parecido un gesto bien bonito que desde pequeños se les haga tener en cuenta la importancia que tienen los libros, porque si empezamos a explicárselo con tres años, a lo mejor se consigue que después comprendan que los libros no muerden.
Como el poema me gustó y es cortito, lo pongo aquí para que lo disfrutéis:
Juntos en la biblioteca,
están siempre allí esperando
que alguna manita inquieta
se decida a despertarlos.
Sus hojas son ventanitas
que abren con alegría
para llevarnos a un mundo
de aventura y fantasía.
A veces leo de brujas,
otras veces de planetas,
de princesas, de animales
o de un niño en bicicleta.
Por favor, no me interrumpan,
dejadme ahora tranquilo,
que quiero leer un libro
y compartirlo contigo.
N. Zamataro.
¿A que mola?
jueves, 30 de abril de 2009
miércoles, 22 de abril de 2009
Hoy el desenlace. Espero que os haya gustado
Me dieron ganas de coger una rabieta como los críos y empezar a llamar a mi madre para que viniese a buscarme, ya era mala pata que todo se me pusiese en contra.
En aquellas horas había pensado ya más que en toda mi vida anterior, se me iba a desgastar la sustancia del cerebro, y no me apetecía nada, la verdad, pero no me quedaba más remedio que seguir pensando.
Yo estaba en el lado del escaparate que están los cadáveres, de allí no podía salir hasta que no viniesen los de la funeraria a buscar la caja. Al otro lado del cristal no se veía nada, no había luz, por la noche sólo habían dejado un pequeño foco en el lado del muerto, se ve que por si tenía miedo, en el otro lado, en el de los vivos, nada de nada.
Me acerqué al cristal, puse las manos cerrando un poco el campo y miré por mirar, porque estaba claro que no había otra salida, y juro que al acercarme oí ruidos.
Yo ya no sabía si era cosa mía, que me estaba volviendo majareta perdido, si eran alucinaciones o qué leches era aquello, lo cierto era que oía ruidos y venían de allí mismo.
Miré la caja, por ahí bien, la “rica” seguía en su sitio, despeinada como si acabase de llegar de una pelea en las rebajas, pero allí quieta, que era de lo que se trataba.
¿Entonces qué era lo que estaba pasando al otro lado del cristal?
Aunque me parecía que iba a hacer un ridículo espantoso, me atreví a dar unos golpes, por si me podía escuchar alguien, ya me daba igual que fuesen del más allá o del más acá, prometía no hacer preguntas, con que me dejasen salir era bastante, que aunque la “joyas” y yo ya teníamos mucha confianza, tenía unas ganas de marcharme que no podía con ellas.
“¿Hay alguien ahí?” pregunté haciendo el gilipollas bien hecho.
Nada, como era lógico nadie contestó, pero yo apostaba el cuello a que, aunque fuesen dos ratones, había vida más allá del cristal.
De repente, como si fuese una aparición, veo asomar por el otro lado dos moles inmensas, como dos castillos, que en la oscuridad no fui capaz de identificar y me dieron tal pánico que me olvidé de donde estaba y pegué un grito que ni Trazan en sus mejores tiempos.
En esas, alguien encendió la luz al otro lado y me veo delante de mí a dos tíos completamente deshechos de risa medio tirados por el suelo y señalándome con el dedo.
Mis dos amigos, el “Juan Sinmiedo” y el “Brutus” me miraban desde detrás del cristal sin poder casi ni respirar de tanta risa y chorreándoles hasta lagrimones por la cara de lo bien que lo estaban pasando, los muy desgraciados, a costa mía.
Si les cojo les mato, el sitio era apropiado para tener dos muertos más, pero fueron lo bastante listos como para estarse riendo de mí con un cristal por el medio hasta que me vieron más calmado.
A los cinco minutos se abrió la puerta de su lado y entró el director, yo pensé que se les iba a caer el pelo a aquellos dos desgraciados, porque yo, al fin y al cabo estaba en mi puesto, pero ellos estaban allí sin autorización, se podían ir preparando con el tipo aquel.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el paisano, lejos de ponerles en la calle, se sienta a su lado y me mira como ellos para empezar a reírse los tres. ¿Pero qué clase de director era aquel? ¿Qué estaba haciendo allí con aquellos dos sinvergüenzas partiéndose el culo de risa a costa mía?
Cuando se les pasó el ataque y pudieron recuperar la respiración, el director les dijo: “Venga tíos, hay que irse de aquí antes de que empiece a llegar la peña, que aquí a las ocho no hay quién pare”.
No podía creerlo, es que cada vez se me iba poniendo la cara más de idiota, de pardillo, de “pringao”.
“Buen actor el amigo conserje ¿eh?” me dijo el “Brutus” desde su lado.
¿Conserje?? ¿Pero cómo conserje? Entonces aquel tiparraco trabajaba allí de conserje, de acomodador, como en los cines, de bedel, de “mandao” y se había conchabado con ellos para hacerse pasar por director y darme el pego...
Cuando abrieron la puerta y salí , ya no me quedaban ni fuerzas para meterles un golpe a cada uno, me sentía como un imbécil, allí, aferrado a mi pistola de plástico y víctima de la cruel broma que me habían gastado sin piedad.
Con amigos así no hacen falta enemigos.
Al menos, nadie más se enteró, y por la mañana, cuando fui a entregar el uniforme y a decirles a los de la agencia que “Zamora es buena tierra” pero que conmigo no contasen más, me felicitaron por mi primera noche y me animaron a que siguiese con ellos, que no había inconveniente en cambiar de sitio, que la noche siguiente me mandarían a un lugar más animado, donde se me pasaría el tiempo rápido, era un local de mucha fama, de ambiente, de lo más entretenido.
Me picó la curiosidad, lo reconozco, y la verdad es que cuando me dijeron que era un lugar en el que se hacían desnudos, ya ni lo dudé, aquella era mi oportunidad.
¿Por qué nadie me explicó antes de ir lo que se entiende por un lugar “de ambiente”?
-FIN-
En aquellas horas había pensado ya más que en toda mi vida anterior, se me iba a desgastar la sustancia del cerebro, y no me apetecía nada, la verdad, pero no me quedaba más remedio que seguir pensando.
Yo estaba en el lado del escaparate que están los cadáveres, de allí no podía salir hasta que no viniesen los de la funeraria a buscar la caja. Al otro lado del cristal no se veía nada, no había luz, por la noche sólo habían dejado un pequeño foco en el lado del muerto, se ve que por si tenía miedo, en el otro lado, en el de los vivos, nada de nada.
Me acerqué al cristal, puse las manos cerrando un poco el campo y miré por mirar, porque estaba claro que no había otra salida, y juro que al acercarme oí ruidos.
Yo ya no sabía si era cosa mía, que me estaba volviendo majareta perdido, si eran alucinaciones o qué leches era aquello, lo cierto era que oía ruidos y venían de allí mismo.
Miré la caja, por ahí bien, la “rica” seguía en su sitio, despeinada como si acabase de llegar de una pelea en las rebajas, pero allí quieta, que era de lo que se trataba.
¿Entonces qué era lo que estaba pasando al otro lado del cristal?
Aunque me parecía que iba a hacer un ridículo espantoso, me atreví a dar unos golpes, por si me podía escuchar alguien, ya me daba igual que fuesen del más allá o del más acá, prometía no hacer preguntas, con que me dejasen salir era bastante, que aunque la “joyas” y yo ya teníamos mucha confianza, tenía unas ganas de marcharme que no podía con ellas.
“¿Hay alguien ahí?” pregunté haciendo el gilipollas bien hecho.
Nada, como era lógico nadie contestó, pero yo apostaba el cuello a que, aunque fuesen dos ratones, había vida más allá del cristal.
De repente, como si fuese una aparición, veo asomar por el otro lado dos moles inmensas, como dos castillos, que en la oscuridad no fui capaz de identificar y me dieron tal pánico que me olvidé de donde estaba y pegué un grito que ni Trazan en sus mejores tiempos.
En esas, alguien encendió la luz al otro lado y me veo delante de mí a dos tíos completamente deshechos de risa medio tirados por el suelo y señalándome con el dedo.
Mis dos amigos, el “Juan Sinmiedo” y el “Brutus” me miraban desde detrás del cristal sin poder casi ni respirar de tanta risa y chorreándoles hasta lagrimones por la cara de lo bien que lo estaban pasando, los muy desgraciados, a costa mía.
Si les cojo les mato, el sitio era apropiado para tener dos muertos más, pero fueron lo bastante listos como para estarse riendo de mí con un cristal por el medio hasta que me vieron más calmado.
A los cinco minutos se abrió la puerta de su lado y entró el director, yo pensé que se les iba a caer el pelo a aquellos dos desgraciados, porque yo, al fin y al cabo estaba en mi puesto, pero ellos estaban allí sin autorización, se podían ir preparando con el tipo aquel.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el paisano, lejos de ponerles en la calle, se sienta a su lado y me mira como ellos para empezar a reírse los tres. ¿Pero qué clase de director era aquel? ¿Qué estaba haciendo allí con aquellos dos sinvergüenzas partiéndose el culo de risa a costa mía?
Cuando se les pasó el ataque y pudieron recuperar la respiración, el director les dijo: “Venga tíos, hay que irse de aquí antes de que empiece a llegar la peña, que aquí a las ocho no hay quién pare”.
No podía creerlo, es que cada vez se me iba poniendo la cara más de idiota, de pardillo, de “pringao”.
“Buen actor el amigo conserje ¿eh?” me dijo el “Brutus” desde su lado.
¿Conserje?? ¿Pero cómo conserje? Entonces aquel tiparraco trabajaba allí de conserje, de acomodador, como en los cines, de bedel, de “mandao” y se había conchabado con ellos para hacerse pasar por director y darme el pego...
Cuando abrieron la puerta y salí , ya no me quedaban ni fuerzas para meterles un golpe a cada uno, me sentía como un imbécil, allí, aferrado a mi pistola de plástico y víctima de la cruel broma que me habían gastado sin piedad.
Con amigos así no hacen falta enemigos.
Al menos, nadie más se enteró, y por la mañana, cuando fui a entregar el uniforme y a decirles a los de la agencia que “Zamora es buena tierra” pero que conmigo no contasen más, me felicitaron por mi primera noche y me animaron a que siguiese con ellos, que no había inconveniente en cambiar de sitio, que la noche siguiente me mandarían a un lugar más animado, donde se me pasaría el tiempo rápido, era un local de mucha fama, de ambiente, de lo más entretenido.
Me picó la curiosidad, lo reconozco, y la verdad es que cuando me dijeron que era un lugar en el que se hacían desnudos, ya ni lo dudé, aquella era mi oportunidad.
¿Por qué nadie me explicó antes de ir lo que se entiende por un lugar “de ambiente”?
-FIN-
martes, 21 de abril de 2009
Hoy dos porque ayer no pude colgar ninguna
Le escuché llegar perfectamente, le oí que me llamaba, pero yo no dije ni “pamplona”, yo quieto, callado (iba a decir “como un muerto”).
Si seis horas antes me dicen a mí que me iba a ver en el trance que me estaba viendo, me da un ataque de risa y no me lo creo ni aunque me lo juren.
¿Pero qué iba a hacer? Lo importante era que cuando el tipo llegase y mirase a ver si los muertos estaban en su sitio, no le llamase la atención la falta de ninguno, eso era lo más importante.
Juro que estar metido en la caja de la “ricachona” me daba un mal rollo...Pero como idea no era mala, porque estaba muy tapado, igual que ella, y entre las flores y la poca luz que había, como no fuera que se metiese encima, no se daría cuenta del cambio, con la cantidad de muertos que pasaban por allí no creo que se supiera de memoria el “careto” de todos como había dicho, eso era un farol que se había tirado.
El plan era que cuando hubiese visto que no faltaba ninguno y volviese para abajo a buscarme, yo saldría de la caja, bajaría con él y le diría que había estado en el baño, que los guardas de seguridad también tendrán sus necesidades ¿o no?
¿A que no era mala idea? Entonces, él había visto todos los muertos, si luego le faltaba alguno era ya cosa suya, porque yo me las piraba a la primera de cambio.
Era una solución muy inteligente, tengo que reconocerlo, pero ya se sabe que las cosas nunca salen como uno las planea, claro.
Hay que tener en cuenta que llevaba muchas horas sin dormir, que tenía un sueño que no veía, que la tensión nerviosa cansa mucho, y claro, no era que el ataúd fuese cómodo, porque me quedaba tres o cuatro tallas pequeño, pero bueno, allí estirado, tapadito, y caliente...pues claro...Me metí mucho en mi papel, quería estar quieto para cuando el director abriese la puerta, y lo conseguí.
Me quedé allí, con los ojos casi cerrados, mirando de reojo la tapa de la caja que estaba apoyada en la pared de al lado sujeta con una silla para que no se cayese, recuerdo que pensé que era una forma un poco chapucera de dejarla allí, porque al primero que llegase y quitase una silla se le iba a caer la tapa encima, pero eso fue lo último que pensé, porque me quedé dormido como un bendito.
Lo sé, sé que puede parecer imposible, pero no lo es. Tal vez en otras circunstancias me piden que me meta allí y no lo hago ni dándome dinero, pero en situaciones límite no sabemos lo que somos capaces de lograr, y yo en el tema de dormir soy un fiera, la verdad.
Claro que me perdí parte de la movida, porque sé que el director hizo como yo había imaginado, echó un vistazo en las salas, hasta ahí llegué, porque hubo un dato que estuvo a punto de delatarme, y es que de los nervios, estaba sudando por cada pelo una gota, y hasta donde yo sé, los muertos no sudan, claro que tampoco respiran, por eso traté de contener la respiración, pero bueno, como sólo asomó un poco desde la puerta, no se dio cuenta de que mi desodorante me había abandonado.
Me despertaron mis propios estornudos, que si no, todavía sigo allí.
Con tantas flores a mi alrededor, empecé dale que te pego a darle a estornudar hasta que abrí los ojos y vi donde estaba.
¡ Joer qué susto me di! Casi me muero de verdad al darme cuenta del modelo de “cama” que estaba ocupando.
Tanta prisa quise darme en salir que no era capaz, me había quedado encajado de tal forma que era como si el maldito ataúd no quisiera soltarme, como si quisiera llevarme con él al “otro barrio”, como se llamaba la sala.
Cuando conseguí liberarme de sus redes y puse los pies en el suelo, estaba fatigado y todo, así no podía bajar y presentarme delante del director. Miré el reloj, eran casi las siete de la mañana, a ver cómo le decía yo que llevaba una hora en el baño, seguro que había estado buscándome por todos los sitios.
Tenía que tranquilizarme un poco antes de bajar a darle explicaciones a aquel hombre, bueno, explicaciones y saludos, porque tenía que decirle que por mí no esperase más, que yo me iba a mi casa para no volver a salir de ella nada más que para ir al bar.
El corazón me latía muy fuerte, así que decidí sentarme un momentito y recobrar el aliento, daba igual un segundo más que uno menos.
Según cogí la silla ¡madre mía la que se preparó!
Tal y como me había imaginado antes de dar la cabezadita que di tan ricamente, y tal y como se me había olvidado, la silla sujetaba contra la pared la tapa de la caja, y al moverla, se me vino encima con todo su peso, que si no estoy de reflejos como estoy, cae contra el suelo y se oye hasta en Malasia.
Pero aquella tapadera pesaba mucho, demasiado para ser una tapadera. Y es que era igual que esos huevos que traen sorpresa, venía con regalito.
Al asomar un poco la cabeza a ver por qué me costaba tanto moverla, descubrí detrás de ella a la “rica”, sí, allí estaba, con todas sus joyas, con la misma cara de muerta con la que la había visto por la noche, igual de tiesa, porque ni de pie se desmoronaba, ya había cogido la forma y hala, a vivir que son dos días, o a morir ¿yo qué sé si para esas alturas ya no sabía si reír o llorar?
No era cuestión de quedarme para siempre allí con la buena señora en la tapa y el ataúd vacío, lo suyo era colocarla en su sitio y marcharme pitando, que ya bastante hacía si la ponía de vuelta en la caja, porque yo no la había sacado de allí.
