Aunque es verdad que uno es de donde “pace y no de donde nace” como dice el refrán, yo creo que algo importante queda del sitio en el que se llega al mundo.
No viví nunca en Benavente pero como mis abuelos vivían allí volví siempre a su casa, a esa casa que es para mí el lugar en el que dormirán siempre mis mejores recuerdos. Aún hoy, varios años después de que sólo quede el solar, sigo soñando que estoy en ella, recuerdo infinidad de detalles que son imborrables, que perduran en la mente aunque ya no existan en la realidad. Se pueden derribar las casas, pero no los recuerdos.
Creo que como mecanismo de protección, el ser humano trata de relegar a un segundo término las cosas que nos hacen daño para dejar que perdure siempre lo positivo, sabia actitud, casi siempre inconsciente, que suaviza el sufrimiento. Me pasa cuando sueño con mi padre o le recuerdo, siempre viene a mi mente cuando estaba bien, no cuando estaba enfermo. Con la casa de Benavente me ocurre lo mismo, cuando sueño dormida o despierta con ella está en pie, y yo corro por aquel pasillo y entro en las habitaciones y voy a la cocina, pero la casa está bien, sin rastro del fuego que se llevó parte de ella y que afortunadamente, mis abuelos ya no vieron.
Aún después del incendio estuve allí sola, y no tenía ni gota de miedo, es más, quise ir sola, rescatar todo lo que pudiera de entre lo poco que se pudo salvar, tirar lo que ya no tenía sentido dejar allí, sacar todo antes de que la máquina pasase por encima como si en aquella casa no estuviese una parte importante de nuestras vidas.
Me empeñé en estar presente el día que la tiraron, aparqué mi coche enfrente y me quedé en silencio viendo cómo los camiones se llevaban los trocitos de mi infancia. No es que sea masoquista, es que me parecía que si no lo veía, nunca iba a creerme que la casa ya no estaba, además, tenía la sensación de que si no íbamos nadie de la familia estábamos abandonando a la casa, era como no asistir al funeral de un ser querido, de alguien que nos había acogido a todos, al fin y al cabo, entre sus paredes vine al mundo y le debía estar allí cuando dejase de existir.
Pensé que sin la casa allí, ya no tendría sentido volver a Benavente, pero no ha sido así, es un sitio especial, me encanta ir, y me he sentido enormemente orgullosa cuando me han llamado para ir a alguno de sus colegios a charlar sobre los libros, siempre les digo a los alumnos lo mismo, me siento pequeñita allí con ellos, y la vez muy grande por haber logrado volver a través de mis escritos además de hacerlo como benaventana orgullosa y pasearme por sus calles cada vez más entrañables para mí.
Siempre que voy me doy una vuelta por el sitio en el que estaba la casa y por mucho que edifiquen en el solar, siempre que paso por allí, veo la casa de mis abuelos.
lunes, 23 de febrero de 2009
viernes, 20 de febrero de 2009
Más sobre concursos
Tiene razón mi amiga Marian (Asunción) cuando dice que me gustan los concursos. Es verdad, sobre todo, los que he ganado yo…
Es broma. Digo lo que comentaba el otro día, que me parecen una buena escuela y sobre todo, un buen trampolín porque ayudan a llegar a los demás a través de las publicaciones que conllevan algunos premios, pero comentaba que también me han servido para aprender algunas cosas, o al menos, para tenerlas más claras.
Es verdad lo que dice Marian, que un comentario sobre un texto presentado a un concurso puede ser demoledor o no, dependiendo de las manos en las que caiga, y eso mismo me pasó a mí.
Presenté una novela al Premio Primavera, es un premio internacional al que se presentan novelas escritas en habla hispana desde cualquier parte del mundo. En esa ocasión fueron unos quinientos ejemplares, creo recordar. En las bases ofrecían un comentario sobre el texto que se podía recoger el día del fallo en el hotel de Madrid en el que se daba la rueda de prensa. Como no vivo en Madrid, le pedí a mi cuñado que me lo fuese a buscar y así lo hizo.
Yo ya sabía que no lo había ganado, claro, pero esperaba ansiosa el mencionado informe. Nada más recogerlo, mi cuñado me llamó por teléfono y muy con mucho tacto me dijo: “Beti, maja, te han dado para el pelo, te han puesto buena”
Estuve dos días catatónica. Me leyó la crítica que habían escrito sobre mi novela y me derrumbé, me deprimí, me vine abajo y me costó Dios y ayuda llenar el pecho de aire en unos días. Sin embargo, la información estaba un poco sesgada, quiero decir que sí, lo que me leyó por teléfono era cierto, pero…
Cuando tuve la carta en mis manos y la pude leer yo misma, vi que la cosa cambiaba. Mi novela tenía dos informes. En el primero, que mi cuñado pasó por alto inocentemente, sin darse cuenta de la importancia que podía tener para mí, se me felicitaba por la novela, por el texto tan bien redactado, por los personajes bien definidos y el acierto en el enfoque de la temática al tratar temas de actualidad. Aconsejaban una segunda lectura quedando la novela entre las veinte finalistas seleccionadas para otra ronda de valoraciones.
Hombre, quedar entre las veinte últimas entre quinientos ejemplares, no es ganar un certamen, pero bueno, es bastante alentador.
¿Qué pasó después? Pues que los que leyeron la novela por segunda vez no pensaron igual que los otros, creyeron que era susceptible de mejorar en muchos aspectos, me aconsejaban matizar más algunas líneas de los personajes… Era lo mismo que me había leído mi cuñado por teléfono, pero ya no me pareció tan grave.
Aprendí mucho, porque vi claro que el mismo texto leído por personas diferentes puede pasar de ser una maravilla a ser muy mediocre, y esto nos pasa a todos, claro, unos leemos un libro y nos encanta y cuando se lo recomiendas a alguien, resulta que no le dice nada, pero lo que entre nosotros no tiene mayor importancia que asumir que cada uno tiene su gusto, en un jurado tiene la trascendencia de que el premio lo gane uno o lo gane otro.
Yo también he tenido la oportunidad de formar parte en el jurado de algunos premios, y una vez que se han desechado los que no cumplen las bases, los que tienen faltas de ortografía garrafales, los que no tienen ni el menor sentido de lo que es contar algo, quedan un grupo con estilo impecable, con historias maravillosamente contadas, con lenguaje cuidado… de entre los cuales debe salir el ganador, y que podría ser perfectamente cualquiera de ellos.
Al final, se llega a un acuerdo porque hay uno que “gusta” más que los otros, pero lo de “gustar” es tan relativo, que mientras no se invente un “gustómetro” para medir la intensidad del gusto y poder tener un criterio fidedigno, es algo tan subjetivo, que la obra ganadora es tan buena como la finalista o como las otras que se quedaron dentro de la última selección.
(Esto en los concursos limpios, en los otros no lo sé porque no lo conozco, aunque me lo puedo imaginar).
Yo sí que animo a la gente a participar en certámenes literarios, como experiencia, a veces enriquecedora y a veces frustrante, como la vida misma.
Por cierto, yo volví a escribir la novela. Cuando logré ver el lado positivo de aquel informe tan negativo la reescribí siguiendo los consejos que me habían dado y la verdad es que quedó mucho mejor.
Así que, hala, a escribir todo el fin de semana, y a disfrazarse, que es carnaval.