Me costó lo mío, que con los nervios y las prisas, cuando conseguí meterla me di cuenta de que la había puesto al revés y tenía la cabeza para abajo y los pies para arriba, y daba una impresión verla tan muerta y tan descolocada que no tuve más remedio que empezar otra vez las maniobras y calcular mejor el aterrizaje.
Ya en su sitio, me pregunté para qué se habrían molestado en andar con la muerta para dentro y para fuera si aparentemente, no le faltaba nada, pero bueno, con salir de allí ya me conformaba, no era cosa encima de dejarle el caso resuelto, a mí me habían contratado para que los “cinco” estuviesen protegidos toda la noche y yo se les devolvía tal y como me les habían entregado, bueno, la “rica” estaba bastante más despeinada, pero es que con tanto baile no era para menos, así que ya podía irme por donde había venido, si querían saber más que llamasen a “Colombo”, no te fastidia.
Me coloqué el uniforme y me dispuse a salir de la sala, cuando ¡date! La puerta estaba cerrada.
Menuda manía tenían en aquel sitio con cerrarlo todo.
¿Pero es que no iba a poder salir nunca de allí?
Si seis horas antes me dicen a mí que me iba a ver en el trance que me estaba viendo, me da un ataque de risa y no me lo creo ni aunque me lo juren.
¿Pero qué iba a hacer? Lo importante era que cuando el tipo llegase y mirase a ver si los muertos estaban en su sitio, no le llamase la atención la falta de ninguno, eso era lo más importante.
Juro que estar metido en la caja de la “ricachona” me daba un mal rollo...Pero como idea no era mala, porque estaba muy tapado, igual que ella, y entre las flores y la poca luz que había, como no fuera que se metiese encima, no se daría cuenta del cambio, con la cantidad de muertos que pasaban por allí no creo que se supiera de memoria el “careto” de todos como había dicho, eso era un farol que se había tirado.
El plan era que cuando hubiese visto que no faltaba ninguno y volviese para abajo a buscarme, yo saldría de la caja, bajaría con él y le diría que había estado en el baño, que los guardas de seguridad también tendrán sus necesidades ¿o no?
¿A que no era mala idea? Entonces, él había visto todos los muertos, si luego le faltaba alguno era ya cosa suya, porque yo me las piraba a la primera de cambio.
Era una solución muy inteligente, tengo que reconocerlo, pero ya se sabe que las cosas nunca salen como uno las planea, claro.
Hay que tener en cuenta que llevaba muchas horas sin dormir, que tenía un sueño que no veía, que la tensión nerviosa cansa mucho, y claro, no era que el ataúd fuese cómodo, porque me quedaba tres o cuatro tallas pequeño, pero bueno, allí estirado, tapadito, y caliente...pues claro...Me metí mucho en mi papel, quería estar quieto para cuando el director abriese la puerta, y lo conseguí.
Me quedé allí, con los ojos casi cerrados, mirando de reojo la tapa de la caja que estaba apoyada en la pared de al lado sujeta con una silla para que no se cayese, recuerdo que pensé que era una forma un poco chapucera de dejarla allí, porque al primero que llegase y quitase una silla se le iba a caer la tapa encima, pero eso fue lo último que pensé, porque me quedé dormido como un bendito.
Lo sé, sé que puede parecer imposible, pero no lo es. Tal vez en otras circunstancias me piden que me meta allí y no lo hago ni dándome dinero, pero en situaciones límite no sabemos lo que somos capaces de lograr, y yo en el tema de dormir soy un fiera, la verdad.
Claro que me perdí parte de la movida, porque sé que el director hizo como yo había imaginado, echó un vistazo en las salas, hasta ahí llegué, porque hubo un dato que estuvo a punto de delatarme, y es que de los nervios, estaba sudando por cada pelo una gota, y hasta donde yo sé, los muertos no sudan, claro que tampoco respiran, por eso traté de contener la respiración, pero bueno, como sólo asomó un poco desde la puerta, no se dio cuenta de que mi desodorante me había abandonado.
Me despertaron mis propios estornudos, que si no, todavía sigo allí.
Con tantas flores a mi alrededor, empecé dale que te pego a darle a estornudar hasta que abrí los ojos y vi donde estaba.
¡ Joer qué susto me di! Casi me muero de verdad al darme cuenta del modelo de “cama” que estaba ocupando.
Tanta prisa quise darme en salir que no era capaz, me había quedado encajado de tal forma que era como si el maldito ataúd no quisiera soltarme, como si quisiera llevarme con él al “otro barrio”, como se llamaba la sala.
Cuando conseguí liberarme de sus redes y puse los pies en el suelo, estaba fatigado y todo, así no podía bajar y presentarme delante del director. Miré el reloj, eran casi las siete de la mañana, a ver cómo le decía yo que llevaba una hora en el baño, seguro que había estado buscándome por todos los sitios.
Tenía que tranquilizarme un poco antes de bajar a darle explicaciones a aquel hombre, bueno, explicaciones y saludos, porque tenía que decirle que por mí no esperase más, que yo me iba a mi casa para no volver a salir de ella nada más que para ir al bar.
El corazón me latía muy fuerte, así que decidí sentarme un momentito y recobrar el aliento, daba igual un segundo más que uno menos.
Según cogí la silla ¡madre mía la que se preparó!
Tal y como me había imaginado antes de dar la cabezadita que di tan ricamente, y tal y como se me había olvidado, la silla sujetaba contra la pared la tapa de la caja, y al moverla, se me vino encima con todo su peso, que si no estoy de reflejos como estoy, cae contra el suelo y se oye hasta en Malasia.
Pero aquella tapadera pesaba mucho, demasiado para ser una tapadera. Y es que era igual que esos huevos que traen sorpresa, venía con regalito.
Al asomar un poco la cabeza a ver por qué me costaba tanto moverla, descubrí detrás de ella a la “rica”, sí, allí estaba, con todas sus joyas, con la misma cara de muerta con la que la había visto por la noche, igual de tiesa, porque ni de pie se desmoronaba, ya había cogido la forma y hala, a vivir que son dos días, o a morir ¿yo qué sé si para esas alturas ya no sabía si reír o llorar?
No era cuestión de quedarme para siempre allí con la buena señora en la tapa y el ataúd vacío, lo suyo era colocarla en su sitio y marcharme pitando, que ya bastante hacía si la ponía de vuelta en la caja, porque yo no la había sacado de allí.
Me costó lo mío, que con los nervios y las prisas, cuando conseguí meterla me di cuenta de que la había puesto al revés y tenía la cabeza para abajo y los pies para arriba, y daba una impresión verla tan muerta y tan descolocada que no tuve más remedio que empezar otra vez las maniobras y calcular mejor el aterrizaje.
Ya en su sitio, me pregunté para qué se habrían molestado en andar con la muerta para dentro y para fuera si aparentemente, no le faltaba nada, pero bueno, con salir de allí ya me conformaba, no era cosa encima de dejarle el caso resuelto, a mí me habían contratado para que los “cinco” estuviesen protegidos toda la noche y yo se les devolvía tal y como me les habían entregado, bueno, la “rica” estaba bastante más despeinada, pero es que con tanto baile no era para menos, así que ya podía irme por donde había venido, si querían saber más que llamasen a “Colombo”, no te fastidia.
Me coloqué el uniforme y me dispuse a salir de la sala, cuando ¡date! La puerta estaba cerrada.
Menuda manía tenían en aquel sitio con cerrarlo todo.
¿Pero es que no iba a poder salir nunca de allí?
Sí, estuve dos horas debajo de un sofá en la sala de la entrada ¿y qué?
Estaba allí porque ser “segurata” es casi como ser policía secreta o detective privado, a veces hay que hacer como que va uno de incógnito, que no se te vea, tratar de pasar desapercibido, y eso era lo que yo hacía allí agazapado, no esconderme, no confundamos las cosas, porque encima, de comodidad nada, que tuve que abrir la lata de sardinas a mordiscos, que ni sitio tenía para darle hacia atrás al abrefácil ese con el que no hay vez que no me corte.
Cuando terminé con todo lo que mi madre me había preparado, me encontraba mejor, dirán lo que quieran, pero con el estómago lleno se ven las cosas de otra manera, ya sé que “de grandes cenas están las sepulturas llenas”, pero no era el momento para pensar en esos temas, por muy adecuado que fuese el sitio.
Salí como pude de debajo del sofá y para pensar mejor lo que tenía que hacer, me tumbé un rato, no es lo mismo estar debajo de un sofá, que encima. Pero me tuve que levantar enseguida, tenía un sueño que no veía, se me cerraban los ojos como si pesaran diez kilos cada uno, así que me atreví a dar unos pasos por la sala de entrada en la que estaba, mientras iba dándole forma a una idea, porque las cosas bien planeadas, salen mejor.
Estaba claro que los ruidos que había escuchado en la planta de arriba, se deberían a cualquier movimiento que hubiese habido en el tejado, bien fuese algún ratón, un pájaro..., cualquier cosa que en aquel momento me asustó, pero que bien pensado, no era motivo para tener más miedo del que ya tenía antes de escucharlos.
Eran cerca de las tres de la mañana, me quedaban tres horas por delante hasta que llegase el “mustio” del director, y lo que no quería era quedarme dormido allí y que el tío me encontrase “sobao”, de eso nada, que yo quería salir de aquella noche bien y no volver allí ni muerto, bueno, es un decir...
Hacer un solitario no podía porque no había llevado cartas, televisión no tenían, DVD ni te cuento, “pelis” porno ni las busqué siquiera porque “pa qué”, y libros, haberlos los había, pero ya digo que se me daña la vista y mi madre dice que son dos ojos para toda la vida, no era cosa de machacarlos en una noche tonta. Total, que lo único que podía hacer era pasear arriba y abajo y ponerme un par de palillos en cada ojo a ver si conseguía que no se me cerrasen.
Mientras paseaba, iba recordando mentalmente los fiambres que unos metros por encima de mi cabeza dormían el sueño de “los justos”, aunque menuda parida es eso, porque al fin y al cabo, ese sueño lo van a dormir igual los justos que los injustos, pero bueno, a lo que vamos, que dándole vueltas al tema, pensé que hasta en la hora de la muerte estaban las cosas mal repartidas, porque mira que tenían flores y coronas cuatro de los fiambres y resulta que la pobre paisana que estaba en la sala cuarta estaba más sosa que un pan sin sal, la mujer no tenía ni una flor, ni un detalle, o sea, estaba simplemente muerta, había palmado y punto, ni un puñetero clavel que le habían puesto allí, y eso me pareció mal, porque vamos a ver, ya bastantes diferencias y clases hay en la vida como para que a la hora de “espicharlas” haya que andarse también con distinciones. No señor, yo seré lo que sea, pero a mí eso no me gusta, si hay flores para unos, también tiene que haber flores para otros.
Así que, como si fuera el “Robin Juz” de los mortuorios, subí con la intención de quitarle las flores a los ricos para dárselas a los pobres, cualquier cosa valía con tal de aguantar toda la noche sin que me diese el sueño. Total, sería cuestión de cambiar unas coronas de sitio y punto, bastante disgusto tendrían las familias como para ponerse a contar a ver si estaban todas las flores o faltaba alguna, pensé.
Al llegar arriba, se me ocurrió echar otro vistazo a “mis chicos”, el terror primero había dado paso a una especie de responsabilidad paternal, eran mis muertos, yo estaba allí para cuidarles, y como si estuviera vigilando que ya hubieran llegado todos a casa después de una fiesta, fui abriendo un poco las puertas de las salas, para ver si todos estaban bien, y de paso, mirar a ver quién tenía más flores.
El primer señor, el anciano sencillo seguía en su sitio, cosa por otro lado bien lógica porque si estaba muerto, no cumplía con menos. El segundo, el “rey de las coronas”, también estaba sano y salvo, bueno, menuda estupidez he puesto, estaba fatal, vamos, peor imposible, pero quiero decir que estaba quieto, sin inmutarse. A este era al que le tenía que quitar un par de coronas para ponérselas a la señora de la cuarta sala, así que me dispuse a vencer todos mis reparos y entrar por la parte de atrás del “escaparate” para coger las flores.
Algo me había comentado mi madre de que de pequeño no me podía llevar al parque porque empezaba a estornudar, pero como hacía mil años que no pisaba un jardín, ni me acordaba, la verdad.
Fue acercarme a la corona para sacarla de allí y empezar a estornudar como si me hubiesen echado unos polvos, unos polvos “pica-pica”, quiero decir, que no es el momento de andar pensando en maldades.
A trancas y barrancas, entre las flores que no me dejaban ver casi nada, lo que pesaba la dichosa corona, y los estornudos que no paraban, conseguí llegar hasta la sala cuarta, donde estaba la “sin flores” y dejar la corona allí como pude.
Pero aunque la cosa estaba mejor, los otros seguían teniendo muchas más flores, así que decidí quitarle una también a la “enjoyada”, la ricachona de al lado, que tenía una floristería entera para ella sola.
Y allá fui, porque ya digo que si me llaman “Paco Jones”, por algo será. Me sentía orgulloso de mí mismo como no me había sentido en mi vida, porque después del miedo que había tenido siempre de los muertos, aquella noche daba la impresión de que hubiera nacido allí.
Abrí la puerta de la sala de la “joyas”, y en efecto, entre un estornudo y otro pude ver que aquello estaba abarrotado de flores, menudo despilfarro, como para darse cuenta si les quitaba alguna...
Con tanto jardín botánico y tanta historia, a la paisana casi ni se la veía, vamos, es que estaba literalmente desaparecida, qué cosa, daba una impresión ver el ataúd vacío...
¡¡Vacío!! Sí, eso he dicho ¡Vacío! No era que a la “joyas” no se la viera, es que no estaba. No era que hubieran asaltado el cadáver para llevarse alguna de las alhajas horteras que tenía, no, era que se habían llevado las joyas con la “ricachona” dentro.
Se me cayó la corona, se me cayeron dos goterones de sudor desde la frente hasta los pies, y se me caían hasta los pantalones.
¿Qué iba yo a contarle al “sansirolé” del director cuando llegase a penas dos horas y media después? ¿Qué podía decirle? ¿Qué había pasado con la “rica”? ¡Joer! Que por muy hortera que fuese, era mi muerta, nadie tenía derecho a llevársela entera, esas cosas no se hacen, hombre... ¿Qué habría sido de ella?
Y sobre todo ¿qué iba a ser de mí?
Busqué por debajo de las flores, tal vez con tanto peso, se había caído y ese era el ruido que yo había escuchado, levanté las coronas, estornudé sin parar hasta que tuve que salirme de allí porque ya no podía más.
Miré en el pasillo, en la sala de abajo, por debajo de los sofás y por encima de las mesas, pero no había nada que hacer, decididamente, la “rica” no estaba.
Es asombroso lo rápido que pasa el tiempo cuando no quieres que pase, porque con las ganas que había tenido hasta entonces de que se acabase la noche, de repente lo único que quería era que las seis de la mañana tardasen un poco más en llegar, a ver si me daba tiempo de idear algo, incluso pensé, se ve que un poco afectado por el cubata que me había llevado en el termo de mi madre, que tal vez con un poco más de tiempo, la “rica” regresase a su sitio, como si se hubiera ido de excursión.
¿Y si en realidad nunca había estado muerta del todo? ¿Y si había sido un error y resulta que estaba más viva que yo? No era la primera vez que se habían oído contar casos de esos, puede pasar, pero vamos, también podía haber pasado otro día, y no precisamente el primero y único que yo iba a estar allí. A ver con qué cara le decía al director que me faltaba uno de los “inquilinos” de arriba.
Además, no había ni un ruido, y se me habían quitado las ganas de andar poniendo coronas de un sitio para otro, al fin y al cabo yo no soy ninguna ONG de los difuntos, el que no tenga flores que llame a “Coronas sin fronteras” o algo así, ya había hecho bastante el tonto por querer repartir las cosas equitativamente, está visto que no se puede ir de buena gente por la vida (ni por la muerte), nadie te lo agradece, y encima, para cinco muertos que me confían, ya ves, muertos del todo, que nadie hubiera pensado mal de ellos, va y me sale una rebelde.