Es broma. Digo lo que comentaba el otro día, que me parecen una buena escuela y sobre todo, un buen trampolín porque ayudan a llegar a los demás a través de las publicaciones que conllevan algunos premios, pero comentaba que también me han servido para aprender algunas cosas, o al menos, para tenerlas más claras.
Es verdad lo que dice Marian, que un comentario sobre un texto presentado a un concurso puede ser demoledor o no, dependiendo de las manos en las que caiga, y eso mismo me pasó a mí.
Presenté una novela al Premio Primavera, es un premio internacional al que se presentan novelas escritas en habla hispana desde cualquier parte del mundo. En esa ocasión fueron unos quinientos ejemplares, creo recordar. En las bases ofrecían un comentario sobre el texto que se podía recoger el día del fallo en el hotel de Madrid en el que se daba la rueda de prensa. Como no vivo en Madrid, le pedí a mi cuñado que me lo fuese a buscar y así lo hizo.
Yo ya sabía que no lo había ganado, claro, pero esperaba ansiosa el mencionado informe. Nada más recogerlo, mi cuñado me llamó por teléfono y muy con mucho tacto me dijo: “Beti, maja, te han dado para el pelo, te han puesto buena”
Estuve dos días catatónica. Me leyó la crítica que habían escrito sobre mi novela y me derrumbé, me deprimí, me vine abajo y me costó Dios y ayuda llenar el pecho de aire en unos días. Sin embargo, la información estaba un poco sesgada, quiero decir que sí, lo que me leyó por teléfono era cierto, pero…
Cuando tuve la carta en mis manos y la pude leer yo misma, vi que la cosa cambiaba. Mi novela tenía dos informes. En el primero, que mi cuñado pasó por alto inocentemente, sin darse cuenta de la importancia que podía tener para mí, se me felicitaba por la novela, por el texto tan bien redactado, por los personajes bien definidos y el acierto en el enfoque de la temática al tratar temas de actualidad. Aconsejaban una segunda lectura quedando la novela entre las veinte finalistas seleccionadas para otra ronda de valoraciones.
Hombre, quedar entre las veinte últimas entre quinientos ejemplares, no es ganar un certamen, pero bueno, es bastante alentador.
¿Qué pasó después? Pues que los que leyeron la novela por segunda vez no pensaron igual que los otros, creyeron que era susceptible de mejorar en muchos aspectos, me aconsejaban matizar más algunas líneas de los personajes… Era lo mismo que me había leído mi cuñado por teléfono, pero ya no me pareció tan grave.
Aprendí mucho, porque vi claro que el mismo texto leído por personas diferentes puede pasar de ser una maravilla a ser muy mediocre, y esto nos pasa a todos, claro, unos leemos un libro y nos encanta y cuando se lo recomiendas a alguien, resulta que no le dice nada, pero lo que entre nosotros no tiene mayor importancia que asumir que cada uno tiene su gusto, en un jurado tiene la trascendencia de que el premio lo gane uno o lo gane otro.
Yo también he tenido la oportunidad de formar parte en el jurado de algunos premios, y una vez que se han desechado los que no cumplen las bases, los que tienen faltas de ortografía garrafales, los que no tienen ni el menor sentido de lo que es contar algo, quedan un grupo con estilo impecable, con historias maravillosamente contadas, con lenguaje cuidado… de entre los cuales debe salir el ganador, y que podría ser perfectamente cualquiera de ellos.
Al final, se llega a un acuerdo porque hay uno que “gusta” más que los otros, pero lo de “gustar” es tan relativo, que mientras no se invente un “gustómetro” para medir la intensidad del gusto y poder tener un criterio fidedigno, es algo tan subjetivo, que la obra ganadora es tan buena como la finalista o como las otras que se quedaron dentro de la última selección.
(Esto en los concursos limpios, en los otros no lo sé porque no lo conozco, aunque me lo puedo imaginar).
Yo sí que animo a la gente a participar en certámenes literarios, como experiencia, a veces enriquecedora y a veces frustrante, como la vida misma.
Por cierto, yo volví a escribir la novela. Cuando logré ver el lado positivo de aquel informe tan negativo la reescribí siguiendo los consejos que me habían dado y la verdad es que quedó mucho mejor.
Así que, hala, a escribir todo el fin de semana, y a disfrazarse, que es carnaval.
martes, 17 de febrero de 2009
Microrelatos
Entre los muchísimos concursos literarios que se convocan, hace unos meses participé en uno que era de microtextos, pero vamos, microtextos del todo, porque había que participar a través del móvil con un SMS que no superase las cuarenta palabras. Tenía que ser un mensaje-relato, claro, un texto en el que se contase algo con sentido, una pequeña historia, un cuento, algo con vida, y la verdad es que es difícil de narices, porque antes de empezar a escribir ya se te ha acabado el margen de cuarenta palabras (hasta aquí llevo ahora mismo 89 y no he dicho nada todavía), pero está muy bien presentarse a estas cosas porque se aprende a resumir, a comunicar algo muy conciso, muy escueto, pero que haga pensar, reír, llorar o sentir algo al que lo lea.
Envié tres, cada uno en un estilo diferente, y es que hasta en pocas palabras se puede cambiar el estilo. Voy a dejarlos aquí escritos por si a alguien le apetece leerlos y comentarme algo.
El primero dice: “Es la última vez que pegas a mamá”. Y el chorro de agua salió de la pistola de juguete dejando al hombre empapado de vergüenza.
Es que no lo puedo evitar, estoy muy sensibilizada con este tema, ya lo he comentado más veces, me impresiona, me subleva, y al haber estado buceando en las informaciones que hay para lo que escribo, cada vez me llama más la atención.
El segundo es así: “El yate estropeado, el jacuzzi no funciona, el mercedes no arranca… ¡Maldita crisis!”
Me gusta dar un toque humorístico aunque sea en tan poco espacio, y además, lleva su ironía, porque hay muchos de estos, que se quejan de la crisis para no sentirse discriminados, pero que no tienen ni idea de lo que va. ¡Pobrecitos! Anda y que se fastidien sin tener que hacer equilibrios para llegar a medio mes (obsérvese que no digo “a fin de mes”, porque en los tiempos que corren, el día cinco ya hace falta cobrar otra vez), sin hipotecas, sin préstamos, sin saber lo que significa “Carrefour”… ¡ángelicos!
Y el tercero es un poco mezcla de los dos anteriores: “Maldito perro, otra vez escarbando en el jardín, y la policía a la puerta por décima vez.
-¡Que no sé nada de mi marido!
Dichoso animal, no era tan fiel a mí cuando su amo me molía a golpes”.
Un poco más largo, y más ácido, pero bueno, es lo que me salió en aquel momento.
No sé si el concurso se ha fallado ya o no, no me acuerdo de cuál era el premio exactamente, pero me gustó participar por lo que comentaba antes, todos los concursos son escuela, y sobre todo, algunos en los que se toman la molestia de contestarte con un informe del texto que enviaste. Este no era el caso, claro, pero en uno que sí lo hacen es en el Primavera de Novela, en el que el mismo día que se falla el premio y se comunica a los medios el ganador, cada participante puede ir a recoger un informe de la novela que presentó, y esto puede ser positivo o demoledor, según se mire, pero lo que sí puedo asegurar es que a mí me enseñó mucho (después de estar cuarenta y ocho horas llorando, pero aprendí la lección).