Claro que, puestos a pensar, a lo mejor era la primera vez en su vida que se fugaba, o mejor dicho, la primera vez en su muerte ¡vaya lío! Lo que estaba claro, era que la única manera de que mi reputación no quedase en entredicho era que todo se resolviese antes de que llegase el “amo”. Y no es que yo viviese pendiente de lo que los demás dijeran de mí, lo único que me jorobaba, era la opinión que tuvieran de mí mis amigotes de toda la vida, aquellos que se habían apostado no sé cuánto a que no era capaz de pasar allí la noche, los que estaban seguros de que no iba a saber salir airoso de la primera jornada completa de trabajo en toda mi vida. Bueno, no, la primera fue cuando hice de monaguillo con diez años y mientras preparaba los “aperos” de la misa pillé una “tajada” que después en vez de cantar el “Santo, santo” yo salté con “Asturias patria querida”, es que a mí la montaña siempre me ha tirado mucho.
Tengo un amigo que es como Juan “Sinmiedo”, se pasa el día presumiendo de que a él todo le da igual, de que es capaz de cualquier cosa, y claro, me apetecía darle en los morros y demostrarle que no era para tanto, ya de tener que pasar la noche con aquella pandilla de difuntos, por lo menos quedar bien, y no que encima, se corriese la voz de que la primera noche que tienen guarda de seguridad no se llevan sólo las joyas, es que se llevan a la difunta completa.
Luego, también está “Brutus”, otro amigo, muy sanote, buena gente, pero bestia como él sólo, nos tiene asfixiados a todos con su manía de que es más fuerte que ninguno, estás con él tan campante y de repente levanta la mesa o le da por levantarnos en brazos a alguno, que mira que a cualquiera de nosotros no se nos levanta ni con una grúa. A este también quería yo demostrarle que la fuerza física no es lo más importante, que también hay que saber enfrentar situaciones con la misma valentía que yo estaba enfrentando aquel misterio: el enigma de la “joyas”, parecía el título de una novela.
Me quedaban menos de dos horas y la caja de la muerta seguía más vacía que la nevera de mi casa después de pasar yo por ella.
Decidí sentarme a pensar, y cuando me estaba preparando para ello, sentí otra vez unos ruidos en la parte de los “minicines”. Salté raudo y veloz, haciendo gala de mi tremendo valor, y me coloqué rápidamente debajo del sofá, que ya era como mi segunda casa.
Nada, silencio total otra vez, y yo, allí, aferrado a mi pistola de juguete, que aunque matar no mataba, le podía dar un buen susto a los ladrones ¿no?
No hubo nada qué hacer, lo único que se me ocurrió fue subir a ver si la “desaparecida en combate” ya había regresado, tal vez la hubiesen despojado de sus adornos y la devolvieran, como si fuera un envase de esos que hay que devolver cuando te has bebido lo de dentro.
Ahí sí que tuve que tener un arranque de hombría, eso no se me negará, porque subir otra vez, y abrir la puerta de la sala donde tenía que estar la señora, es muy duro, pero que muy duro.
Con la pistola en una mano y el termo de mi madre en la otra (era lo único que tenía, y con el poco de cubata que me quedaba podía marear a alguien bastante), hice como en las películas, di una patada a la puerta y dije: “Tiene derecho a permanecer callado...” Me parece que no es en esa escena en la que se dice esa frase, pero es que las de “polis” son todas iguales y he visto tantas que ya no sé muy bien si tenía que decir eso o lo de “salga con las manos en alto...”, es igual, porque allí no había nadie, por no estar, no estaba ni la muerta, o sea, que todo seguía igual que antes.
Haciendo un derroche de poderío insospechado en mí, eché un vistazo a mis viejos amigos de las otras salas; estos, más formales, permanecían en sus sitios, igual de muertos que al principio, como debe de ser, no como la otra “pendona” que me estaba amargando el turno.
Con la esperanza de que en la policía hubieran cambiado de idea, volví a llamarles, pero la de la centralita me reconoció la voz y me dijo que no fuese pesado, que si yo me aburría, ellos tenían mucho trabajo y que no les diese más la tabarra con mis películas de miedo.
Llamé a mi casa pero no oyeron el teléfono, es que como mi padre ronca mucho, se ponen tapones en los oídos, y ya se puede caer la casa, que es lo mismo.
Ya no sabía qué hacer, por más vueltas que le daba, no se me ocurría una respuesta que darle al director, no me explicaba cómo se habían podido llevar de allí a la señora en cuestión, delante de mis narices.
En esas estaba, cuando a través de la cristalera de la planta baja, vi acercarse un coche. Miré el reloj: las seis y diez. ¡Era el tipo aquel, el rarito, el director! Y la muerta sin llegar, y la caja vacía, y él que me había dicho que si faltaba algo yo mismo ocuparía una de aquellas cajas...
¡Joer, qué idea! ¡Qué idea se me ocurrió cuando me acordé de aquello!
Estaba allí porque ser “segurata” es casi como ser policía secreta o detective privado, a veces hay que hacer como que va uno de incógnito, que no se te vea, tratar de pasar desapercibido, y eso era lo que yo hacía allí agazapado, no esconderme, no confundamos las cosas, porque encima, de comodidad nada, que tuve que abrir la lata de sardinas a mordiscos, que ni sitio tenía para darle hacia atrás al abrefácil ese con el que no hay vez que no me corte.
Cuando terminé con todo lo que mi madre me había preparado, me encontraba mejor, dirán lo que quieran, pero con el estómago lleno se ven las cosas de otra manera, ya sé que “de grandes cenas están las sepulturas llenas”, pero no era el momento para pensar en esos temas, por muy adecuado que fuese el sitio.
Salí como pude de debajo del sofá y para pensar mejor lo que tenía que hacer, me tumbé un rato, no es lo mismo estar debajo de un sofá, que encima. Pero me tuve que levantar enseguida, tenía un sueño que no veía, se me cerraban los ojos como si pesaran diez kilos cada uno, así que me atreví a dar unos pasos por la sala de entrada en la que estaba, mientras iba dándole forma a una idea, porque las cosas bien planeadas, salen mejor.
Estaba claro que los ruidos que había escuchado en la planta de arriba, se deberían a cualquier movimiento que hubiese habido en el tejado, bien fuese algún ratón, un pájaro..., cualquier cosa que en aquel momento me asustó, pero que bien pensado, no era motivo para tener más miedo del que ya tenía antes de escucharlos.
Eran cerca de las tres de la mañana, me quedaban tres horas por delante hasta que llegase el “mustio” del director, y lo que no quería era quedarme dormido allí y que el tío me encontrase “sobao”, de eso nada, que yo quería salir de aquella noche bien y no volver allí ni muerto, bueno, es un decir...
Hacer un solitario no podía porque no había llevado cartas, televisión no tenían, DVD ni te cuento, “pelis” porno ni las busqué siquiera porque “pa qué”, y libros, haberlos los había, pero ya digo que se me daña la vista y mi madre dice que son dos ojos para toda la vida, no era cosa de machacarlos en una noche tonta. Total, que lo único que podía hacer era pasear arriba y abajo y ponerme un par de palillos en cada ojo a ver si conseguía que no se me cerrasen.
Mientras paseaba, iba recordando mentalmente los fiambres que unos metros por encima de mi cabeza dormían el sueño de “los justos”, aunque menuda parida es eso, porque al fin y al cabo, ese sueño lo van a dormir igual los justos que los injustos, pero bueno, a lo que vamos, que dándole vueltas al tema, pensé que hasta en la hora de la muerte estaban las cosas mal repartidas, porque mira que tenían flores y coronas cuatro de los fiambres y resulta que la pobre paisana que estaba en la sala cuarta estaba más sosa que un pan sin sal, la mujer no tenía ni una flor, ni un detalle, o sea, estaba simplemente muerta, había palmado y punto, ni un puñetero clavel que le habían puesto allí, y eso me pareció mal, porque vamos a ver, ya bastantes diferencias y clases hay en la vida como para que a la hora de “espicharlas” haya que andarse también con distinciones. No señor, yo seré lo que sea, pero a mí eso no me gusta, si hay flores para unos, también tiene que haber flores para otros.
Así que, como si fuera el “Robin Juz” de los mortuorios, subí con la intención de quitarle las flores a los ricos para dárselas a los pobres, cualquier cosa valía con tal de aguantar toda la noche sin que me diese el sueño. Total, sería cuestión de cambiar unas coronas de sitio y punto, bastante disgusto tendrían las familias como para ponerse a contar a ver si estaban todas las flores o faltaba alguna, pensé.
Al llegar arriba, se me ocurrió echar otro vistazo a “mis chicos”, el terror primero había dado paso a una especie de responsabilidad paternal, eran mis muertos, yo estaba allí para cuidarles, y como si estuviera vigilando que ya hubieran llegado todos a casa después de una fiesta, fui abriendo un poco las puertas de las salas, para ver si todos estaban bien, y de paso, mirar a ver quién tenía más flores.
El primer señor, el anciano sencillo seguía en su sitio, cosa por otro lado bien lógica porque si estaba muerto, no cumplía con menos. El segundo, el “rey de las coronas”, también estaba sano y salvo, bueno, menuda estupidez he puesto, estaba fatal, vamos, peor imposible, pero quiero decir que estaba quieto, sin inmutarse. A este era al que le tenía que quitar un par de coronas para ponérselas a la señora de la cuarta sala, así que me dispuse a vencer todos mis reparos y entrar por la parte de atrás del “escaparate” para coger las flores.
Algo me había comentado mi madre de que de pequeño no me podía llevar al parque porque empezaba a estornudar, pero como hacía mil años que no pisaba un jardín, ni me acordaba, la verdad.
Fue acercarme a la corona para sacarla de allí y empezar a estornudar como si me hubiesen echado unos polvos, unos polvos “pica-pica”, quiero decir, que no es el momento de andar pensando en maldades.
A trancas y barrancas, entre las flores que no me dejaban ver casi nada, lo que pesaba la dichosa corona, y los estornudos que no paraban, conseguí llegar hasta la sala cuarta, donde estaba la “sin flores” y dejar la corona allí como pude.
Pero aunque la cosa estaba mejor, los otros seguían teniendo muchas más flores, así que decidí quitarle una también a la “enjoyada”, la ricachona de al lado, que tenía una floristería entera para ella sola.
Y allá fui, porque ya digo que si me llaman “Paco Jones”, por algo será. Me sentía orgulloso de mí mismo como no me había sentido en mi vida, porque después del miedo que había tenido siempre de los muertos, aquella noche daba la impresión de que hubiera nacido allí.
Abrí la puerta de la sala de la “joyas”, y en efecto, entre un estornudo y otro pude ver que aquello estaba abarrotado de flores, menudo despilfarro, como para darse cuenta si les quitaba alguna...
Con tanto jardín botánico y tanta historia, a la paisana casi ni se la veía, vamos, es que estaba literalmente desaparecida, qué cosa, daba una impresión ver el ataúd vacío...
¡¡Vacío!! Sí, eso he dicho ¡Vacío! No era que a la “joyas” no se la viera, es que no estaba. No era que hubieran asaltado el cadáver para llevarse alguna de las alhajas horteras que tenía, no, era que se habían llevado las joyas con la “ricachona” dentro.
Se me cayó la corona, se me cayeron dos goterones de sudor desde la frente hasta los pies, y se me caían hasta los pantalones.
¿Qué iba yo a contarle al “sansirolé” del director cuando llegase a penas dos horas y media después? ¿Qué podía decirle? ¿Qué había pasado con la “rica”? ¡Joer! Que por muy hortera que fuese, era mi muerta, nadie tenía derecho a llevársela entera, esas cosas no se hacen, hombre... ¿Qué habría sido de ella?
Y sobre todo ¿qué iba a ser de mí?
Busqué por debajo de las flores, tal vez con tanto peso, se había caído y ese era el ruido que yo había escuchado, levanté las coronas, estornudé sin parar hasta que tuve que salirme de allí porque ya no podía más.
Miré en el pasillo, en la sala de abajo, por debajo de los sofás y por encima de las mesas, pero no había nada que hacer, decididamente, la “rica” no estaba.
Es asombroso lo rápido que pasa el tiempo cuando no quieres que pase, porque con las ganas que había tenido hasta entonces de que se acabase la noche, de repente lo único que quería era que las seis de la mañana tardasen un poco más en llegar, a ver si me daba tiempo de idear algo, incluso pensé, se ve que un poco afectado por el cubata que me había llevado en el termo de mi madre, que tal vez con un poco más de tiempo, la “rica” regresase a su sitio, como si se hubiera ido de excursión.
¿Y si en realidad nunca había estado muerta del todo? ¿Y si había sido un error y resulta que estaba más viva que yo? No era la primera vez que se habían oído contar casos de esos, puede pasar, pero vamos, también podía haber pasado otro día, y no precisamente el primero y único que yo iba a estar allí. A ver con qué cara le decía al director que me faltaba uno de los “inquilinos” de arriba.
Además, no había ni un ruido, y se me habían quitado las ganas de andar poniendo coronas de un sitio para otro, al fin y al cabo yo no soy ninguna ONG de los difuntos, el que no tenga flores que llame a “Coronas sin fronteras” o algo así, ya había hecho bastante el tonto por querer repartir las cosas equitativamente, está visto que no se puede ir de buena gente por la vida (ni por la muerte), nadie te lo agradece, y encima, para cinco muertos que me confían, ya ves, muertos del todo, que nadie hubiera pensado mal de ellos, va y me sale una rebelde.
Claro que, puestos a pensar, a lo mejor era la primera vez en su vida que se fugaba, o mejor dicho, la primera vez en su muerte ¡vaya lío! Lo que estaba claro, era que la única manera de que mi reputación no quedase en entredicho era que todo se resolviese antes de que llegase el “amo”. Y no es que yo viviese pendiente de lo que los demás dijeran de mí, lo único que me jorobaba, era la opinión que tuvieran de mí mis amigotes de toda la vida, aquellos que se habían apostado no sé cuánto a que no era capaz de pasar allí la noche, los que estaban seguros de que no iba a saber salir airoso de la primera jornada completa de trabajo en toda mi vida. Bueno, no, la primera fue cuando hice de monaguillo con diez años y mientras preparaba los “aperos” de la misa pillé una “tajada” que después en vez de cantar el “Santo, santo” yo salté con “Asturias patria querida”, es que a mí la montaña siempre me ha tirado mucho.
Tengo un amigo que es como Juan “Sinmiedo”, se pasa el día presumiendo de que a él todo le da igual, de que es capaz de cualquier cosa, y claro, me apetecía darle en los morros y demostrarle que no era para tanto, ya de tener que pasar la noche con aquella pandilla de difuntos, por lo menos quedar bien, y no que encima, se corriese la voz de que la primera noche que tienen guarda de seguridad no se llevan sólo las joyas, es que se llevan a la difunta completa.
Luego, también está “Brutus”, otro amigo, muy sanote, buena gente, pero bestia como él sólo, nos tiene asfixiados a todos con su manía de que es más fuerte que ninguno, estás con él tan campante y de repente levanta la mesa o le da por levantarnos en brazos a alguno, que mira que a cualquiera de nosotros no se nos levanta ni con una grúa. A este también quería yo demostrarle que la fuerza física no es lo más importante, que también hay que saber enfrentar situaciones con la misma valentía que yo estaba enfrentando aquel misterio: el enigma de la “joyas”, parecía el título de una novela.
Me quedaban menos de dos horas y la caja de la muerta seguía más vacía que la nevera de mi casa después de pasar yo por ella.
Decidí sentarme a pensar, y cuando me estaba preparando para ello, sentí otra vez unos ruidos en la parte de los “minicines”. Salté raudo y veloz, haciendo gala de mi tremendo valor, y me coloqué rápidamente debajo del sofá, que ya era como mi segunda casa.