Mañana lo comentamos.
Envié tres, cada uno en un estilo diferente, y es que hasta en pocas palabras se puede cambiar el estilo. Voy a dejarlos aquí escritos por si a alguien le apetece leerlos y comentarme algo.
El primero dice: “Es la última vez que pegas a mamá”. Y el chorro de agua salió de la pistola de juguete dejando al hombre empapado de vergüenza.
Es que no lo puedo evitar, estoy muy sensibilizada con este tema, ya lo he comentado más veces, me impresiona, me subleva, y al haber estado buceando en las informaciones que hay para lo que escribo, cada vez me llama más la atención.
El segundo es así: “El yate estropeado, el jacuzzi no funciona, el mercedes no arranca… ¡Maldita crisis!”
Me gusta dar un toque humorístico aunque sea en tan poco espacio, y además, lleva su ironía, porque hay muchos de estos, que se quejan de la crisis para no sentirse discriminados, pero que no tienen ni idea de lo que va. ¡Pobrecitos! Anda y que se fastidien sin tener que hacer equilibrios para llegar a medio mes (obsérvese que no digo “a fin de mes”, porque en los tiempos que corren, el día cinco ya hace falta cobrar otra vez), sin hipotecas, sin préstamos, sin saber lo que significa “Carrefour”… ¡ángelicos!
Y el tercero es un poco mezcla de los dos anteriores: “Maldito perro, otra vez escarbando en el jardín, y la policía a la puerta por décima vez.
-¡Que no sé nada de mi marido!
Dichoso animal, no era tan fiel a mí cuando su amo me molía a golpes”.
Un poco más largo, y más ácido, pero bueno, es lo que me salió en aquel momento.
No sé si el concurso se ha fallado ya o no, no me acuerdo de cuál era el premio exactamente, pero me gustó participar por lo que comentaba antes, todos los concursos son escuela, y sobre todo, algunos en los que se toman la molestia de contestarte con un informe del texto que enviaste. Este no era el caso, claro, pero en uno que sí lo hacen es en el Primavera de Novela, en el que el mismo día que se falla el premio y se comunica a los medios el ganador, cada participante puede ir a recoger un informe de la novela que presentó, y esto puede ser positivo o demoledor, según se mire, pero lo que sí puedo asegurar es que a mí me enseñó mucho (después de estar cuarenta y ocho horas llorando, pero aprendí la lección).
Mañana lo comentamos.
viernes, 13 de febrero de 2009
Hoy me han hecho una entrevista
Sí, hoy han venido a casa cuatro alumnos del Instituto Padre Isla de León, concretamente del curso 3ºC (de ESO) y me ha hecho una ilusión tremenda.
Han estado leyendo en clase "Marioneta" uno de mis libros, que trata el tema del acoso escolar, y querían que charlásemos un poco sobre cómo había surgido la historia, y algunos detalles más sobre la escritura de este y otros libros.
Jorge, Javi, otro Jorge y Gabi han desempeñado a las mil maravillas el papel de reporteros haciéndome preguntas y tomando nota de lo que decía, así da gusto tratar con la gente, chavales la mar de majos, educados y simpáticos que me hicieron pasar un rato estupendo.
Espero no haberles dado "la chapa" demasiado, porque es preguntarme sobre la escritura y, sin darme cuenta, empiezo a ponerme en plan cotorra a contar cosas, no puedo evitarlo.
Les agradezco esto, porque verdaderamente es lo que hace que merezca la pena seguir en este camino. Siempre digo que escribir es una actividad mágica, pero tan necesariamente solitaria que a veces se echa en falta el contacto con la otra parte, la que da sentido a tanta pasión como se descarga en las páginas en forma de historias, a tanto sentimiento, emoción, risa o llanto como quiere el autor volcar a través de sus manos en esas hojas vacías que de pronto se convierten en otras vidas; esa otra parte es el lector, el que verdaderamente tiene la última palabra, el que recibe lo que yo he querido expresar y valora si lo he expresado bien o mal.
Gracias, chicos, hoy tengo ganas de escribir, hoy me habéis dado un empujoncito para animarme y voy a aprovechar esa energía. Ya os comenté que estoy con una novela entre manos y voy a ver si saco adelante unas páginas más.
Un abrazo fuerte a los cuatro entrevistadores, y otro grande para todos los alumnos de tercero de ESO del Padre Isla y para su profesor. Nos vemos.
¿Lo veis? ¡Ya me he enrollado otra vez! ¡Y eso que sólo quería poner unas letras!
Hasta muy pronto, amigos.
Han estado leyendo en clase "Marioneta" uno de mis libros, que trata el tema del acoso escolar, y querían que charlásemos un poco sobre cómo había surgido la historia, y algunos detalles más sobre la escritura de este y otros libros.
Jorge, Javi, otro Jorge y Gabi han desempeñado a las mil maravillas el papel de reporteros haciéndome preguntas y tomando nota de lo que decía, así da gusto tratar con la gente, chavales la mar de majos, educados y simpáticos que me hicieron pasar un rato estupendo.
Espero no haberles dado "la chapa" demasiado, porque es preguntarme sobre la escritura y, sin darme cuenta, empiezo a ponerme en plan cotorra a contar cosas, no puedo evitarlo.
Les agradezco esto, porque verdaderamente es lo que hace que merezca la pena seguir en este camino. Siempre digo que escribir es una actividad mágica, pero tan necesariamente solitaria que a veces se echa en falta el contacto con la otra parte, la que da sentido a tanta pasión como se descarga en las páginas en forma de historias, a tanto sentimiento, emoción, risa o llanto como quiere el autor volcar a través de sus manos en esas hojas vacías que de pronto se convierten en otras vidas; esa otra parte es el lector, el que verdaderamente tiene la última palabra, el que recibe lo que yo he querido expresar y valora si lo he expresado bien o mal.
Gracias, chicos, hoy tengo ganas de escribir, hoy me habéis dado un empujoncito para animarme y voy a aprovechar esa energía. Ya os comenté que estoy con una novela entre manos y voy a ver si saco adelante unas páginas más.
Un abrazo fuerte a los cuatro entrevistadores, y otro grande para todos los alumnos de tercero de ESO del Padre Isla y para su profesor. Nos vemos.
¿Lo veis? ¡Ya me he enrollado otra vez! ¡Y eso que sólo quería poner unas letras!
Hasta muy pronto, amigos.
miércoles, 11 de febrero de 2009
¿Organización?
Yo soy muy organizada, a veces de tan organizada que soy me lío yo sola y me complico la vida rizando el rizo, por si la vida actual no fuese ya bastante complicada, y en esa organización o lo que sea, tengo la paranoia de apuntar todo lo que tengo que hacer, algo que por cierto no recomiendo, primero porque nuestra memoria es muy cómoda y se acostumbra a la nota, hasta que llega un momento en el que no se puede vivir sin la dichosa nota en la que descargamos nuestro disco duro y nos volvemos dependientes de ella, y segundo porque la nota se puede perder, caer en manos de otro que no la sepa interpretar como nosotros y eso nos puede acarrear problemas.