Nada, silencio total otra vez, y yo, allí, aferrado a mi pistola de juguete, que aunque matar no mataba, le podía dar un buen susto a los ladrones ¿no?
No hubo nada qué hacer, lo único que se me ocurrió fue subir a ver si la “desaparecida en combate” ya había regresado, tal vez la hubiesen despojado de sus adornos y la devolvieran, como si fuera un envase de esos que hay que devolver cuando te has bebido lo de dentro.
Ahí sí que tuve que tener un arranque de hombría, eso no se me negará, porque subir otra vez, y abrir la puerta de la sala donde tenía que estar la señora, es muy duro, pero que muy duro.
Con la pistola en una mano y el termo de mi madre en la otra (era lo único que tenía, y con el poco de cubata que me quedaba podía marear a alguien bastante), hice como en las películas, di una patada a la puerta y dije: “Tiene derecho a permanecer callado...” Me parece que no es en esa escena en la que se dice esa frase, pero es que las de “polis” son todas iguales y he visto tantas que ya no sé muy bien si tenía que decir eso o lo de “salga con las manos en alto...”, es igual, porque allí no había nadie, por no estar, no estaba ni la muerta, o sea, que todo seguía igual que antes.
Haciendo un derroche de poderío insospechado en mí, eché un vistazo a mis viejos amigos de las otras salas; estos, más formales, permanecían en sus sitios, igual de muertos que al principio, como debe de ser, no como la otra “pendona” que me estaba amargando el turno.
Con la esperanza de que en la policía hubieran cambiado de idea, volví a llamarles, pero la de la centralita me reconoció la voz y me dijo que no fuese pesado, que si yo me aburría, ellos tenían mucho trabajo y que no les diese más la tabarra con mis películas de miedo.
Llamé a mi casa pero no oyeron el teléfono, es que como mi padre ronca mucho, se ponen tapones en los oídos, y ya se puede caer la casa, que es lo mismo.
Ya no sabía qué hacer, por más vueltas que le daba, no se me ocurría una respuesta que darle al director, no me explicaba cómo se habían podido llevar de allí a la señora en cuestión, delante de mis narices.
En esas estaba, cuando a través de la cristalera de la planta baja, vi acercarse un coche. Miré el reloj: las seis y diez. ¡Era el tipo aquel, el rarito, el director! Y la muerta sin llegar, y la caja vacía, y él que me había dicho que si faltaba algo yo mismo ocuparía una de aquellas cajas...
¡Joer, qué idea! ¡Qué idea se me ocurrió cuando me acordé de aquello!
sábado, 18 de abril de 2009
Y más de "Un sitio tranquilo"
Parco en palabras, el director de “La última noche” era escueto y no se andaba con rodeos para decir las cosas. Me dejó claro que mi turno era de doce de la noche a ocho de la mañana, y cuando le pregunté a qué hora podía parar para comer el bocadillo, me dirigió una mirada asesina, y es que en un tanatorio, las miradas o son asesinas o son matadoras, claro.
Se despidió de mi padre dando por hecho que se tenía que ir, y mientras yo trataba de que no se me cayesen un par de lagrimones por la cara ante la idea de quedarme con aquel desaprensivo, mi padre nos dijo adiós desde la puerta y ya no le volví a ver más (en esa noche, quiero decir).
-Le voy a enseñar las dependencias- me dijo el “amargao”.
Al decir eso de “las dependencias”, pensé que serían los vicios que tenían allí, o sea, que unos dependen de una cosa y otros de otra, es normal, el personal de esos sitios tampoco va a ser perfecto y en algo tienen que pasar el rato, porque o la “movida” empezaba más tarde, o no prometía haber mucho “ambientazo” que digamos.
-Tenemos cinco salas- empezó a decir mientras avanzábamos por un largo pasillo- todas ellas con las mejores condiciones de comodidad y amplitud.
En aquel pasillo reinaba el más absoluto de los silencios, y la iluminación era muy suave, yo hubiera preferido unos focos de colores y una bola de espejos dando vueltas en el techo, pero claro, en sitios así hay que guardar las formas.
Al lado izquierdo del pasillo, se situaban las salas a las que el director se refería, cada una de ellas tenía en la puerta un cartelito iluminado por un pequeño foco, en el que figuraba un nombre.
-Como puede ver, cuidamos los detalles de forma que todo esté en perfecta armonía con nuestro entorno.
Y en eso sí que tenía razón, porque no podía estar todo más a tono.
En la puerta de la primera sala lucía el nombre de “La alegría de vivir”, el segundo “Criando malvas”, después venía “No somos nada”, le seguía “A mejor vida”, y por último “El otro barrio”.
No era mala idea lo de haber instalado minicines en un tanatorio, y así se lo hice saber al director, pero según se lo dije se paró en seco y me miró con una cara que si las miradas matasen, no había quedado de mí ni la pistola de juguete.
-¿Ah, pero no son minicines?- pregunté intuyendo que acababa de meter la pata a base de bien.
En vez de contestarme lo que hizo fue abrir una de las puertas de aquellas salas y hacerme pasar para que comprobase yo mismo que allí dentro no se estaba proyectando ninguna película. No había hecho falta tanto realismo, con haberme dicho que eran las salas en las que estaban los “fiambres”, hubiera sido suficiente, caramba, que yo no estoy para llevarme sobresaltos así.
En el lugar en el que hubiera debido estar una gran pantalla, si aquello hubiera sido un cine, que ya digo que no, lo que había era una enorme cristalera, como un escaparate detrás de la cual reposaba un señor dentro de su correspondiente caja.
-¡Está muerto!- le dije presa del pánico.
-No- dijo el director con aquella cara de estreñido que tenía- Si le parece a usted les metemos ahí vivos, por gastar una broma a la familia.
-Pero le han dejado solo, quiero decir... ¿dónde están los familiares, los amigos?
Reconozco que estaba muerto de miedo, bueno, mucho menos muerto que el de la caja, desde luego. Una cosa es que te digan que vas a ir a trabajar a un tanatorio y otra muy distinta ver allí a los clientes de cuerpo presente.
-No señor-dijo el director-no han dejado solos a ninguno de ellos, les han dejado... con usted.
El dichoso tipo era gracioso, a pesar de parecer tan seco sabía hacer chistes y encima parecer que hablaba en serio, mira que decirme que aquellos muertos se iban a quedar conmigo...
-Me da la impresión de que usted no sabe cuál es el funcionamiento de este centro.
Como vio que yo no era capaz de articular ni una palabra, siguió hablando él sólo.
-Señor mío, aquí se cierra al público a las doce de la noche, y no queda nadie más que los difuntos, y, evidentemente, usted.
-Pero ¿y el resto del personal? Quiero decir, los otros guardias de seguridad, los empleados de la cafetería, las señoras de la limpieza.... ¿dónde están?
-Están en sus casas, como usted comprenderá, para el trabajo que le van a dar los difuntos, con una persona que se quede aquí es más que suficiente.
-Entonces ¿vamos a pasar la noche aquí usted y yo con todos los muertos?
Y dándome una palmadita en el hombro, esbozó la primera y última de sus sonrisas y me dijo:
-No amigo, no. Usted y yo no, porque yo me voy de aquí ahora mismo.
Sentí como un vahído que me entraba por la cabeza y me salía por los pies pasando por todos los órganos y organillos de mi cuerpo y que me dejó con un tembleque que parecía que estaba bailando la lambada.
Cuando logré recuperarme y pensar por unos segundos cuál era mi papel allí, hice lo que a mí me gusta hacer en estos casos: plantearme las cosas con tranquilidad y afrontar la situación con la madurez que me caracteriza. Vamos, que empecé a correr en dirección a la puerta de salida, pero el muy asqueroso la había cerrado con llave, se ve que mi aspecto de Madelman de Seguridad, no le había impresionado.
-¡Me quiero ir a mi casa!- le grité en la cara para que no le quedase duda de mis intenciones- ¡Nadie puede obligarme a estar aquí! Renuncio a este trabajo, se acabó, ya no lo quiero, yo me voy.
Y allí donde se le veía al tío, tan poquita cosa, tan delgaducho, y tan blanco, me agarró por la solapa de la chaqueta y casi me ahoga mientras, mirándome fijamente a los ojos, me decía como si quisiera hipnotizarme:
-Escúchame gallina, porque sólo te lo voy a decir una vez: mañana por la mañana hablas con tu empresa y que hagan con tu puesto lo que quieran, pero esta noche necesito aquí un guarda de seguridad y ese vas a ser tú porque de lo contrario la noche de mañana la vas a pasar aquí pero dentro de una de esas cajas. ¿Está claro?
Le dije que sí con la cabeza, porque con la boca no podía, no me salía la voz.
Mientras yo me colocaba el uniforme, por hacer algo, él seguía hablando y mirándome con aquellos ojos saltones de cordero degollado que tenía y que no apartaba de los míos, como si creyera que iba a meterme miedo, algo que era imposible, porque más miedo del que tenía, ya no se podía tener.
-No sé si te lo han comentado ya, pero llevamos una semana en la que hemos tenido varios robos por la noche en las dependencias del centro. Sí, por extraño que parezca, se trata de una banda que se dedica a asaltar a los cadáveres y les despojan de todo aquello de valor que la familia les deja, lo mismo anillos, que pulseras, incluso les arrancan los dientes de oro, y lo que quiero es poner fin a estos sucesos que están dañando la reputación del centro. Y esta va a ser la noche en la que tu presencia aquí va a hacer que esta situación llegue a su fin. ¿Entendido?
Para estas alturas yo ya tenía mis atributos masculinos de corbata, no me importa decirlo, no es que tuviese miedo, eso es poco, estaba que me caía, pero no era para menos, hombre, si querían que por el mismo precio les cuidase del recinto y encima hiciera de detective privado, que hubieran llamado al “James Bon”, no te fastidia.
-A las seis de la mañana estaré aquí, sólo son seis horas, pero de ellas depende tu futuro, gordito, tenlo bien claro. En cada una de las salas tienes un muerto, te aseguro que yo me les sé de memoria a cada uno de ellos, como por la mañana vea que les falta el mínimo detalle, que has permitido que a pesar de tu presencia se haya producido el menor de los robos en alguno de ellos, puedes considerarte ya cadáver, no me cuesta nada, la muerte para mí, es un negocio, y ningún ladrón de poca monta me lo va a estropear ¿verdad, gordito?
No me dejó contestarle, se dio media vuelta y salió del edificio limpiamente, sin un ruido, sin dejarme ni siquiera el derecho de réplica, y allí me quedaba yo, con cinco muertos como cinco soles, a los que no conocía de nada, y con los que tenía que pasar seis horas a solas.
¿A solas? Si por lo menos hubiera sido a solas...
Se despidió de mi padre dando por hecho que se tenía que ir, y mientras yo trataba de que no se me cayesen un par de lagrimones por la cara ante la idea de quedarme con aquel desaprensivo, mi padre nos dijo adiós desde la puerta y ya no le volví a ver más (en esa noche, quiero decir).
-Le voy a enseñar las dependencias- me dijo el “amargao”.
Al decir eso de “las dependencias”, pensé que serían los vicios que tenían allí, o sea, que unos dependen de una cosa y otros de otra, es normal, el personal de esos sitios tampoco va a ser perfecto y en algo tienen que pasar el rato, porque o la “movida” empezaba más tarde, o no prometía haber mucho “ambientazo” que digamos.
-Tenemos cinco salas- empezó a decir mientras avanzábamos por un largo pasillo- todas ellas con las mejores condiciones de comodidad y amplitud.
En aquel pasillo reinaba el más absoluto de los silencios, y la iluminación era muy suave, yo hubiera preferido unos focos de colores y una bola de espejos dando vueltas en el techo, pero claro, en sitios así hay que guardar las formas.
Al lado izquierdo del pasillo, se situaban las salas a las que el director se refería, cada una de ellas tenía en la puerta un cartelito iluminado por un pequeño foco, en el que figuraba un nombre.
-Como puede ver, cuidamos los detalles de forma que todo esté en perfecta armonía con nuestro entorno.
Y en eso sí que tenía razón, porque no podía estar todo más a tono.
En la puerta de la primera sala lucía el nombre de “La alegría de vivir”, el segundo “Criando malvas”, después venía “No somos nada”, le seguía “A mejor vida”, y por último “El otro barrio”.
No era mala idea lo de haber instalado minicines en un tanatorio, y así se lo hice saber al director, pero según se lo dije se paró en seco y me miró con una cara que si las miradas matasen, no había quedado de mí ni la pistola de juguete.
-¿Ah, pero no son minicines?- pregunté intuyendo que acababa de meter la pata a base de bien.
En vez de contestarme lo que hizo fue abrir una de las puertas de aquellas salas y hacerme pasar para que comprobase yo mismo que allí dentro no se estaba proyectando ninguna película. No había hecho falta tanto realismo, con haberme dicho que eran las salas en las que estaban los “fiambres”, hubiera sido suficiente, caramba, que yo no estoy para llevarme sobresaltos así.
En el lugar en el que hubiera debido estar una gran pantalla, si aquello hubiera sido un cine, que ya digo que no, lo que había era una enorme cristalera, como un escaparate detrás de la cual reposaba un señor dentro de su correspondiente caja.
-¡Está muerto!- le dije presa del pánico.
-No- dijo el director con aquella cara de estreñido que tenía- Si le parece a usted les metemos ahí vivos, por gastar una broma a la familia.
-Pero le han dejado solo, quiero decir... ¿dónde están los familiares, los amigos?
Reconozco que estaba muerto de miedo, bueno, mucho menos muerto que el de la caja, desde luego. Una cosa es que te digan que vas a ir a trabajar a un tanatorio y otra muy distinta ver allí a los clientes de cuerpo presente.
-No señor-dijo el director-no han dejado solos a ninguno de ellos, les han dejado... con usted.
El dichoso tipo era gracioso, a pesar de parecer tan seco sabía hacer chistes y encima parecer que hablaba en serio, mira que decirme que aquellos muertos se iban a quedar conmigo...
-Me da la impresión de que usted no sabe cuál es el funcionamiento de este centro.
Como vio que yo no era capaz de articular ni una palabra, siguió hablando él sólo.
-Señor mío, aquí se cierra al público a las doce de la noche, y no queda nadie más que los difuntos, y, evidentemente, usted.
-Pero ¿y el resto del personal? Quiero decir, los otros guardias de seguridad, los empleados de la cafetería, las señoras de la limpieza.... ¿dónde están?
-Están en sus casas, como usted comprenderá, para el trabajo que le van a dar los difuntos, con una persona que se quede aquí es más que suficiente.
-Entonces ¿vamos a pasar la noche aquí usted y yo con todos los muertos?
Y dándome una palmadita en el hombro, esbozó la primera y última de sus sonrisas y me dijo:
-No amigo, no. Usted y yo no, porque yo me voy de aquí ahora mismo.
Sentí como un vahído que me entraba por la cabeza y me salía por los pies pasando por todos los órganos y organillos de mi cuerpo y que me dejó con un tembleque que parecía que estaba bailando la lambada.
Cuando logré recuperarme y pensar por unos segundos cuál era mi papel allí, hice lo que a mí me gusta hacer en estos casos: plantearme las cosas con tranquilidad y afrontar la situación con la madurez que me caracteriza. Vamos, que empecé a correr en dirección a la puerta de salida, pero el muy asqueroso la había cerrado con llave, se ve que mi aspecto de Madelman de Seguridad, no le había impresionado.
-¡Me quiero ir a mi casa!- le grité en la cara para que no le quedase duda de mis intenciones- ¡Nadie puede obligarme a estar aquí! Renuncio a este trabajo, se acabó, ya no lo quiero, yo me voy.
Y allí donde se le veía al tío, tan poquita cosa, tan delgaducho, y tan blanco, me agarró por la solapa de la chaqueta y casi me ahoga mientras, mirándome fijamente a los ojos, me decía como si quisiera hipnotizarme:
-Escúchame gallina, porque sólo te lo voy a decir una vez: mañana por la mañana hablas con tu empresa y que hagan con tu puesto lo que quieran, pero esta noche necesito aquí un guarda de seguridad y ese vas a ser tú porque de lo contrario la noche de mañana la vas a pasar aquí pero dentro de una de esas cajas. ¿Está claro?
Le dije que sí con la cabeza, porque con la boca no podía, no me salía la voz.
Mientras yo me colocaba el uniforme, por hacer algo, él seguía hablando y mirándome con aquellos ojos saltones de cordero degollado que tenía y que no apartaba de los míos, como si creyera que iba a meterme miedo, algo que era imposible, porque más miedo del que tenía, ya no se podía tener.
-No sé si te lo han comentado ya, pero llevamos una semana en la que hemos tenido varios robos por la noche en las dependencias del centro. Sí, por extraño que parezca, se trata de una banda que se dedica a asaltar a los cadáveres y les despojan de todo aquello de valor que la familia les deja, lo mismo anillos, que pulseras, incluso les arrancan los dientes de oro, y lo que quiero es poner fin a estos sucesos que están dañando la reputación del centro. Y esta va a ser la noche en la que tu presencia aquí va a hacer que esta situación llegue a su fin. ¿Entendido?
Para estas alturas yo ya tenía mis atributos masculinos de corbata, no me importa decirlo, no es que tuviese miedo, eso es poco, estaba que me caía, pero no era para menos, hombre, si querían que por el mismo precio les cuidase del recinto y encima hiciera de detective privado, que hubieran llamado al “James Bon”, no te fastidia.
-A las seis de la mañana estaré aquí, sólo son seis horas, pero de ellas depende tu futuro, gordito, tenlo bien claro. En cada una de las salas tienes un muerto, te aseguro que yo me les sé de memoria a cada uno de ellos, como por la mañana vea que les falta el mínimo detalle, que has permitido que a pesar de tu presencia se haya producido el menor de los robos en alguno de ellos, puedes considerarte ya cadáver, no me cuesta nada, la muerte para mí, es un negocio, y ningún ladrón de poca monta me lo va a estropear ¿verdad, gordito?
No me dejó contestarle, se dio media vuelta y salió del edificio limpiamente, sin un ruido, sin dejarme ni siquiera el derecho de réplica, y allí me quedaba yo, con cinco muertos como cinco soles, a los que no conocía de nada, y con los que tenía que pasar seis horas a solas.
¿A solas? Si por lo menos hubiera sido a solas...
viernes, 17 de abril de 2009
Un sitio tranquilo (3)
Con lo bien que estaba yo en mi casa, escuchando “Los mojinos escozíos”, leyendo el “Interviú”, bueno, leyéndolo todo no, porque tengo la vista cansada, sólo mirando las fotos, allí, tiradito en mi sofá, tomando un aperitivo de esos que me pone mi madre a media mañana, no mucho, que sino, luego no como: unos taquitos de jamón, media hogaza de pan, unos triángulos de queso, tres filetes de lomo y un vermú.
Y ahora he tenido que dejar de comer todo eso porque sólo de escuchar la palabra “fiambre” me empiezan a flaquear las piernas.
¿Qué daño hacía yo? ¿Por qué me han tenido que marginar de esta manera forzándome a trabajar como un ser humano cualquiera?
Lo que peor llevaba, después del tema de los muertos, que no es moco de pavo, era lo de no tener arma, más que nada, porque ya había echado las campanas al vuelo con los amigos y a ver cómo me paseaba por el bar, fardando de uniforme y sin una “pipa” que llevarme al bolso.
El tema estaba difícil, porque para tenerla necesitaba no sé cuántos permisos y creo que hasta algún examen, y a mí, en cuanto me nombran lo de examinarme, ya se me quitan las ganas de todo, porque en los estudios nunca fui muy bueno, no por mi culpa, que quede claro, si no por los profesores, que me tenían ojeriza y se empeñaban en decir que era un vago.
Para solucionar la ausencia de pistola lo único que se me ocurrió fue comprarme una de juguete, que las hay que dan el pego de maravilla, y así lo hice.
Había que verme a mí, entrando en aquel bar lleno de amigotes, impresionando con el cuerpazo que tengo, que de uniforme impongo mucho más, y con un pistolón colgado de una funda, que todos me querían coger, pero que no le dejé tocar a ninguno, que ya se sabe que las armas las carga el diablo, y si se daban cuenta de que era de juguete, ya tenía yo mofa para rato.
Tengo que reconocer que estuve “sembrao”, porque les dejé a todos asombrados al verme ir tan decidido a incorporarme a mi puesto, y entonces, los muy cobardes cambiaron la “porra” y las apuestas eran entre los que estaban seguros de que no aguantaría una noche entera en el tanatorio y los que decían que sí.
Esta vez los que me defendieron fueron mi padre y un primo suyo que está como una tapia y para disimular siempre que habla mi padre, él dice: “Y yo pienso lo mismo”.
La verdad es que con el apoyo que tenía era como para darme la vuelta a mi casa y no salir de ella nunca más, pero de eso nada, no estaba dispuesto a permitir que nadie pusiera en duda mi valentía, no iba a dar ni un paso marcha atrás para arruinar mi honor, más que nada, porque cuando salí corriendo con la sana intención de escaparme, mi padre me sujetó por el cinto del pantalón y me metió al coche a empujones. Vaya padre, con todo lo que he hecho por él, por darle un sentido a su vida y un destino a su dinero...Si mis padres deberían de hacerme “la ola” cada vez que entro en casa.
No sé si se me notaba mucho, pero no quería ir al trabajo ni harto de vino, lo de tirarse el pegote con los amigos y tal, estaba bien, a mí la juerga me encanta, pero de ahí a tomarse las cosas en serio, a dejarles a todos allí jugando la partida y a punto de empezar una “peli” de las que nos pone Juancho, el del bar, a partir de las doce de la noche, cuando los abueletes se van para casa, eso ya no tenía tanta gracia. Y mucha menos tiene si pensaba que iba a ir a un sitio que no me atraía lo más mínimo, y con gente que no conocía de nada, y no pensaba en los muertos, si no en los vivos, los compañeros de trabajo, la gente de la cafetería, los otros “seguratas” que compartirían turno conmigo, las señoras de la limpieza, los conductores de los coches... Mogollón de personal que no tenía ningunas ganas de empezar a tratar, la verdad, más que nada, porque luego sería un corte, cuando a mí me ascendiesen, me diesen un despacho, y ellos se quedasen allí, chupando turno de noche para el resto de su vida.
Me resistí todo lo que pude, intenté sobornar a mi padre amenazándole con que si me obligaba a ir al trabajo le contaría a mi madre que compartíamos el “Interviú”, le diría que le sisaba en las compras y hasta me inventaría que tenía una amante imponente. Nada, no surtió efecto, es un hombre muy duro, está acostumbrado a ducharse con agua fría para ahorrar, y eso debe de curtir mucho. Claro que más ahorro yo que sólo me ducho una vez al mes, y todavía les parece mal que cuide de no despilfarrar el capital, no hay quien les entienda, de verdad.
En un último y desgarrador intento de chantaje le propuse a mi padre que en vez de llevarme al tanatorio dichoso, nos quedásemos los dos en un hotelito la mar de majo que hay allí cerca y por la mañana regresásemos a casa como si me hubiera pasado la noche trabajando, a cambio, repartiría mi sueldo con él. Tampoco conseguí nada, no hubo manera, y a eso de la media noche, el coche de mi padre conmigo dentro, aparcó a la puerta del siniestro sitio con la sana intención de abandonarme a mi suerte.
Cuando mi padre consiguió bajarme del coche, me temblaban las piernas, casi no podía con la mochila que me había preparado mi madre, por si me daba el hambre, porque yo estoy acostumbrado a tomarme un “tentempié" antes de acostarme, no vaya a ser que durante la noche me de un bajón de glucosa, que para eso mi madre trabajó en un hospital y entiende mucho, bueno, trabajó en la cafetería, pero algo se le habrá quedado.
Sólo de pensar que aquella noche no iba a poder estirarme en mi cama de cinco metros cuadrados, me daban unas ganas de llorar tremendas, porque dormir es uno de los placeres que tiene la vida, eso nadie me lo puede discutir, y el más barato, buena gana de gastarse el dinero en viajes con lo cómodo que es lanzarse en plancha sobre esa cama que parece una plaza de toros. Es tal la intensidad que le pongo a ese lanzamiento que una vez le rompí tres patas, pero qué más da, ahora tengo el colchón en el suelo, que de ahí ya no pasa.
Se me ocurrió que lo más acertado sería establecer turnos con los otros compañeros y que cada uno fuese durmiendo mientras quedaba otro de guardia, por una noche, podía aguantar durmiendo seis o siete horas mientras ellos vigilaban, y luego ya me encargaría yo de que los demás durmiesen otro par de horas mientras yo desayunaba en la cafetería, no era mal plan, la verdad es que soy bastante bueno organizando, ya lo dice mi madre, tengo madera de jefe de algo. Mi padre dice que tengo madera de alcornoque, él así de brusco.
Animado por mis propios pensamientos, di mis primeros pasos hacia el maldito edificio que así, por la noche, parecía como un enorme bloque de hormigón sin gracia ninguna. Vaya sitio más mal decorado, por dentro no lo había visto todavía, pero por fuera era tétrico. Bueno, claro, pensándolo bien, para lo que había dentro, tampoco era de esperar que pusiesen guirnaldas de colores a la entrada con la música de “El Fary” animando.
Como soy muy detallista, porque eso sí, otra cosa no seré, pero detallista y observador lo soy mucho, es lo que tiene el pasar tantas horas tumbado en un sofá, que te da tiempo a pensar y a sacar tus propias conclusiones, y enseguida me di cuenta de que tenía que haber otro aparcamiento distinto al que habíamos llegado nosotros, porque allí sólo había un coche, un pedazo de Mercedes negro, pero no había ninguno más. Estaba claro que el resto de la gente que sin duda se encontraba en el interior, habían dejado sus coches en otro sitio. Me maravillo yo mismo de lo bien que deduzco las cosas, tengo que reconocer que estoy orgulloso de mí, ¿qué le voy a hacer? No es para menos, lo tengo todo: físico y “químico”, soy un diamante en bruto, tal vez más bruto que diamante, pero bueno, tampoco se trata de andar milimetrando las cosas.
Al entrar en el edificio lo primero que se oye es que no se oye nada, quiero decir, que es lo que más llama la atención, que hay un silencio sepulcral (menuda palabrita para describir el silencio de un tanatorio). No se oía ni el vuelo de una mosca, mejor, porque allí las moscas no iban a ser muy buena señal, la verdad.
Mi padre, quiso despedirse de mí en la puerta, porque como el hombre ya está mayor, se le veía con miedo, pero como no le solté me acompañó hasta una especie de recepción que había allí, como en un hotel.
“La última noche” ponía a modo de arco sobre un mostrador. Anda que también el que le puso el nombre no tuvo que estrujarse mucho el cerebro, no.
Y en aquella recepción, no había un alma, bueno, por lo menos, no había un cuerpo, porque alma, lo que se dice alma, vete tú a saber si en esos sitios las hay o no.
Mientras mi padre daba vueltas por allí buscando a quien fuese, yo no le soltaba de la mano, ya digo que está un poco perjudicado y no le convienen las emociones fuertes (lo que miro yo siempre por este hombre y lo poco que me lo agradece…).
Con la pinta de hotel que tenía aquello, yo buscaba un botones o alguien así que nos saliese a dar la bienvenida, pero nada, aquel sitio estaba muerto (otra vez que doy con la palabra exacta).
Traté de convencer a mi padre de que lo mejor sería irnos de allí, si no había nadie no era culpa nuestra, yo había ido, tenía testigos ( mi propio padre), si los demás no estaban, allá ellos.
De pronto, se me encendió una bombilla en la cabeza, como esas que se les encienden a los personajes en los tebeos, y comprendí que lo más seguro era que todos mis compañeros estuviesen escondidos en alguna habitación para darme una sorpresa de esas en las que salen todos de repente con serpentinas y confeti. El lugar, tal vez no era el más adecuado, pero bueno, a los clientes no les íbamos a poner peor de lo que estaban ¿no?
Me preparé mentalmente para parecer el más sorprendido del mundo cuando por alguna de aquellas puertas que tenía enfrente saliesen todos a felicitarme en mi primer día de trabajo, quería quedar bien, no se puede ir por ahí chafando las sorpresas a los demás, así que, cuando vi que, efectivamente, una de las puertas se abría, puse la mejor de mis sonrisas para recibir…
Para recibir a una sola persona vestida de negro riguroso y con una cara tal que el único cargo en el mundo que aquel hombre podría ocupar sería el de director del tanatorio.
Ni sorpresa ni gaitas, al tío le llegaba la cara hasta el suelo, y estaba tan flaco y tan de negro que parecía haberse escapado de un código de barras.
Me estrechó la mano, la suya era una mano fría, como si allí todo tuviera que estar frío, y nos hizo pasar a un despacho en el que los gastos en decoración se habían limitado a una mesa y dos sillas.
Aquel hombre imponía respeto sólo con verle, y tenía una forma de mirar penetrante y fija, de modo que lo único que daban ganas era de salir corriendo.
Se me debía de notar mucho, porque mientras el tío hablaba, mi padre me pisaba un pie con todas sus fuerzas para evitar que me fuese, todavía me duele el juanete sólo de pensarlo, tener un padre para esto…
Y ahora he tenido que dejar de comer todo eso porque sólo de escuchar la palabra “fiambre” me empiezan a flaquear las piernas.
¿Qué daño hacía yo? ¿Por qué me han tenido que marginar de esta manera forzándome a trabajar como un ser humano cualquiera?
Lo que peor llevaba, después del tema de los muertos, que no es moco de pavo, era lo de no tener arma, más que nada, porque ya había echado las campanas al vuelo con los amigos y a ver cómo me paseaba por el bar, fardando de uniforme y sin una “pipa” que llevarme al bolso.
El tema estaba difícil, porque para tenerla necesitaba no sé cuántos permisos y creo que hasta algún examen, y a mí, en cuanto me nombran lo de examinarme, ya se me quitan las ganas de todo, porque en los estudios nunca fui muy bueno, no por mi culpa, que quede claro, si no por los profesores, que me tenían ojeriza y se empeñaban en decir que era un vago.
Para solucionar la ausencia de pistola lo único que se me ocurrió fue comprarme una de juguete, que las hay que dan el pego de maravilla, y así lo hice.
Había que verme a mí, entrando en aquel bar lleno de amigotes, impresionando con el cuerpazo que tengo, que de uniforme impongo mucho más, y con un pistolón colgado de una funda, que todos me querían coger, pero que no le dejé tocar a ninguno, que ya se sabe que las armas las carga el diablo, y si se daban cuenta de que era de juguete, ya tenía yo mofa para rato.
Tengo que reconocer que estuve “sembrao”, porque les dejé a todos asombrados al verme ir tan decidido a incorporarme a mi puesto, y entonces, los muy cobardes cambiaron la “porra” y las apuestas eran entre los que estaban seguros de que no aguantaría una noche entera en el tanatorio y los que decían que sí.
Esta vez los que me defendieron fueron mi padre y un primo suyo que está como una tapia y para disimular siempre que habla mi padre, él dice: “Y yo pienso lo mismo”.
La verdad es que con el apoyo que tenía era como para darme la vuelta a mi casa y no salir de ella nunca más, pero de eso nada, no estaba dispuesto a permitir que nadie pusiera en duda mi valentía, no iba a dar ni un paso marcha atrás para arruinar mi honor, más que nada, porque cuando salí corriendo con la sana intención de escaparme, mi padre me sujetó por el cinto del pantalón y me metió al coche a empujones. Vaya padre, con todo lo que he hecho por él, por darle un sentido a su vida y un destino a su dinero...Si mis padres deberían de hacerme “la ola” cada vez que entro en casa.