Ese día tenía yo una tarde completita: me había propuesto limpiar a fondo el polvo en las habitaciones de mis hijos (para ellos esto es un ataque de los míos, para mí, una rutina que hay que hacer y punto) y además tenía que hacer la comida de los mayores, la del pequeño, y llevarle al médico, así que, como estaba en el trabajo y no paraba de pensar en la tarde que me esperaba, escribí en una nota lo que tenía que hacer para organizarme un poco mentalmente. Una tontería, porque luego esas notas ni las miro, pero bueno, me parece que si lo veo todo escrito en un papelito está como más fácil, más organizado y suelo hacerlo así aunque ya digo que luego son notas que aparecen en el bolso de cualquier chaqueta al cabo del tiempo muertas de olvido.
Cuando llegué a casa, me puse frenética a darle a la faena, hice todo como me lo había propuesto y cuando caí derrengada en la sala de espera del pediatra, me acordé de la nota que había hecho. Miré en el bolso y nada, ni en los bolsillos de los pantalones o la chaqueta, ni rastro de la nota. Rebobiné a ver dónde podía haberla dejado y cuando se me encendió la lucecita me di cuenta de que la había olvidado en la mesa del trabajo, algo que no tiene por qué tener mayor importancia, pero que ese día sí que la tenía porque en la nota yo había escrito:
-De tres a tres y media….Polvo Oscar
-De tres y media a cuatro….Polvo Pablo
-De cuatro a cuatro y media….Polvo Dani
-De cuatro y media a cinco….Polvo Javier (hacer comida que le gusta)
-De cinco a seis…Comida a los demás
-A las seis y media……cita con el médico
-Descanso.
Yo, trabajo con un médico, y dejé esa nota en la mesa del despacho que compartimos, tuve suerte porque aquel día llegó más tarde que yo, pero juro que la señora de la limpieza me miró con una cara de picarona que me hizo agachar la mirada de lo roja que me puse.
No he dejado de hacer notas porque no lo puedo evitar, pero lo que sí hago es asegurarme de que son menos confusas, nada de ambigüedades, que luego pasa lo que pasa.
Ese día tenía yo una tarde completita: me había propuesto limpiar a fondo el polvo en las habitaciones de mis hijos (para ellos esto es un ataque de los míos, para mí, una rutina que hay que hacer y punto) y además tenía que hacer la comida de los mayores, la del pequeño, y llevarle al médico, así que, como estaba en el trabajo y no paraba de pensar en la tarde que me esperaba, escribí en una nota lo que tenía que hacer para organizarme un poco mentalmente. Una tontería, porque luego esas notas ni las miro, pero bueno, me parece que si lo veo todo escrito en un papelito está como más fácil, más organizado y suelo hacerlo así aunque ya digo que luego son notas que aparecen en el bolso de cualquier chaqueta al cabo del tiempo muertas de olvido.
Cuando llegué a casa, me puse frenética a darle a la faena, hice todo como me lo había propuesto y cuando caí derrengada en la sala de espera del pediatra, me acordé de la nota que había hecho. Miré en el bolso y nada, ni en los bolsillos de los pantalones o la chaqueta, ni rastro de la nota. Rebobiné a ver dónde podía haberla dejado y cuando se me encendió la lucecita me di cuenta de que la había olvidado en la mesa del trabajo, algo que no tiene por qué tener mayor importancia, pero que ese día sí que la tenía porque en la nota yo había escrito:
-De tres a tres y media….Polvo Oscar
-De tres y media a cuatro….Polvo Pablo
-De cuatro a cuatro y media….Polvo Dani
-De cuatro y media a cinco….Polvo Javier (hacer comida que le gusta)
-De cinco a seis…Comida a los demás
-A las seis y media……cita con el médico
-Descanso.
Yo, trabajo con un médico, y dejé esa nota en la mesa del despacho que compartimos, tuve suerte porque aquel día llegó más tarde que yo, pero juro que la señora de la limpieza me miró con una cara de picarona que me hizo agachar la mirada de lo roja que me puse.
No he dejado de hacer notas porque no lo puedo evitar, pero lo que sí hago es asegurarme de que son menos confusas, nada de ambigüedades, que luego pasa lo que pasa.
Médicos de la tele
Soy enfermera, y estoy muy orgullosa de ello (a mucha honra, que dirían nuestras abuelas), por eso este comentario jocoso que voy a escribir no es ni mucho menos una burla de ningún personal sanitario ni de ningún centro hospitalario, pero por pertenecer a ese mundo me llaman mucho la atención algunas cosas.
Me refiero a ciertas series de televisión que nos venden la imagen de los hospitales como centros de atención social o algo así, algo que no son ni tienen por qué ser, entre otras cosas porque aunque quisieran (que tampoco) no hay ni tiempo ni medios para ello.
¿Alguien se ha encontrado alguna vez con un médico que te recoge de Urgencias y te lleva a tomar café y si es preciso a su casa para continuar con una amistad (o lo que surja)?
Yo no, y además me parece muy bien, porque normalmente la gente no va al Servicio de Urgencias a hacer amigos, que para eso ya hay otros sitios.
Ese trato paternalista, esa preocupación por los problemas delos pacientes, que en Urgencias vas a ver como mucho unas horas para dejar paso a otros pacientes con otros problemas, porque todo el mundo tiene su historia detrás, es a lo que me refiero que no se ajusta para nada a la realidad. Comprendo que se llaman “series de ficción”, y que para aburrirse ya está la vida real, pero bueno, que se pueden hacer las cosas ajustándose un “pelín” más a lo que nos rodea, porque cuando uno llega a Urgencias, se encuentra con otro trato, que no critico, porque no pueden hacer otra cosa.
En Urgencias, se ven a veces catarros de quince días, que tienen tanto de Urgencia como yo de cura (nada de nada)y claro, el personal que está allí, sometidos a un estrés y a unas prisas que durante ocho horas alteran al más plantado, a lo mejor no acompañan al del catarro a tomar café, a lo mejor le mandan a tomar vientos, que es distinto.
Pero ya digo que esto es un comentario, no una crítica, porque si viendo estas series se entretiene uno un ratito, pues mira, eso que te quitas de pensar en la crisis. Siempre he creído que hay momentos para todo, y que a veces tiene uno la cabeza que no puede ni pensar en ponerse a leer un libro que te haga sumergirte en grandes profundidades de pensamientos porque ni con traje de buzo llegas, y si en esos momentos enciendes la tele y te echas unas risas o unas lágrimas, cada uno lo que prefiera, y te evades un poco de la cruda realidad, me parece estupendo, ya habrá momentos para leer un clásico, que esos siempre van a estar ahí.
Siempre cuento la misma historia, es verdad, pero anda que no me han sacado a mí de apuros “Mortadelo y Filemón”, anda que no me he ido yo a la cama a veces con la cabeza como un tambor de granaderos de problemas, y al ponerme a leer un libro me daba cuenta de que llevaba tres páginas y no me había enterado de nada, así que cogía un “Mortadelo” (que ahora se llaman cómics) y no tenía que pensar mucho para entender sus historietas. ¿Y qué? “El Quijote” no va a irse de mi mesilla, ya vendrán momentos mejores.
Volviendo a las series de médicos y hospitales, lo del trato paternalista no, pero lo del doctor House tampoco, caramba, que hay médicos desagradables de narices (también pacientes, no nos olvidemos) pero tan bordes, tan bordes no sé si tendrían mucho futuro hoy día en que la gente enseguida pide la hoja de reclamaciones y les recuerda que su sueldo sale del bolsillo de todos los españoles (los de la sanidad pública, los de la privada no, pero es que los de la privada no son bordes en su consulta privada aunque lo sean en el hospital).
En fin, debe ser que por cambiar de tema yo prefiero series en las que no se hable de enfermedades, de reanimación cardiopulmonar, troponina, adrenalina y analíticas de sangre, prefiero variar un poco, aunque francamente, a veces no sabe uno ni qué ver porque cuantos más canales hay a nuestra disposición, peor es la oferta.
Hala, pues ya está dicho, mañana o pasado charlamos de otra cosa o cuento cómo voy con mi novela, que ando más liada que la pata de un romano y casi no saco tiempo para escribir dos líneas seguidas. Será el trabajo, la casa, los hijos…o será culpa de Zapatero, porque últimamente todo es culpa de él ¿no? Pues venga, que cargue también con lo mío.
Abrazos fuertes.
Me refiero a ciertas series de televisión que nos venden la imagen de los hospitales como centros de atención social o algo así, algo que no son ni tienen por qué ser, entre otras cosas porque aunque quisieran (que tampoco) no hay ni tiempo ni medios para ello.
¿Alguien se ha encontrado alguna vez con un médico que te recoge de Urgencias y te lleva a tomar café y si es preciso a su casa para continuar con una amistad (o lo que surja)?
Yo no, y además me parece muy bien, porque normalmente la gente no va al Servicio de Urgencias a hacer amigos, que para eso ya hay otros sitios.
Ese trato paternalista, esa preocupación por los problemas delos pacientes, que en Urgencias vas a ver como mucho unas horas para dejar paso a otros pacientes con otros problemas, porque todo el mundo tiene su historia detrás, es a lo que me refiero que no se ajusta para nada a la realidad. Comprendo que se llaman “series de ficción”, y que para aburrirse ya está la vida real, pero bueno, que se pueden hacer las cosas ajustándose un “pelín” más a lo que nos rodea, porque cuando uno llega a Urgencias, se encuentra con otro trato, que no critico, porque no pueden hacer otra cosa.
En Urgencias, se ven a veces catarros de quince días, que tienen tanto de Urgencia como yo de cura (nada de nada)y claro, el personal que está allí, sometidos a un estrés y a unas prisas que durante ocho horas alteran al más plantado, a lo mejor no acompañan al del catarro a tomar café, a lo mejor le mandan a tomar vientos, que es distinto.
Pero ya digo que esto es un comentario, no una crítica, porque si viendo estas series se entretiene uno un ratito, pues mira, eso que te quitas de pensar en la crisis. Siempre he creído que hay momentos para todo, y que a veces tiene uno la cabeza que no puede ni pensar en ponerse a leer un libro que te haga sumergirte en grandes profundidades de pensamientos porque ni con traje de buzo llegas, y si en esos momentos enciendes la tele y te echas unas risas o unas lágrimas, cada uno lo que prefiera, y te evades un poco de la cruda realidad, me parece estupendo, ya habrá momentos para leer un clásico, que esos siempre van a estar ahí.
Siempre cuento la misma historia, es verdad, pero anda que no me han sacado a mí de apuros “Mortadelo y Filemón”, anda que no me he ido yo a la cama a veces con la cabeza como un tambor de granaderos de problemas, y al ponerme a leer un libro me daba cuenta de que llevaba tres páginas y no me había enterado de nada, así que cogía un “Mortadelo” (que ahora se llaman cómics) y no tenía que pensar mucho para entender sus historietas. ¿Y qué? “El Quijote” no va a irse de mi mesilla, ya vendrán momentos mejores.
Volviendo a las series de médicos y hospitales, lo del trato paternalista no, pero lo del doctor House tampoco, caramba, que hay médicos desagradables de narices (también pacientes, no nos olvidemos) pero tan bordes, tan bordes no sé si tendrían mucho futuro hoy día en que la gente enseguida pide la hoja de reclamaciones y les recuerda que su sueldo sale del bolsillo de todos los españoles (los de la sanidad pública, los de la privada no, pero es que los de la privada no son bordes en su consulta privada aunque lo sean en el hospital).
En fin, debe ser que por cambiar de tema yo prefiero series en las que no se hable de enfermedades, de reanimación cardiopulmonar, troponina, adrenalina y analíticas de sangre, prefiero variar un poco, aunque francamente, a veces no sabe uno ni qué ver porque cuantos más canales hay a nuestra disposición, peor es la oferta.
Hala, pues ya está dicho, mañana o pasado charlamos de otra cosa o cuento cómo voy con mi novela, que ando más liada que la pata de un romano y casi no saco tiempo para escribir dos líneas seguidas. Será el trabajo, la casa, los hijos…o será culpa de Zapatero, porque últimamente todo es culpa de él ¿no? Pues venga, que cargue también con lo mío.
Abrazos fuertes.
lunes, 9 de febrero de 2009
La realidad supera la ficción
Ando metida en una novela que trata el tema de la violencia de género porque es algo que llama tanto mi atención y me sugiere tantas preguntas, que al final, como nos suele ocurrir a los que se nos va la fuerza en forma de letras, ha salido una historia.
Es una historia especial, contada de un modo diferente, al menos esa es mi intención, pero a veces me pregunto si estaré dándole suficiente realismo a los personajes, si no traspasaré esa barrera que hay entre lo que resulta creíble y lo que “chirría” al ser poco acertado.
No entiendo lo que puede pasar por la cabeza de una persona para dedicarse a pegar a otra que es o fue su pareja, no sé qué satisfacción le puede aportar anular a alguien porque sí, y sobre todo, me pregunto por qué sigue pasando.
Con la intención de hacer un personaje capaz de cometer ese acto que no comprendo de ningún modo, he creado un ser al que he cargado de cobardía, miseria e insatisfacción, y me ha quedado tan desagradable, que a mí misma me produce rechazo.
Me está costando escribir esta novela como no me ha pasado con ninguna otra porque llega un momento en el que uno no puede desligarse del todo de los personajes que crea y mientras se está en ese proceso de escribir, leer, releer y reescribir, se les tiene en la mente de continuo, se piensa en ellos, se duerme con ellos, se despierta con ellos… y es tan poco gratificante tener en la mente un personaje así, que procuro centrarme más en otros que también aparecen en el texto.
Algunas veces he tenido la sensación de haberme pasado, de haber escrito un ser demasiado negro, demasiado negativo, de pensar que no puede haber gente tan destructiva, pero el otro día no tuve más remedio que cambiar de opinión.
Haciendo zapping encontré un programa (no sé en qué cadena ni cómo se llamaba),en el que se iba siguiendo paso a paso la evolución de una mujer que había sido agredida por su ex marido y la verdad es que, me enganchó. Era realidad, no ficción, y aunque no voy a contar aquí todo el proceso porque no viene al caso, cuando terminó el programa, llegué a la conclusión de que me he quedado corta, de que el personaje de mi novela es un bendito, un alma de cántaro, un pobre hombre al lado de lo que hay a nuestro alrededor, en la calle, conviviendo con nosotros como si fuesen personas normales, y que en absoluto lo son.
Tengo que reformar mi personaje, tengo que dotarle de más miseria todavía, de maldad, de ganas de hacer daño por el simple hecho de hacerlo, para que así resulte más creíble porque tiene que ser eso lo que hay en la mente de un maltratador, pero además en dosis muy altas.
Hablando (escribiendo) de hospitales y todo eso, mañana nos reímos un rato escribiendo sobre el parecido entre hospitales reales y de ficción.