No sé si se me notaba mucho, pero no quería ir al trabajo ni harto de vino, lo de tirarse el pegote con los amigos y tal, estaba bien, a mí la juerga me encanta, pero de ahí a tomarse las cosas en serio, a dejarles a todos allí jugando la partida y a punto de empezar una “peli” de las que nos pone Juancho, el del bar, a partir de las doce de la noche, cuando los abueletes se van para casa, eso ya no tenía tanta gracia. Y mucha menos tiene si pensaba que iba a ir a un sitio que no me atraía lo más mínimo, y con gente que no conocía de nada, y no pensaba en los muertos, si no en los vivos, los compañeros de trabajo, la gente de la cafetería, los otros “seguratas” que compartirían turno conmigo, las señoras de la limpieza, los conductores de los coches... Mogollón de personal que no tenía ningunas ganas de empezar a tratar, la verdad, más que nada, porque luego sería un corte, cuando a mí me ascendiesen, me diesen un despacho, y ellos se quedasen allí, chupando turno de noche para el resto de su vida.
Me resistí todo lo que pude, intenté sobornar a mi padre amenazándole con que si me obligaba a ir al trabajo le contaría a mi madre que compartíamos el “Interviú”, le diría que le sisaba en las compras y hasta me inventaría que tenía una amante imponente. Nada, no surtió efecto, es un hombre muy duro, está acostumbrado a ducharse con agua fría para ahorrar, y eso debe de curtir mucho. Claro que más ahorro yo que sólo me ducho una vez al mes, y todavía les parece mal que cuide de no despilfarrar el capital, no hay quien les entienda, de verdad.
En un último y desgarrador intento de chantaje le propuse a mi padre que en vez de llevarme al tanatorio dichoso, nos quedásemos los dos en un hotelito la mar de majo que hay allí cerca y por la mañana regresásemos a casa como si me hubiera pasado la noche trabajando, a cambio, repartiría mi sueldo con él. Tampoco conseguí nada, no hubo manera, y a eso de la media noche, el coche de mi padre conmigo dentro, aparcó a la puerta del siniestro sitio con la sana intención de abandonarme a mi suerte.
Cuando mi padre consiguió bajarme del coche, me temblaban las piernas, casi no podía con la mochila que me había preparado mi madre, por si me daba el hambre, porque yo estoy acostumbrado a tomarme un “tentempié" antes de acostarme, no vaya a ser que durante la noche me de un bajón de glucosa, que para eso mi madre trabajó en un hospital y entiende mucho, bueno, trabajó en la cafetería, pero algo se le habrá quedado.
Sólo de pensar que aquella noche no iba a poder estirarme en mi cama de cinco metros cuadrados, me daban unas ganas de llorar tremendas, porque dormir es uno de los placeres que tiene la vida, eso nadie me lo puede discutir, y el más barato, buena gana de gastarse el dinero en viajes con lo cómodo que es lanzarse en plancha sobre esa cama que parece una plaza de toros. Es tal la intensidad que le pongo a ese lanzamiento que una vez le rompí tres patas, pero qué más da, ahora tengo el colchón en el suelo, que de ahí ya no pasa.
Se me ocurrió que lo más acertado sería establecer turnos con los otros compañeros y que cada uno fuese durmiendo mientras quedaba otro de guardia, por una noche, podía aguantar durmiendo seis o siete horas mientras ellos vigilaban, y luego ya me encargaría yo de que los demás durmiesen otro par de horas mientras yo desayunaba en la cafetería, no era mal plan, la verdad es que soy bastante bueno organizando, ya lo dice mi madre, tengo madera de jefe de algo. Mi padre dice que tengo madera de alcornoque, él así de brusco.
Animado por mis propios pensamientos, di mis primeros pasos hacia el maldito edificio que así, por la noche, parecía como un enorme bloque de hormigón sin gracia ninguna. Vaya sitio más mal decorado, por dentro no lo había visto todavía, pero por fuera era tétrico. Bueno, claro, pensándolo bien, para lo que había dentro, tampoco era de esperar que pusiesen guirnaldas de colores a la entrada con la música de “El Fary” animando.
Como soy muy detallista, porque eso sí, otra cosa no seré, pero detallista y observador lo soy mucho, es lo que tiene el pasar tantas horas tumbado en un sofá, que te da tiempo a pensar y a sacar tus propias conclusiones, y enseguida me di cuenta de que tenía que haber otro aparcamiento distinto al que habíamos llegado nosotros, porque allí sólo había un coche, un pedazo de Mercedes negro, pero no había ninguno más. Estaba claro que el resto de la gente que sin duda se encontraba en el interior, habían dejado sus coches en otro sitio. Me maravillo yo mismo de lo bien que deduzco las cosas, tengo que reconocer que estoy orgulloso de mí, ¿qué le voy a hacer? No es para menos, lo tengo todo: físico y “químico”, soy un diamante en bruto, tal vez más bruto que diamante, pero bueno, tampoco se trata de andar milimetrando las cosas.
Al entrar en el edificio lo primero que se oye es que no se oye nada, quiero decir, que es lo que más llama la atención, que hay un silencio sepulcral (menuda palabrita para describir el silencio de un tanatorio). No se oía ni el vuelo de una mosca, mejor, porque allí las moscas no iban a ser muy buena señal, la verdad.
Mi padre, quiso despedirse de mí en la puerta, porque como el hombre ya está mayor, se le veía con miedo, pero como no le solté me acompañó hasta una especie de recepción que había allí, como en un hotel.
“La última noche” ponía a modo de arco sobre un mostrador. Anda que también el que le puso el nombre no tuvo que estrujarse mucho el cerebro, no.
Y en aquella recepción, no había un alma, bueno, por lo menos, no había un cuerpo, porque alma, lo que se dice alma, vete tú a saber si en esos sitios las hay o no.
Mientras mi padre daba vueltas por allí buscando a quien fuese, yo no le soltaba de la mano, ya digo que está un poco perjudicado y no le convienen las emociones fuertes (lo que miro yo siempre por este hombre y lo poco que me lo agradece…).
Con la pinta de hotel que tenía aquello, yo buscaba un botones o alguien así que nos saliese a dar la bienvenida, pero nada, aquel sitio estaba muerto (otra vez que doy con la palabra exacta).
Traté de convencer a mi padre de que lo mejor sería irnos de allí, si no había nadie no era culpa nuestra, yo había ido, tenía testigos ( mi propio padre), si los demás no estaban, allá ellos.
De pronto, se me encendió una bombilla en la cabeza, como esas que se les encienden a los personajes en los tebeos, y comprendí que lo más seguro era que todos mis compañeros estuviesen escondidos en alguna habitación para darme una sorpresa de esas en las que salen todos de repente con serpentinas y confeti. El lugar, tal vez no era el más adecuado, pero bueno, a los clientes no les íbamos a poner peor de lo que estaban ¿no?
Me preparé mentalmente para parecer el más sorprendido del mundo cuando por alguna de aquellas puertas que tenía enfrente saliesen todos a felicitarme en mi primer día de trabajo, quería quedar bien, no se puede ir por ahí chafando las sorpresas a los demás, así que, cuando vi que, efectivamente, una de las puertas se abría, puse la mejor de mis sonrisas para recibir…
Para recibir a una sola persona vestida de negro riguroso y con una cara tal que el único cargo en el mundo que aquel hombre podría ocupar sería el de director del tanatorio.
Ni sorpresa ni gaitas, al tío le llegaba la cara hasta el suelo, y estaba tan flaco y tan de negro que parecía haberse escapado de un código de barras.
Me estrechó la mano, la suya era una mano fría, como si allí todo tuviera que estar frío, y nos hizo pasar a un despacho en el que los gastos en decoración se habían limitado a una mesa y dos sillas.
Aquel hombre imponía respeto sólo con verle, y tenía una forma de mirar penetrante y fija, de modo que lo único que daban ganas era de salir corriendo.
Se me debía de notar mucho, porque mientras el tío hablaba, mi padre me pisaba un pie con todas sus fuerzas para evitar que me fuese, todavía me duele el juanete sólo de pensarlo, tener un padre para esto…
miércoles, 15 de abril de 2009
Un sitio tranquilo (2)
“Segurata”, mi padre me colocó de “segurata”, en una empresa de esas que se dedica a poner guardas de seguridad por todos los sitios.
Yo estaba impresionante con aquel uniforme que tuvieron que hacerme a medida, porque los otros “seguratas”que habían tenido antes debían de estar todos muertos de hambre, y cuando llegué yo, con mis ciento treinta kilos en canal, no tenían donde meterlos.
No es que me hiciera ninguna gracia, porque la ilusión de mi vida era no trabajar ni de eso ni de nada, pero si no quedaba más remedio que mentalizarse, lo de ir por ahí con un trajecito a medida y una “pipa” en el bolso, no estaba mal del todo.
Presumí con mis amigos lo que me dio la gana, porque son todos unos “mataos” que no han visto un arma ni en las películas de “Jon Vaine”. Anda que no se les quedó cara de “pasmaos” ni nada cuando se lo dije. Y es que son mis amigos, pero toda la vida me han tenido una envidia muy mala, porque ellos ya están hartos de trabajar y les ha jorobado que yo haya vivido como un señor.
Se partían el culo de risa cuando les dije que iba a ir de “madero”, porque guarda de seguridad es casi como policía, eso está claro, pero cuando les conté que me daban arma reglamentaria, se les quedó la boca abierta.
Me faltaba saber el destino que me darían, pero mi padre, que tenía muchos amigos en esa empresa (y digo que les tenía, porque ya han dejado de serlo), les dijo que me diesen un lugar sin muchas complicaciones, algo relajado, ya se sabe, porque tampoco es de buen gusto llegar y empezar a detener gente el primer día, por mí no había problema porque yo soy un tipo que los tengo bien puestos, pero lo hacía por la gente, hombre, por no llamar la atención desde el principio, porque me conozco y sé que yo cuando me tomo algo en serio...me lo tomo de verdad, y llegar a la comisaría o a donde fuese dando la nota, venga a arrestar chorizos y a leerles sus derechos y todo eso, tampoco está bien.
Mi madre insistió en que no me mandasen a discotecas ni sitios de juerga, para que no me viese envuelto en peleas, no siendo que me pasase algo, y yo le di la razón, insisto, no por cobardía, si no por evitar que en un exceso de celo me pudiese dejar llevar por mis impulsos y mi sola presencia dejase sin diversión a los jovenzuelos.
Estaba deseando saber a dónde tenía que empezar a prestar mis servicios a la comunidad, quería ya ver mi pistola, imponer respeto, hacerme valer, claro que sí, “Paco Jones” me llamaban en el colegio, y el que tuvo, retuvo.
Dichoso mi padre, los amigos de mi padre y las recomendaciones de las que echó mano para que me mandasen a un buen destino. Maldita sea la hora.
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Tranquilo era, desde luego.
No vamos a engañarnos, el sitio era probablemente el más “sosegado” del mundo, eso sí.
Los clientes no eran problemáticos, eso también.
Juerga, lo que se dice juerga y peleas discotequeras, tampoco había, las cosas como son.
Pero “joer” yo me pregunto qué demonios pinta un “segurata” en un tanatorio.
No me dieron ninguna explicación, por no darme, no me dieron ni pistola, que era lo único que me atraía del trabajo, pero claro, bien pensado, no me iba a hacer mucha falta, porque matar, no iba a tener que matar a nadie si ya me daban la clientela muerta.
Pero vamos a ver, que yo cuando digo que me gustan los fiambres, me estoy refiriendo al chorizo, al jamón y a un lomo bien curadito, no a los otros, no a los que están más tiesos que la mojama, que sólo hablar de ello me pone los pelos de punta, por favor, que cualquiera que me conozca sabe que a valiente no me gana nadie, pero que lo de los muertos no lo puedo ver ni en las películas del “Brus Li”.
No es miedo, que quede claro que yo no le tengo miedo a nada, es otra cosa, llámale “yu-yu” o llámale equis, me da igual, pero lo que tenía claro era que en mi vida me había visto en otra más gorda.
Desde fuera, podía parecer tan sencillo como negarme a ir y ya estaba todo arreglado, pero conociendo a mis amigos, la cosa no era tan fácil, porque la noticia corrió como la pólvora, debió de ser mi padre el que lo soltó ni más ni menos que en el bar, y claro, lo que a él le parecía el colmo del orgullo, a mis amigos les pareció motivo suficiente para dar una fiesta, pues conociéndome de sobra, estaban seguros de que renunciaría al puesto y a lo que fuese, todo antes de entrar en un tanatorio.
Los muy traidores hicieron una porra en el bar, y las apuestas se inclinaban ligeramente a favor de mi huida, creo que eran dos contra cincuenta y tres, (los dos que apostaban a mi favor eran mis padres).
Y ahí estaba yo, ante la tesitura de defraudar a mis progenitores, cosa que hubiera sido lo de menos, francamente, o darle la razón a mis amigos quedando además como un “rajao” para el resto de mis días.
Estuve dudando seriamente, considerando las alternativas, sopesándolas, buscando soluciones, pero la duda estaba entre irme al extranjero en avión, en barco, en vuelo sin motor para no hacer ruido, o en bicicleta que es más barato, porque si algo tenía claro era que si renunciaba a aquel trabajo no podría vivir en mi pueblo tranquilamente ni un minuto más.
Irme de casa y dejar a mis padres me daba una pena tremenda porque a ver de qué iba a vivir, es muy triste verse así, en la calle, sin experiencia de la vida y sin ganas de tenerla, la cosa era seria.
Empecé a contemplar el trabajo desde otra perspectiva: si conseguía ir un par de días, seguro que por buen comportamiento me ascendían y me daban otro destino, además, quedaría como un valiente y dejaría a mis amigos con un palmo de narices, y total, los muertos...mucho daño no es que puedan hacer ya, al fin y al cabo, yo no iba a estar allí solo, en esos sitios siempre están las familias, los amigos y los conocidos ¿no? Mi madre, que no se pierde ni uno de esos eventos, siempre llega a casa diciendo que había mucha gente, o sea, que no sería difícil escaquearse a la cafetería a tomarse unos chismes mientras las familias lloran y sufren, que es su deber ¿no? A lo mejor no era tan grave como en un principio me había parecido, a los muertos no tenía que verles ni de lejos, no tenían nada que hacer en la cafetería, si cada uno ocupaba su puesto y ni ellos se metían conmigo ni yo con ellos, las cosas no tenían por qué ir mal.
Dicho y hecho, al día siguiente mi padre me llevó a la compañía que me contrataba y me arrastró al despacho del director para ponerme a sus pies.
Y efectivamente, a sus pies me quedé del desmayo que me entró cuando me dijo que para empezar me dejarían en el turno de noche, que había menos jaleo.
Yo estaba impresionante con aquel uniforme que tuvieron que hacerme a medida, porque los otros “seguratas”que habían tenido antes debían de estar todos muertos de hambre, y cuando llegué yo, con mis ciento treinta kilos en canal, no tenían donde meterlos.
No es que me hiciera ninguna gracia, porque la ilusión de mi vida era no trabajar ni de eso ni de nada, pero si no quedaba más remedio que mentalizarse, lo de ir por ahí con un trajecito a medida y una “pipa” en el bolso, no estaba mal del todo.
Presumí con mis amigos lo que me dio la gana, porque son todos unos “mataos” que no han visto un arma ni en las películas de “Jon Vaine”. Anda que no se les quedó cara de “pasmaos” ni nada cuando se lo dije. Y es que son mis amigos, pero toda la vida me han tenido una envidia muy mala, porque ellos ya están hartos de trabajar y les ha jorobado que yo haya vivido como un señor.
Se partían el culo de risa cuando les dije que iba a ir de “madero”, porque guarda de seguridad es casi como policía, eso está claro, pero cuando les conté que me daban arma reglamentaria, se les quedó la boca abierta.
Me faltaba saber el destino que me darían, pero mi padre, que tenía muchos amigos en esa empresa (y digo que les tenía, porque ya han dejado de serlo), les dijo que me diesen un lugar sin muchas complicaciones, algo relajado, ya se sabe, porque tampoco es de buen gusto llegar y empezar a detener gente el primer día, por mí no había problema porque yo soy un tipo que los tengo bien puestos, pero lo hacía por la gente, hombre, por no llamar la atención desde el principio, porque me conozco y sé que yo cuando me tomo algo en serio...me lo tomo de verdad, y llegar a la comisaría o a donde fuese dando la nota, venga a arrestar chorizos y a leerles sus derechos y todo eso, tampoco está bien.