Nos vemos (nos leemos, más bien)
Es una historia especial, contada de un modo diferente, al menos esa es mi intención, pero a veces me pregunto si estaré dándole suficiente realismo a los personajes, si no traspasaré esa barrera que hay entre lo que resulta creíble y lo que “chirría” al ser poco acertado.
No entiendo lo que puede pasar por la cabeza de una persona para dedicarse a pegar a otra que es o fue su pareja, no sé qué satisfacción le puede aportar anular a alguien porque sí, y sobre todo, me pregunto por qué sigue pasando.
Con la intención de hacer un personaje capaz de cometer ese acto que no comprendo de ningún modo, he creado un ser al que he cargado de cobardía, miseria e insatisfacción, y me ha quedado tan desagradable, que a mí misma me produce rechazo.
Me está costando escribir esta novela como no me ha pasado con ninguna otra porque llega un momento en el que uno no puede desligarse del todo de los personajes que crea y mientras se está en ese proceso de escribir, leer, releer y reescribir, se les tiene en la mente de continuo, se piensa en ellos, se duerme con ellos, se despierta con ellos… y es tan poco gratificante tener en la mente un personaje así, que procuro centrarme más en otros que también aparecen en el texto.
Algunas veces he tenido la sensación de haberme pasado, de haber escrito un ser demasiado negro, demasiado negativo, de pensar que no puede haber gente tan destructiva, pero el otro día no tuve más remedio que cambiar de opinión.
Haciendo zapping encontré un programa (no sé en qué cadena ni cómo se llamaba),en el que se iba siguiendo paso a paso la evolución de una mujer que había sido agredida por su ex marido y la verdad es que, me enganchó. Era realidad, no ficción, y aunque no voy a contar aquí todo el proceso porque no viene al caso, cuando terminó el programa, llegué a la conclusión de que me he quedado corta, de que el personaje de mi novela es un bendito, un alma de cántaro, un pobre hombre al lado de lo que hay a nuestro alrededor, en la calle, conviviendo con nosotros como si fuesen personas normales, y que en absoluto lo son.
Tengo que reformar mi personaje, tengo que dotarle de más miseria todavía, de maldad, de ganas de hacer daño por el simple hecho de hacerlo, para que así resulte más creíble porque tiene que ser eso lo que hay en la mente de un maltratador, pero además en dosis muy altas.
Hablando (escribiendo) de hospitales y todo eso, mañana nos reímos un rato escribiendo sobre el parecido entre hospitales reales y de ficción.
Nos vemos (nos leemos, más bien)
jueves, 5 de febrero de 2009
Lo prometido es deuda
Para Sole
¿Quién quiere un cuento bonito?
Me lo encontré hace un ratito
en un frasco de cristal.
Estaba aquí, en la cocina
metido en una vitrina
donde lo puso mamá.
Está llenito de letras
que se mueven pizpiretas
y no paran de saltar.
Quieren salir todas fuera
y al quitar la tapadera
han empezado a volar.
Están tan descolocadas
que parecen alocadas,
como si fuesen a hablar.
Y no es que yo me equivoque,
por arte de birlibirloque
va cada una a un lugar.
¡Caramba lo que ha ocurrido!
Las letras se han convertido
en historias que contar.
Mi casa se llena de cuentos
como locos de contentos
por conseguir escapar.
Observo desde la puerta:
Con un frasquito de letras
¡lo que se puede lograr!
Abriré bien la ventana
que sean libres mañana
y nadie los vuelva a encerrar.
A ver ahora qué pasa
por quedarme solo en casa,
verás cuando llegue mamá…
¿Quién quiere un cuento bonito?
Me lo encontré hace un ratito
en un frasco de cristal.
Estaba aquí, en la cocina
metido en una vitrina
donde lo puso mamá.
Está llenito de letras
que se mueven pizpiretas
y no paran de saltar.
Quieren salir todas fuera
y al quitar la tapadera
han empezado a volar.
Están tan descolocadas
que parecen alocadas,
como si fuesen a hablar.
Y no es que yo me equivoque,
por arte de birlibirloque
va cada una a un lugar.
¡Caramba lo que ha ocurrido!
Las letras se han convertido
en historias que contar.
Mi casa se llena de cuentos
como locos de contentos
por conseguir escapar.
Observo desde la puerta:
Con un frasquito de letras
¡lo que se puede lograr!
Abriré bien la ventana
que sean libres mañana
y nadie los vuelva a encerrar.
A ver ahora qué pasa
por quedarme solo en casa,
verás cuando llegue mamá…
miércoles, 4 de febrero de 2009
Hoy va de hombres
Ya dije que no iba a hablar todos los días de libros, porque este blog se titula “Como la vida misma” y en la vida hay muchas más cosas que libros.
Hoy hablamos de hombres.
Yo estoy casada y tengo cuatro hijos, todos chicos (incluido mi marido), y esto, para una fan del orden y la limpieza, y obsérvese que he dicho “fan” y no “maniática” u “obsesa” como me llaman ellos, es muy grave.
Hablo siempre en general, porque ya sabemos que hay de todo en esta vida, pero, como digo, en general, los hombres tienen conceptos de casi todo completamente diferentes a los nuestros.
Yo soy incapaz de ponerme a escribir si no tengo mi mesa ordenada, limpia, con cada cosa en su sitio. Ojo, no es que tenga que cuadrar la esquina del ordenador exactamente con el ángulo de la mesa en la perpendicular del rayo que entra por la ventana, que no es eso, es un orden normal, una cosa razonable.
Mis hijos no. Mis hijos amontonan sobre su mesa papeles, y más papeles, apuntes de esto y de aquello, notas de cosas pendientes (que a lo mejor son de hace dos años, vaya usted a saber), y cuando pongo el grito en el cielo y aparezco en las habitaciones respectivas armada de bayeta y un “limpiatodo” de esos, se llevan las manos a la cabeza como si hubiesen visto al mismísimo Bin Laden con un arsenal de armas de destrucción masiva.
“Es mi habitación, a mí me gusta así, si no te gusta, no entres” Y lo que es peor, me aseguran que lo tienen todo “ordenado”.
Mentira cochina, porque yo a eso no lo llamo orden, lo llamo cosas que no puedo poner aquí.
Pero ya me he ido dando cuenta de que no es culpa de que yo les haya enseñado mal (esa eterna manía de las madres de echarnos la culpa de todo), que no, que no, que es que su concepto del orden es distinto del mío, y eso tiene mal arreglo, la verdad.
Otro concepto en el que no coincidimos es en el de “machismo/feminismo”.
Para ellos, una mujer que pretende repartir las tareas, que defiende sus derechos, que se rebela ante la desigualdad que hay ( no en otro planeta, no, en nuestras casas), es una feminista exacerbada, y para nosotras es una mujer que pide justicia, ni más, ni menos.
Mi marido, al que para preservar su intimidad, llamaré Paco (pero que se llama Jesús), se ha quedado ayer helado cuando le he llamado “,machista”, sólo porque se va a jugar su partidita mientras yo me quedo en casa haciendo la comida del día siguiente , preguntando lecciones o poniendo termómetros.
Otra falta de coincidencia en los conceptos, va a ser eso.
Lo curioso de todo esto (y que no salga de aquí), es que luego llega “El Duque”, y así, según es de matón, con esa barba de dos días (que se la veo a mi Paco y sale tarifando), con esa manía de “narcotraficar” que tiene, con ese aire de chulo que no puede con él, va y me gusta.
Ya sé que no concuerda, que podría ser mi hijo ( pero que no lo es, detalle importante), que es una serie de televisión ( mala de narices, por cierto), que quedaría mucho mejor diciendo que veo los debates de Economía, pero oye, un defectillo lo tiene cualquiera…y nadie me va a discutir que el chico asesina de maravilla ¿o no?
Ahí queda eso.
Mañana regalo un cuento.
Hoy hablamos de hombres.
Yo estoy casada y tengo cuatro hijos, todos chicos (incluido mi marido), y esto, para una fan del orden y la limpieza, y obsérvese que he dicho “fan” y no “maniática” u “obsesa” como me llaman ellos, es muy grave.
Hablo siempre en general, porque ya sabemos que hay de todo en esta vida, pero, como digo, en general, los hombres tienen conceptos de casi todo completamente diferentes a los nuestros.
Yo soy incapaz de ponerme a escribir si no tengo mi mesa ordenada, limpia, con cada cosa en su sitio. Ojo, no es que tenga que cuadrar la esquina del ordenador exactamente con el ángulo de la mesa en la perpendicular del rayo que entra por la ventana, que no es eso, es un orden normal, una cosa razonable.
Mis hijos no. Mis hijos amontonan sobre su mesa papeles, y más papeles, apuntes de esto y de aquello, notas de cosas pendientes (que a lo mejor son de hace dos años, vaya usted a saber), y cuando pongo el grito en el cielo y aparezco en las habitaciones respectivas armada de bayeta y un “limpiatodo” de esos, se llevan las manos a la cabeza como si hubiesen visto al mismísimo Bin Laden con un arsenal de armas de destrucción masiva.
“Es mi habitación, a mí me gusta así, si no te gusta, no entres” Y lo que es peor, me aseguran que lo tienen todo “ordenado”.
Mentira cochina, porque yo a eso no lo llamo orden, lo llamo cosas que no puedo poner aquí.
Pero ya me he ido dando cuenta de que no es culpa de que yo les haya enseñado mal (esa eterna manía de las madres de echarnos la culpa de todo), que no, que no, que es que su concepto del orden es distinto del mío, y eso tiene mal arreglo, la verdad.
Otro concepto en el que no coincidimos es en el de “machismo/feminismo”.
Para ellos, una mujer que pretende repartir las tareas, que defiende sus derechos, que se rebela ante la desigualdad que hay ( no en otro planeta, no, en nuestras casas), es una feminista exacerbada, y para nosotras es una mujer que pide justicia, ni más, ni menos.
Mi marido, al que para preservar su intimidad, llamaré Paco (pero que se llama Jesús), se ha quedado ayer helado cuando le he llamado “,machista”, sólo porque se va a jugar su partidita mientras yo me quedo en casa haciendo la comida del día siguiente , preguntando lecciones o poniendo termómetros.
Otra falta de coincidencia en los conceptos, va a ser eso.
Lo curioso de todo esto (y que no salga de aquí), es que luego llega “El Duque”, y así, según es de matón, con esa barba de dos días (que se la veo a mi Paco y sale tarifando), con esa manía de “narcotraficar” que tiene, con ese aire de chulo que no puede con él, va y me gusta.
Ya sé que no concuerda, que podría ser mi hijo ( pero que no lo es, detalle importante), que es una serie de televisión ( mala de narices, por cierto), que quedaría mucho mejor diciendo que veo los debates de Economía, pero oye, un defectillo lo tiene cualquiera…y nadie me va a discutir que el chico asesina de maravilla ¿o no?
Ahí queda eso.
Mañana regalo un cuento.
martes, 3 de febrero de 2009
Hablemos de libros
No es que vaya a ser "monotema" y a estar todos los días hablando de libros solamente, pero es que acabo de leer uno que me gustaría comentar y recomendar. Se titula "Escritores y editoriales, modo de empleo", de la editorial Hipálage, escrito por José Miguel Desuárez, el editor de mi libro "Cantando los cuarenta".
Más que leerlo, lo he devorado, se lo comentaba a él, como si de una novela de misterio se tratase, porque está escrito por alguien que es editor y autor a la vez, y nos ofrece la perspectiva que puede contemplarse desde esos dos puntos de vista. Algunos capítulos hablan de los concursos literarios, de cómo presentarse o cómo no a una editorial, de los talleres literarios... en fin, de muchos temas que nos resultan tan cercanos a los que nos movemos en este laberinto de contar cosas. Nos cuenta con toda la sinceridad del mundo cómo está el panorama editorial (tengo que decir que este capítulo me deprimió mucho), y también aporta consejos muy valiosos a la hora de escribir.
Se lee del tirón porque José Miguel no se anda por las ramas, dice las cosas con una claridad que no deja lugar a dudas, y de verdad que aporta muchas verdades que aunque son sobradamente conocidas, necesitamos que nos las recuerden de vez en cuando.
Cuando lo terminé, me dije a mí misma: "Bueno, y entonces ¿qué pintas tú aquí tratando de componer una historia tras otra, dando forma a mil ideas, llenando de ilusión cada uno de tus días creyendo que lo que haces tiene un sentido?"
Todos los errores que se citan en el libro, y que suelen cometer los escritores, los cometo yo, todas las alusiones que hace a la impaciencia a la hora de presentar un escrito o de ilusionarse con un concurso, todo eso lo hago yo, a veces me dio la sensación de que Jose Miguel lo escribía pensando en mí, pero en honor a la verdad, tengo que decir que también me identifiqué con muchas cosas positivas que comenta: la necesidad de escribir, el hacerlo por puro gusto, el superar mil trabas para encontrar ese ratito de calma al final del día en el que poder sentarse delante del ordenador y disfrutar de la emoción de ver una idea hecha palabras.
Pienso que es a esto a lo que tengo que agarrarme para seguir flotando en este mar en el que me siento como una cascarita de nuez dando tumbos entre las olas. Es esto lo que quiero pensar, tener las ideas muy claras, no olvidar nada de lo que dice José Miguel en su estupendo libro, saber que nadie dijo que esto fuese fácil, pero mantener viva la ilusión de escribir, de hacerlo cada día una pizquita mejor, de aprender, de seguir intentando repartir mi día prestando atención a todo lo que pueda y arañar ese minuto para mí y mis historias.
Tengo que hacerlo por una sencilla razón, porque si no escribo me falta algo, me da un yuyu, me pongo impertinente y nerviosa, no me aguanto ni yo, y eso no puede ser bueno para la salud.
(Aunque a veces sea super complicado hacerlo, aunque ahora estén mis hijos pequeños revoloteando por aquí y hablando conmigo como si nada, aunque me lleven la atención mil veces y tenga que releer lo que he puesto).
No es que quiera seguir escribiendo, es que tengo que hacerlo, y como sé que hay "cienes y cienes" de escritores a los que les pasa como a mí, pues nada, a darnos ánimos y a seguir adelante.