Mi madre insistió en que no me mandasen a discotecas ni sitios de juerga, para que no me viese envuelto en peleas, no siendo que me pasase algo, y yo le di la razón, insisto, no por cobardía, si no por evitar que en un exceso de celo me pudiese dejar llevar por mis impulsos y mi sola presencia dejase sin diversión a los jovenzuelos.
Estaba deseando saber a dónde tenía que empezar a prestar mis servicios a la comunidad, quería ya ver mi pistola, imponer respeto, hacerme valer, claro que sí, “Paco Jones” me llamaban en el colegio, y el que tuvo, retuvo.
Dichoso mi padre, los amigos de mi padre y las recomendaciones de las que echó mano para que me mandasen a un buen destino. Maldita sea la hora.
***********************************************************************
Tranquilo era, desde luego.
No vamos a engañarnos, el sitio era probablemente el más “sosegado” del mundo, eso sí.
Los clientes no eran problemáticos, eso también.
Juerga, lo que se dice juerga y peleas discotequeras, tampoco había, las cosas como son.
Pero “joer” yo me pregunto qué demonios pinta un “segurata” en un tanatorio.
No me dieron ninguna explicación, por no darme, no me dieron ni pistola, que era lo único que me atraía del trabajo, pero claro, bien pensado, no me iba a hacer mucha falta, porque matar, no iba a tener que matar a nadie si ya me daban la clientela muerta.
Pero vamos a ver, que yo cuando digo que me gustan los fiambres, me estoy refiriendo al chorizo, al jamón y a un lomo bien curadito, no a los otros, no a los que están más tiesos que la mojama, que sólo hablar de ello me pone los pelos de punta, por favor, que cualquiera que me conozca sabe que a valiente no me gana nadie, pero que lo de los muertos no lo puedo ver ni en las películas del “Brus Li”.
No es miedo, que quede claro que yo no le tengo miedo a nada, es otra cosa, llámale “yu-yu” o llámale equis, me da igual, pero lo que tenía claro era que en mi vida me había visto en otra más gorda.
Desde fuera, podía parecer tan sencillo como negarme a ir y ya estaba todo arreglado, pero conociendo a mis amigos, la cosa no era tan fácil, porque la noticia corrió como la pólvora, debió de ser mi padre el que lo soltó ni más ni menos que en el bar, y claro, lo que a él le parecía el colmo del orgullo, a mis amigos les pareció motivo suficiente para dar una fiesta, pues conociéndome de sobra, estaban seguros de que renunciaría al puesto y a lo que fuese, todo antes de entrar en un tanatorio.
Los muy traidores hicieron una porra en el bar, y las apuestas se inclinaban ligeramente a favor de mi huida, creo que eran dos contra cincuenta y tres, (los dos que apostaban a mi favor eran mis padres).
Y ahí estaba yo, ante la tesitura de defraudar a mis progenitores, cosa que hubiera sido lo de menos, francamente, o darle la razón a mis amigos quedando además como un “rajao” para el resto de mis días.
Estuve dudando seriamente, considerando las alternativas, sopesándolas, buscando soluciones, pero la duda estaba entre irme al extranjero en avión, en barco, en vuelo sin motor para no hacer ruido, o en bicicleta que es más barato, porque si algo tenía claro era que si renunciaba a aquel trabajo no podría vivir en mi pueblo tranquilamente ni un minuto más.
Irme de casa y dejar a mis padres me daba una pena tremenda porque a ver de qué iba a vivir, es muy triste verse así, en la calle, sin experiencia de la vida y sin ganas de tenerla, la cosa era seria.
Empecé a contemplar el trabajo desde otra perspectiva: si conseguía ir un par de días, seguro que por buen comportamiento me ascendían y me daban otro destino, además, quedaría como un valiente y dejaría a mis amigos con un palmo de narices, y total, los muertos...mucho daño no es que puedan hacer ya, al fin y al cabo, yo no iba a estar allí solo, en esos sitios siempre están las familias, los amigos y los conocidos ¿no? Mi madre, que no se pierde ni uno de esos eventos, siempre llega a casa diciendo que había mucha gente, o sea, que no sería difícil escaquearse a la cafetería a tomarse unos chismes mientras las familias lloran y sufren, que es su deber ¿no? A lo mejor no era tan grave como en un principio me había parecido, a los muertos no tenía que verles ni de lejos, no tenían nada que hacer en la cafetería, si cada uno ocupaba su puesto y ni ellos se metían conmigo ni yo con ellos, las cosas no tenían por qué ir mal.
Dicho y hecho, al día siguiente mi padre me llevó a la compañía que me contrataba y me arrastró al despacho del director para ponerme a sus pies.
Y efectivamente, a sus pies me quedé del desmayo que me entró cuando me dijo que para empezar me dejarían en el turno de noche, que había menos jaleo.
lunes, 13 de abril de 2009
Por entregas...
Se me ha ocurrido la feliz idea de poner durante algunos días unas páginas de un relato de humor que escribí hace algún tiempo. Al fin y al cabo, las novelas por entregas causaron furor en los lectores , e incluso en los oyentes, con aquellos seriales radiofónicos que escuchaban nuestras madres y a los que yo todavía llegué, (“¡Lucecitaaaaaaa!”)es lo que tiene haber nacido en el sesenta y dos (se entiende, en mil novecientos sesenta y dos, después de Cristo, no antes, como creen mis hijos…).
Pues eso, que ahí va la primera entrega. El relato largo o novela corta ( a gusto del consumidor) se titula “Un sitio tranquilo”. Si consigo entretener un poquito el rato muerto de alguien, será estupendo. Si además logro arrancar una sonrisa, será un premio especial en los tiempos que corren.
UN SITIO TRANQUILO
Todavía no tengo cuarenta años, me falta un mes para cumplirlos, y mis padres ya quieren que trabaje.
Es duro, lo sé, es una situación que nunca hubiera imaginado, después de tanto tiempo como llevo en casa con ellos, de haberles dedicado mis mejores años permitiendo que me cuidasen y me mimasen como al hijo único que soy, me han salido hace una temporada con la milonga de que tengo que ponerme a trabajar para que pueda ganarme la vida el día que ellos falten.
Como lo cuento, así me lo dijeron, y me da toda la impresión de que, a pesar de alguna experiencia negativa que he tenido y que voy a relatar a continuación, el tema no se les va a olvidar, porque mi padre se pasa el día aprendiéndose de memoria los anuncios del periódico y llamando a todos los sitios donde necesitan a alguien, menos mal que cuando les dice la edad que tengo, ya no les interesa, normal, como que no son años para ponerse a trabajar, demasiado pronto, eso lo ve cualquiera.
No quiero quitarles la ilusión, pero no creo que encuentren nada interesante, les he oído decir a mis amigos que lo del trabajo está fatal, así que, buenas ganas de discutir...
Que nadie se piense que yo soy un vago, de eso nada, si estoy en casa es porque no quiero que mis padres sufran por mi ausencia. ¿Qué iba a hacer mi madre si no tuviera que lavar y planchar mi ropa? ¿Cómo serían sus mañanas si no se ocupase de hacerme la comida y limpiar mi cuarto?
Hay que tener un poco de delicadeza y pensar en los progenitores, yo no quiero que terminen por ahí, en cualquier hotel de la costa bailando como posesos o jugando al bingo para poder gastarse el dinero, cuando ese dinero me lo puedo gastar yo tranquilamente. La dignidad que no falte.
Y justo cuando mejor estaba yo, cuando más a gusto me encontraba conmigo mismo, que no tenía ni una discusión porque estoy de acuerdo con todo lo que pienso, me hacen sufrir este shock, esta terrible impresión queriendo que me gane la vida por mis propios medios. Pero ¿para qué? Si mientras estén ellos no me falta de nada y cuando palmen voy a heredar lo que tengan... Dice mi padre que es para que “sepa lo que es bueno”, pobre hombre, está muy mayor ya y no sabe lo que dice…pero si yo ya sé lo que es bueno, y por eso no quiero cambiar, porque lo bueno era la vida que yo llevaba, y de la que sólo merecía la pena salir, para saber lo que es mejor todavía.
No sé a qué pude deberse esta manía persecutoria que les ha entrado, que ayer querían que me presentase a una entrevista para conducir un camión en una obra y hoy me saltan con eso de que “se necesita palista retroexcavador”, pero bueno, si lo que quieren es acabar conmigo para que no herede, que me lo digan claramente, y si no, que me dejen en paz, que yo vivo muy a gusto y no me meto con nadie. Mi lema es “vive de los padres hasta que puedas vivir de los hijos”, y como hijos no tengo porque me da una pereza tremenda el simple hecho de pensarlo, tendrán que mantenerme mis padres, y si no, que no me hubieran tenido, que yo no pedí venir a este mundo, hombre, que hay que ser un poquito responsables.
Pero no ha habido forma de convencer a mi padre, el hombre está chapado a la antigua y se pone malísimo cuando me encuentra tumbado en el sofá rodeado de latas de cerveza, y no lo entiendo, porque yo no me meto con él cuando se va a arrancar patatas a la huerta, ni me cruzo en su camino cuando le veo con la azada al hombro para ir a cavar o a cultivar algo verde, que no sé ni lo que es, porque esa es otra, el trabajo que me costó hacerles entender que la huerta no está hecha para mí, que cada vez que voy me pican los mosquitos, me mancho los zapatos y me resulta muy duro ver a mi padre doblando el espinazo de aquella manera, que por muy fuerte que parezca, yo también tengo mi corazoncito, y no, prefiero no ir, porque para ver sufrir a un ser querido es mejor quedarse en casa viendo una película de risa y dándole a mi madre un motivo de alegría porque cada vez que le pido que me haga un par de huevos, me dice toda risueña: “Pa güevos los tuyos hijo mío, pa güevos los tuyos”, y se la ve de un orgulloso…
Pero con el tema del trabajo no hubo forma de calmarles, se pusieron cansinos los dos, mi padre sobre todo, que tuvo el valor de amenazarme con que iban a dejar de darme de comer, que como yo le dije: “no vayas por ahí porque eso son malos tratos y te puedo meter palante”, y algo sí que se acojonó, pero se ve que no fue lo bastante, porque al rato ya estaba otra vez con la cantinela, y no paró hasta que me vino con un contrato en la mano, todo feliz porque me había conseguido un buen puesto.
Pero vamos a ver ¿qué entienden estos mayores por un buen puesto? ¿Dónde estaban ellos cuando Coco explicaba en Barrio Sésamo la diferencia entre “bueno” y “malo”? Claro, trabajando en la huerta, como siempre.
¡Dios mío, cuanto daño ha hecho la agricultura en este país!
*****************************
Un mes ha pasado desde que se les metió esa idea entre las orejas, un mes, y ya he pasado por tres sitios en los que me he presentado con la mejor voluntad del mundo, pero no me han cogido, no es culpa mía.
En el primero de ellos, me hicieron un contrato de tres meses a prueba, me sobraron tres meses menos dos horas, que fue exactamente lo que tardé en salir de allí despavorido cuando me dijeron que lo que tenía que hacer era despiezar pollos. Al principio no me asusté mucho porque pensé que mi labor consistiría en apretar algún botón para que la máquina se encargase de hacer el resto, pero no, pretendían que lo hiciese yo, con mis manos. Fue una experiencia terrible que pudo causarme un grave problema psicológico y dejarme traumas para cuando sea mayor, porque lo que no se puede hacer es enseñarte a querer a los animales y luego pretender que conviertas un pollo en dos muslos y unas pechugas, eso tendrán que mirarlo, no sé a qué demonios se dedican los políticos, de verdad, ya que les pagamos con nuestro dinero, que se lo curren un poquito, joer.
Le insistí a mi padre en que no siguiese por ese camino, que no me buscase trabajos de aquel tipo porque no se ajustaban a mi perfil, o incluso que no me buscase más trabajos ni de aquel tipo, ni de otros, pero él no se conmovió, es un hombre muy testarudo y de ideas fijas, por lo cual, a los tres días me arrastró a un taller mecánico de automóviles.
Yo de mecánica no entiendo nada, no he cogido un destornillador en mi vida, porque me da miedo hacerme daño, pero de nuevo pensé que mi padre querría lo mejor para mí, y por eso le acompañé al taller. Nos llevaron por un pasillo bastante largo, yo creía que para enseñarnos mi despacho, pero no, el pasillo conducía a un gran almacén donde otros hombres desmontaban coches y les hurgaban en las tripas como si les estuvieran operando, incluso escurrían chorritos de líquido por los laterales como si fuese sangre.
Según soy yo para esas cosas, enseguida vi que aquel no era lugar para mí, da igual que mi padre me explicase que no era sangre si no gasolina, ni hablar, no pretenderían que yo me metiese dentro de uno de aquellos horribles monos y anduviese todo el día con las manos manchadas de negro, que no hombre, que no, que para eso prefiero seguir tumbado en el sofá…
Esta generación mía hemos tenido que cargar toda la vida con tener unos padres de la posguerra, y eso quieras o no, marca lo suyo, porque son gente muy testaruda, con unas ideas ahí metidas a presión, obsesionados con que hay que trabajar, y dale que te pego con lo de ganarse la vida y todo eso. Se ve que tienen miedo de que venga otra guerra y se vuelvan a ver con necesidades o yo qué sé, pero vamos, que como yo les digo, que los hijos no tenemos la culpa de que Franco saliera elegido, que no le hubieran votado ellos ¿no?
El tercer sitio donde me llevó mi padre es el que más huella me ha dejado. En principio, la oferta no era mala, me daban un sueldo fijo, un uniforme, dos días de descanso a la semana, y lo que más me gustaba, un arma.
Lo del arma da mucha importancia, parece que no, pero cuando estás entre los amigos y les dices que vas a tener arma, te miran de otra manera, así que, de nuevo le acompañé a ver si esta vez había más suerte, porque además, me dijo que era un sitio tranquilo, muy tranquilo...
Pues eso, que ahí va la primera entrega. El relato largo o novela corta ( a gusto del consumidor) se titula “Un sitio tranquilo”. Si consigo entretener un poquito el rato muerto de alguien, será estupendo. Si además logro arrancar una sonrisa, será un premio especial en los tiempos que corren.
UN SITIO TRANQUILO
Todavía no tengo cuarenta años, me falta un mes para cumplirlos, y mis padres ya quieren que trabaje.
Es duro, lo sé, es una situación que nunca hubiera imaginado, después de tanto tiempo como llevo en casa con ellos, de haberles dedicado mis mejores años permitiendo que me cuidasen y me mimasen como al hijo único que soy, me han salido hace una temporada con la milonga de que tengo que ponerme a trabajar para que pueda ganarme la vida el día que ellos falten.
Como lo cuento, así me lo dijeron, y me da toda la impresión de que, a pesar de alguna experiencia negativa que he tenido y que voy a relatar a continuación, el tema no se les va a olvidar, porque mi padre se pasa el día aprendiéndose de memoria los anuncios del periódico y llamando a todos los sitios donde necesitan a alguien, menos mal que cuando les dice la edad que tengo, ya no les interesa, normal, como que no son años para ponerse a trabajar, demasiado pronto, eso lo ve cualquiera.
No quiero quitarles la ilusión, pero no creo que encuentren nada interesante, les he oído decir a mis amigos que lo del trabajo está fatal, así que, buenas ganas de discutir...
Que nadie se piense que yo soy un vago, de eso nada, si estoy en casa es porque no quiero que mis padres sufran por mi ausencia. ¿Qué iba a hacer mi madre si no tuviera que lavar y planchar mi ropa? ¿Cómo serían sus mañanas si no se ocupase de hacerme la comida y limpiar mi cuarto?
Hay que tener un poco de delicadeza y pensar en los progenitores, yo no quiero que terminen por ahí, en cualquier hotel de la costa bailando como posesos o jugando al bingo para poder gastarse el dinero, cuando ese dinero me lo puedo gastar yo tranquilamente. La dignidad que no falte.