Besos, abrazos y apechugones
Más que leerlo, lo he devorado, se lo comentaba a él, como si de una novela de misterio se tratase, porque está escrito por alguien que es editor y autor a la vez, y nos ofrece la perspectiva que puede contemplarse desde esos dos puntos de vista. Algunos capítulos hablan de los concursos literarios, de cómo presentarse o cómo no a una editorial, de los talleres literarios... en fin, de muchos temas que nos resultan tan cercanos a los que nos movemos en este laberinto de contar cosas. Nos cuenta con toda la sinceridad del mundo cómo está el panorama editorial (tengo que decir que este capítulo me deprimió mucho), y también aporta consejos muy valiosos a la hora de escribir.
Se lee del tirón porque José Miguel no se anda por las ramas, dice las cosas con una claridad que no deja lugar a dudas, y de verdad que aporta muchas verdades que aunque son sobradamente conocidas, necesitamos que nos las recuerden de vez en cuando.
Cuando lo terminé, me dije a mí misma: "Bueno, y entonces ¿qué pintas tú aquí tratando de componer una historia tras otra, dando forma a mil ideas, llenando de ilusión cada uno de tus días creyendo que lo que haces tiene un sentido?"
Todos los errores que se citan en el libro, y que suelen cometer los escritores, los cometo yo, todas las alusiones que hace a la impaciencia a la hora de presentar un escrito o de ilusionarse con un concurso, todo eso lo hago yo, a veces me dio la sensación de que Jose Miguel lo escribía pensando en mí, pero en honor a la verdad, tengo que decir que también me identifiqué con muchas cosas positivas que comenta: la necesidad de escribir, el hacerlo por puro gusto, el superar mil trabas para encontrar ese ratito de calma al final del día en el que poder sentarse delante del ordenador y disfrutar de la emoción de ver una idea hecha palabras.
Pienso que es a esto a lo que tengo que agarrarme para seguir flotando en este mar en el que me siento como una cascarita de nuez dando tumbos entre las olas. Es esto lo que quiero pensar, tener las ideas muy claras, no olvidar nada de lo que dice José Miguel en su estupendo libro, saber que nadie dijo que esto fuese fácil, pero mantener viva la ilusión de escribir, de hacerlo cada día una pizquita mejor, de aprender, de seguir intentando repartir mi día prestando atención a todo lo que pueda y arañar ese minuto para mí y mis historias.
Tengo que hacerlo por una sencilla razón, porque si no escribo me falta algo, me da un yuyu, me pongo impertinente y nerviosa, no me aguanto ni yo, y eso no puede ser bueno para la salud.
(Aunque a veces sea super complicado hacerlo, aunque ahora estén mis hijos pequeños revoloteando por aquí y hablando conmigo como si nada, aunque me lleven la atención mil veces y tenga que releer lo que he puesto).
No es que quiera seguir escribiendo, es que tengo que hacerlo, y como sé que hay "cienes y cienes" de escritores a los que les pasa como a mí, pues nada, a darnos ánimos y a seguir adelante.
Besos, abrazos y apechugones
domingo, 1 de febrero de 2009
Hola a tod@s:
Pues eso, que hola a todo el mundo que visite este sitio que acabo de estrenar, y que junto con la página web, me "llena de alegría y satisfacción" porque parece que hoy día, si no tiene uno algo de esto es como que no está en el mundo, como que anda por ahí, haciendo cosas pero sin tener comunicación con nadie, como si estuvieses trabajando para nada, porque nadie se va a enterar si no lo cuelgas en la red.
Parece increíble que nos hayamos criado sin Internet, sin teléfono móvil y sin mando a distancia. Yo, que no me considero vieja, tengo cuarenta y seis años, he crecido sin ordenador, con los dos canales de televisión, de los que en mi casa sólo se veía uno, (¿para qué íbamos a querer el mando?) y sin teléfono, ni móvil, ni fijo hasta que tuve quince años. Y no era el ser extraño que sin duda mis hijos creen que fui, no serñor, era una persona normal y corriente porque el noventay nueve por ciento de la gente era igual y vivía en las mismas condiciones e incluso mucho peores, porque lo que no se conoce, no se puede echar de menos, y yo crecí la mar de feliz sin todos estos avances que tenemos hoy y de los que seguramente mis nietos o bisnietos se reirán dentro de algunas décadas. Ya me los imagino comentando entre risas " ¿Sabes que la abuela escribía en una especie de aparato que llamaban ordenador y que se ponía encima de la mesa y era enorme?" "¡Lo flipo" (o como se diga en esa época) "Y creo que tenían unos aparatos de televisión en los que sólo tenían treinta canales y los tenían que poner con un mando a distancia que estaba lleno de botones"
Con lo contenta que estoy con mi portátil, yo que escribí mis primeras historias en una Olivetti de mi padre que guardo como reliquia cariñosa aunque no dejo de reconocer que me machacó los dedos, desde luego.
En fin, que como no queda más remedio que acoplarse a los tiempos que tocan, aquí está mi modesto blog (lo he hecho yo solita, sin ayuda de nadie, y eso se nota, lo sé, prometo mejoras), y mi página web, mucho más estilosa, porque la ha hecho mi hijo, yo sólo le he dado el material, la parte técnica a corrido a cuenta suya, y así ha quedado, a mí por lo menos, me gusta, espero que a vosotros y vosotras, también.
Bueno, hoy ha sido la presentación, mañana ya escribo otro poco sobre lo que tengo entre manos. Un saludo a todo el que me quiera leer.
Admito sugerencias (pero no críticas si no son constructivas).
Besos, abrazos y apechugones a todo el mundo.
Parece increíble que nos hayamos criado sin Internet, sin teléfono móvil y sin mando a distancia. Yo, que no me considero vieja, tengo cuarenta y seis años, he crecido sin ordenador, con los dos canales de televisión, de los que en mi casa sólo se veía uno, (¿para qué íbamos a querer el mando?) y sin teléfono, ni móvil, ni fijo hasta que tuve quince años. Y no era el ser extraño que sin duda mis hijos creen que fui, no serñor, era una persona normal y corriente porque el noventay nueve por ciento de la gente era igual y vivía en las mismas condiciones e incluso mucho peores, porque lo que no se conoce, no se puede echar de menos, y yo crecí la mar de feliz sin todos estos avances que tenemos hoy y de los que seguramente mis nietos o bisnietos se reirán dentro de algunas décadas. Ya me los imagino comentando entre risas " ¿Sabes que la abuela escribía en una especie de aparato que llamaban ordenador y que se ponía encima de la mesa y era enorme?" "¡Lo flipo" (o como se diga en esa época) "Y creo que tenían unos aparatos de televisión en los que sólo tenían treinta canales y los tenían que poner con un mando a distancia que estaba lleno de botones"
Con lo contenta que estoy con mi portátil, yo que escribí mis primeras historias en una Olivetti de mi padre que guardo como reliquia cariñosa aunque no dejo de reconocer que me machacó los dedos, desde luego.
En fin, que como no queda más remedio que acoplarse a los tiempos que tocan, aquí está mi modesto blog (lo he hecho yo solita, sin ayuda de nadie, y eso se nota, lo sé, prometo mejoras), y mi página web, mucho más estilosa, porque la ha hecho mi hijo, yo sólo le he dado el material, la parte técnica a corrido a cuenta suya, y así ha quedado, a mí por lo menos, me gusta, espero que a vosotros y vosotras, también.
Bueno, hoy ha sido la presentación, mañana ya escribo otro poco sobre lo que tengo entre manos. Un saludo a todo el que me quiera leer.
Admito sugerencias (pero no críticas si no son constructivas).
Besos, abrazos y apechugones a todo el mundo.
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