Y justo cuando mejor estaba yo, cuando más a gusto me encontraba conmigo mismo, que no tenía ni una discusión porque estoy de acuerdo con todo lo que pienso, me hacen sufrir este shock, esta terrible impresión queriendo que me gane la vida por mis propios medios. Pero ¿para qué? Si mientras estén ellos no me falta de nada y cuando palmen voy a heredar lo que tengan... Dice mi padre que es para que “sepa lo que es bueno”, pobre hombre, está muy mayor ya y no sabe lo que dice…pero si yo ya sé lo que es bueno, y por eso no quiero cambiar, porque lo bueno era la vida que yo llevaba, y de la que sólo merecía la pena salir, para saber lo que es mejor todavía.
No sé a qué pude deberse esta manía persecutoria que les ha entrado, que ayer querían que me presentase a una entrevista para conducir un camión en una obra y hoy me saltan con eso de que “se necesita palista retroexcavador”, pero bueno, si lo que quieren es acabar conmigo para que no herede, que me lo digan claramente, y si no, que me dejen en paz, que yo vivo muy a gusto y no me meto con nadie. Mi lema es “vive de los padres hasta que puedas vivir de los hijos”, y como hijos no tengo porque me da una pereza tremenda el simple hecho de pensarlo, tendrán que mantenerme mis padres, y si no, que no me hubieran tenido, que yo no pedí venir a este mundo, hombre, que hay que ser un poquito responsables.
Pero no ha habido forma de convencer a mi padre, el hombre está chapado a la antigua y se pone malísimo cuando me encuentra tumbado en el sofá rodeado de latas de cerveza, y no lo entiendo, porque yo no me meto con él cuando se va a arrancar patatas a la huerta, ni me cruzo en su camino cuando le veo con la azada al hombro para ir a cavar o a cultivar algo verde, que no sé ni lo que es, porque esa es otra, el trabajo que me costó hacerles entender que la huerta no está hecha para mí, que cada vez que voy me pican los mosquitos, me mancho los zapatos y me resulta muy duro ver a mi padre doblando el espinazo de aquella manera, que por muy fuerte que parezca, yo también tengo mi corazoncito, y no, prefiero no ir, porque para ver sufrir a un ser querido es mejor quedarse en casa viendo una película de risa y dándole a mi madre un motivo de alegría porque cada vez que le pido que me haga un par de huevos, me dice toda risueña: “Pa güevos los tuyos hijo mío, pa güevos los tuyos”, y se la ve de un orgulloso…
Pero con el tema del trabajo no hubo forma de calmarles, se pusieron cansinos los dos, mi padre sobre todo, que tuvo el valor de amenazarme con que iban a dejar de darme de comer, que como yo le dije: “no vayas por ahí porque eso son malos tratos y te puedo meter palante”, y algo sí que se acojonó, pero se ve que no fue lo bastante, porque al rato ya estaba otra vez con la cantinela, y no paró hasta que me vino con un contrato en la mano, todo feliz porque me había conseguido un buen puesto.
Pero vamos a ver ¿qué entienden estos mayores por un buen puesto? ¿Dónde estaban ellos cuando Coco explicaba en Barrio Sésamo la diferencia entre “bueno” y “malo”? Claro, trabajando en la huerta, como siempre.
¡Dios mío, cuanto daño ha hecho la agricultura en este país!
*****************************
Un mes ha pasado desde que se les metió esa idea entre las orejas, un mes, y ya he pasado por tres sitios en los que me he presentado con la mejor voluntad del mundo, pero no me han cogido, no es culpa mía.
En el primero de ellos, me hicieron un contrato de tres meses a prueba, me sobraron tres meses menos dos horas, que fue exactamente lo que tardé en salir de allí despavorido cuando me dijeron que lo que tenía que hacer era despiezar pollos. Al principio no me asusté mucho porque pensé que mi labor consistiría en apretar algún botón para que la máquina se encargase de hacer el resto, pero no, pretendían que lo hiciese yo, con mis manos. Fue una experiencia terrible que pudo causarme un grave problema psicológico y dejarme traumas para cuando sea mayor, porque lo que no se puede hacer es enseñarte a querer a los animales y luego pretender que conviertas un pollo en dos muslos y unas pechugas, eso tendrán que mirarlo, no sé a qué demonios se dedican los políticos, de verdad, ya que les pagamos con nuestro dinero, que se lo curren un poquito, joer.
Le insistí a mi padre en que no siguiese por ese camino, que no me buscase trabajos de aquel tipo porque no se ajustaban a mi perfil, o incluso que no me buscase más trabajos ni de aquel tipo, ni de otros, pero él no se conmovió, es un hombre muy testarudo y de ideas fijas, por lo cual, a los tres días me arrastró a un taller mecánico de automóviles.
Yo de mecánica no entiendo nada, no he cogido un destornillador en mi vida, porque me da miedo hacerme daño, pero de nuevo pensé que mi padre querría lo mejor para mí, y por eso le acompañé al taller. Nos llevaron por un pasillo bastante largo, yo creía que para enseñarnos mi despacho, pero no, el pasillo conducía a un gran almacén donde otros hombres desmontaban coches y les hurgaban en las tripas como si les estuvieran operando, incluso escurrían chorritos de líquido por los laterales como si fuese sangre.
Según soy yo para esas cosas, enseguida vi que aquel no era lugar para mí, da igual que mi padre me explicase que no era sangre si no gasolina, ni hablar, no pretenderían que yo me metiese dentro de uno de aquellos horribles monos y anduviese todo el día con las manos manchadas de negro, que no hombre, que no, que para eso prefiero seguir tumbado en el sofá…
Esta generación mía hemos tenido que cargar toda la vida con tener unos padres de la posguerra, y eso quieras o no, marca lo suyo, porque son gente muy testaruda, con unas ideas ahí metidas a presión, obsesionados con que hay que trabajar, y dale que te pego con lo de ganarse la vida y todo eso. Se ve que tienen miedo de que venga otra guerra y se vuelvan a ver con necesidades o yo qué sé, pero vamos, que como yo les digo, que los hijos no tenemos la culpa de que Franco saliera elegido, que no le hubieran votado ellos ¿no?
El tercer sitio donde me llevó mi padre es el que más huella me ha dejado. En principio, la oferta no era mala, me daban un sueldo fijo, un uniforme, dos días de descanso a la semana, y lo que más me gustaba, un arma.
Lo del arma da mucha importancia, parece que no, pero cuando estás entre los amigos y les dices que vas a tener arma, te miran de otra manera, así que, de nuevo le acompañé a ver si esta vez había más suerte, porque además, me dijo que era un sitio tranquilo, muy tranquilo...
Un poemita pequeño
Un poemita pequeño, un ripio “casero” porque la poesía no es lo mío, pero de esos que salen del rinconcito del corazón donde se guardan los cariños para los que uno más quiere en el mundo.
“Un rayito de luna
para mis niños pequeños,
para que alumbre su cama
para que vele sus sueños.
Y para mis niños grandes
todos los rayos del sol,
que iluminen su camino
al volver del botellón”.
“Un rayito de luna
para mis niños pequeños,
para que alumbre su cama
para que vele sus sueños.
Y para mis niños grandes
todos los rayos del sol,
que iluminen su camino
al volver del botellón”.
Demasiado tarde
Estos días han fallecido dos personas muy conocidas, que se han ido tan discretamente como vivieron, una de ellas era la cantante Mari Trini, de la cual, los que ya tenemos unos años, recordamos canciones que, gustasen más o menos, forman parte de nuestros recuerdos musicales. La otra es la escritora Corín Tellado, una mujer que según se ha publicado a raíz de su fallecimiento, vivió sin ser consciente del éxito de sus escritos, llegando a ser después de Cervantes, la escritora española más leída.
Dice Vargas llosa que aunque no ha leído nada de ella, tuvo oportunidad de entrevistarla en una ocasión y le pareció una persona entrañable, introvertida, poco amiga de apariciones públicas, discreta y reservada.
El fallecimiento de ambas ha ocupado días atrás noticias en prensa y espacios tanto en radio como en televisión. Parece ser que la cantante fue una de las mejores de este país, fenomenal compositora, arriesgada en las letras (no olvidemos aquel “Yo no soy esa” que en los setenta-ochenta era como un himno a la libertad de la mujer que por entonces se vislumbraba bastante lejana todavía), dicen que su personal voz era irrepetible y se le reconoce un valor añadido por lo innovadoras que eran sus composiciones.
Pero esta mujer murió (aparte de por una enfermedad física) sumida en la tristeza de haber sido olvidada por el público y sin haber tenido un reconocimiento, ni siquiera la menor repercusión cuando hace algunos años intentó retomar su carrera.
Y yo me pregunto: ¿Todo lo maravilloso que se está diciendo de ella ahora, no se lo podían haber dicho un poco antes? ¿Por qué tenemos esa costumbre tan fea de ensalzar a la gente cuando ya no puede disfrutarlo?
¡Joer! Si era una de las mejores cantantes españolas, si componía de maravilla y si fue una pionera en cantar por la libertad para la mujer, habría que habérselo hecho saber antes, que seguramente , hubiese fallecido igual, porque las enfermedades a veces, no perdonan, pero se hubiese ido de otra manera ¿no? A lo mejor no hubiese estado tan deprimida y hubiese disfrutado un poquito pensando que su trabajo no está tan olvidado como ella pensaba.
¿De qué le vale ahora a Corín Tellado que todo el mundo reconozca su mérito? Resulta que cuando vivía no se le daba importancia a sus publicaciones porque eran novelas rosas, y ahora resulta que esas mismas novelas rosas que algunos que algunos nombran con cierto aire peyorativo, se han leído en medio planeta. Yo puedo asegurar que hay muchísimas novelas de esta y otras autoras y autores, que son muchísimo mejores que algunos best-seller que nos venden ahora como éxitos editoriales (ojo, que he dicho “algunos”).
Hubo una época, que debió ser deliciosa, en la que estas novelas se cambiaban en los quioscos, de modo que cuando estaban leídas, se podían entregar y coger otras, y durante años, las mujeres (y muchos hombres que no lo decían) alegraron sus ratos con aquellas historias escritas en papel de color sepia y con unas portadas pequeñitas pero llamativas.
¿Y qué? ¿Eso es malo? Pues no señor, eso es estupendo, se leía mucho y sobre todo, se distraían, se olvidaban de otros problemas que seguramente tendrían, de otras “crisis” que nuestros padres ya han pasado (aunque nos parezca que estamos descubriendo la pólvora) y tenían la ilusión de ir al día siguiente al quiosco a cambiarlas.
Mi madre guarda una colección de esas novelas, y cada vez que me habla de ellas se le pone en los ojos esa chispa especial que deja el recuerdo de los momentos vividos que sabes que no volverán. Y como ella, miles de mujeres en todo el mundo.
Hubiese sido precioso que Corín Tellado, sin dejar su elegida discreción, hubiese sido más consciente de lo importante que fue para aquellas lectoras.
Ahora se reeditarán sus libros en fascículos coleccionables (y los discos de Mari Trini, por supuesto), a lo mejor hasta alguna editorial avispada crea un certamen al que pondrá el nombre de “Premio de novela rosa Corín Tellado”, y todo eso está fenomenal, pero a mi entender, llega demasiado tarde.
¡Caramba! Si hasta Pérez Reverte, miembro de la Real Academia Española y exitoso escritor y reportero, reconoce desayunar su tazón de leche con choco-crispis hojeando la prensa rosa porque le distrae ese ratito y le aleja de otras preocupaciones mayores.
Vamos a dejar de ser falsos, que en nuestro país se venden miles de ejemplares de revistas del “corazón”, pero no sé a quién, porque resulta que nadie reconoce comprarlas.
Reconozcamos el éxito de la gente, cuando aún puede disfrutarlo, que para eso se lo habrá currado, que muertos, todos somos buenísimos pero no nos vale de nada.
Besos.
Se cuidan.
Dice Vargas llosa que aunque no ha leído nada de ella, tuvo oportunidad de entrevistarla en una ocasión y le pareció una persona entrañable, introvertida, poco amiga de apariciones públicas, discreta y reservada.
El fallecimiento de ambas ha ocupado días atrás noticias en prensa y espacios tanto en radio como en televisión. Parece ser que la cantante fue una de las mejores de este país, fenomenal compositora, arriesgada en las letras (no olvidemos aquel “Yo no soy esa” que en los setenta-ochenta era como un himno a la libertad de la mujer que por entonces se vislumbraba bastante lejana todavía), dicen que su personal voz era irrepetible y se le reconoce un valor añadido por lo innovadoras que eran sus composiciones.
Pero esta mujer murió (aparte de por una enfermedad física) sumida en la tristeza de haber sido olvidada por el público y sin haber tenido un reconocimiento, ni siquiera la menor repercusión cuando hace algunos años intentó retomar su carrera.
Y yo me pregunto: ¿Todo lo maravilloso que se está diciendo de ella ahora, no se lo podían haber dicho un poco antes? ¿Por qué tenemos esa costumbre tan fea de ensalzar a la gente cuando ya no puede disfrutarlo?
¡Joer! Si era una de las mejores cantantes españolas, si componía de maravilla y si fue una pionera en cantar por la libertad para la mujer, habría que habérselo hecho saber antes, que seguramente , hubiese fallecido igual, porque las enfermedades a veces, no perdonan, pero se hubiese ido de otra manera ¿no? A lo mejor no hubiese estado tan deprimida y hubiese disfrutado un poquito pensando que su trabajo no está tan olvidado como ella pensaba.
¿De qué le vale ahora a Corín Tellado que todo el mundo reconozca su mérito? Resulta que cuando vivía no se le daba importancia a sus publicaciones porque eran novelas rosas, y ahora resulta que esas mismas novelas rosas que algunos que algunos nombran con cierto aire peyorativo, se han leído en medio planeta. Yo puedo asegurar que hay muchísimas novelas de esta y otras autoras y autores, que son muchísimo mejores que algunos best-seller que nos venden ahora como éxitos editoriales (ojo, que he dicho “algunos”).
Hubo una época, que debió ser deliciosa, en la que estas novelas se cambiaban en los quioscos, de modo que cuando estaban leídas, se podían entregar y coger otras, y durante años, las mujeres (y muchos hombres que no lo decían) alegraron sus ratos con aquellas historias escritas en papel de color sepia y con unas portadas pequeñitas pero llamativas.
¿Y qué? ¿Eso es malo? Pues no señor, eso es estupendo, se leía mucho y sobre todo, se distraían, se olvidaban de otros problemas que seguramente tendrían, de otras “crisis” que nuestros padres ya han pasado (aunque nos parezca que estamos descubriendo la pólvora) y tenían la ilusión de ir al día siguiente al quiosco a cambiarlas.
Mi madre guarda una colección de esas novelas, y cada vez que me habla de ellas se le pone en los ojos esa chispa especial que deja el recuerdo de los momentos vividos que sabes que no volverán. Y como ella, miles de mujeres en todo el mundo.
Hubiese sido precioso que Corín Tellado, sin dejar su elegida discreción, hubiese sido más consciente de lo importante que fue para aquellas lectoras.
Ahora se reeditarán sus libros en fascículos coleccionables (y los discos de Mari Trini, por supuesto), a lo mejor hasta alguna editorial avispada crea un certamen al que pondrá el nombre de “Premio de novela rosa Corín Tellado”, y todo eso está fenomenal, pero a mi entender, llega demasiado tarde.
¡Caramba! Si hasta Pérez Reverte, miembro de la Real Academia Española y exitoso escritor y reportero, reconoce desayunar su tazón de leche con choco-crispis hojeando la prensa rosa porque le distrae ese ratito y le aleja de otras preocupaciones mayores.
Vamos a dejar de ser falsos, que en nuestro país se venden miles de ejemplares de revistas del “corazón”, pero no sé a quién, porque resulta que nadie reconoce comprarlas.
Reconozcamos el éxito de la gente, cuando aún puede disfrutarlo, que para eso se lo habrá currado, que muertos, todos somos buenísimos pero no nos vale de nada.
Besos.
Se cuidan.
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