sábado, 26 de junio de 2010

DE REGRESO

Bueno, pues ya estamos de vuelta. Ya pasó todo, ya fue la presentación de "Los cuentos de Mingabe" y ya tenemos el libro en nuestras manos.
 Ha quedado precioso, como el día que compartimos una parte de las personas que colaboramos en este libro que tiene voz propia.

En la imagen, aparecemos de izquierda a derecha:
-Mar Santos: autora.
-Silvia Bautista: ilustradora.
-Cecilia Peñacoba: autora.
-Manuela Vellés: voz de uno de los relatos.
-Marta Rivera: autora.
-Anne Igartiburu: voz de una de los relatos.
-Yo misma: autora.
-Patricia Urrutia: voz de uno de los relatos.
-Lucía Serrano: ilustradora.
-Noemí Villamuza: ilustradora.
-Laura de la Calle: presentadora del acto.
Faltaban muchas más personas que no pudieron asistir, pero podeis ver su trabajo y el de todas nosotras en el libro que puede descargarse gratuitamente en la página: http://www.fibro.es/  , donde  los cuentos se pueden ver, leer, escuchar o descargar, si os apetece tenerlos en vuestro ordenador.
Ha quedado un trabajo tan bonito que os aseguro que no os va a defraudar, tenéis que verlo, pasaros  por la página que os he puesto antriormente para que comprobéis lo bien que ha quedado.
Además, da mucha tranquilidad publicar algo con la única intención de que llegue a la gente para ayudar, para poner voz al silencio, para que las personas que padecen fibromialgian puedan salir de su penumbra y sentirse un poco mejor, y las que no la padecen, puedan conocerla y conocer también nuestra pequeña aportación.
Los libros se pueden vender en determinadas librerías que se indican en la página, pero el mayor afán no es vender muchos ejemplares (que si además pasa, mucho mejor), lo más importante es que se lea mucho, que suene, que llegue.
Me encantaría que viéseis "Los cuentos de Mingabe", os animo a escucharlos, porque no sólo vais a oír o leer historias, vais a poder escuhar y leer el cariño que todas las personas partícipes hemos volcado en este libro.
De verdad, espero que os guste.

miércoles, 23 de junio de 2010

LA VIDA MISMA

   Este blog se llama "como la vida misma", y hoy es de verdad eso, la vida misma, la que llega, la que nos sigue dejando con la boca abierta de emoción, de alegría, de ternura ante ese milagro que no por conocido deja de ser maravilloso.
    Mi sobrino Aarón ha llegado el día 21, con el verano recién estrenado, con la mirada azul, con el pelito rubio y con todo un camino por delante para llenarlo de ilusiones y alegrías. 
¿No es precioso?
Yo sé que lo mío no tiene cura, que por años que pasen, por niños que vea, por veces que les coja en brazos y me quede con ganas de abrazarles muy fuerte... nunca se me pasará la emoción que me provocan, la ternura que me inspiran y la admiración que siento ante la perfección de esos nueve meses en los que se va fraguando la nueva personita que todos esperamos.
   Bienvenido a la vida, tesoro.

  Curiosamente, hace más o menos nueve meses, cuando mi hermano y mi cuñada nos comunicaron que estaban esperando un bebé, yo recibí un correo en mi ordenador en el que me decían: "¿Me regalas un cuento?"
Provenía de la Asociación Vasca para la divulgación de la Fibromialgia. Y ahí dio comienzo un "proyecto loco" en el que estoy orgullosísima de haber participado, porque he formado parte de un  grupo de escritoras, ilustradoras, narradoras, actrices, deportistas, cantantes y sobre todo, gente solidaria, que ha logrado crear  un libro en el que se reúnen seis cuentos y un cómic para tratar de que la fibromialgia tenga voz, que abandone el silencio, y que, sin victimismos de ningún tipo, llegue a donde tiene que llegar: al corazón de las personas.
"Los cuentos de Mingabe" se presenta mañana, día 24, en Madrid, en la librería Panta Rhei, a las 19 horas y estaremos allí todos los que podamos para apoyar lo que ha dejado de ser un proyecto para ser una realidad que ve la luz después de esos nueve meses de espera.
   A mí me parce una casualidad preciosa que este libro y mi sobrinito hayan tardado el mismo tiempo en gestarse (con diferentes resultados, por supuesto), que sus comienzos fuesen a la vez y su llegada al mundo haya ido de la mano.
   Estoy segura de que eso significa que los dos tienen por delante un camino de éxito, y yo estoy orgullosa de tener alguna relación con ambas creaciones, porque al fin y al cabo, tanto la vida como la escritura, no son otra cosa que crear.

jueves, 17 de junio de 2010

LA EDUCACIÓN DE LOS PADRES

     Hoy me toca reflexionar sobre un tema que con frecuencia tratamos en casa (es lo que tiene contar con educadores de profesión en la familia), y que es la importancia de los padres en la educación de los hijos.
     La teoría nos la sabemos todos: "los padres son muy importantes", eso lo tenemos claro, pero como la vida actual impone unritmo frenético, nos apresuramos a depositarlos amablemente en los colegios para que allí se encarguen de enseñarles todo, y cuando digo "todo" es porque sigue habiendo padres que creen que es en el colegio donde se tienen que encargar de toda la educación de los hijos.
    Escribe Leopoldo Abadía en el Confidencial Digital un artículo que es el que ha inspirado esta pequeña reflexión y que recomiendo que leais porque me parece muy bueno. Hace referencia a que la responsabilidad de los padres en la educación es del 97% tanto si sale bien como si sale mal.
   Estoy de acuerdo con él.
   Nos afanamos, bueno, no voy a incluirme porque sería injusto ya que nunca lo he hecho, diré mejor que hay padres que se afanan en tener el tiempo de sus hijos tan ocupado como el suyo llevándoles a clases de todo lo imaginable, sin darse cuenta de que tal vez serían un poco más felices ( padres e hijos) si compartiesen más tiempo juntos, si participasen más de sus estudios, de sus exámenes, de sus preocupaciones.
    Hay veces ( casos verídicos) en que los niños van al cole a las siete y media (programa madrugadores) con tres años, pasan la mañana en clase, se quedan al comedor, van a las actividades extraescolares y les recogen los papás hechos fosfatina a las seis o siete de la tarde para llevarles a casa, darles la cena y acostarles. Se pasan los días y las semanas y no están con los niños.
   Yo sé que hay que trabajar, que no podemos permitirnos el lujo de arrinconar todo para dedicarnos en exclusiva a los hijos porque en ese caso no podríamos ni darles de comer, pero tal vez haya un término medio, un punto en el que nos demos cuenta de que ser padres no es la emoción del embarazo y las gracias de sus primeros balbuceos. Ser padres es también estar a su lado, calzar sus zapatos y vivir sus problemas desde su punto de vista, acompañarles en su crecimiento y tener toda la paciencia del mundo porque los resultados se van viendo día a dia y merece la pena.
   Claro que de padres estupendos salen a veces hijos sinvergüenzas y al contrario, pero no es lo más frecuente.
   Dice Leopoldo Abadía que le suelen preguntar en sus conferencias por "qué clase de mundo les vamos a dejar a nuestros hijos", pero que habría que preguntarse "qué clase de hijos le vamos a dejar a nuestro mundo", y tiene mucha razón.
      Es cierto que vivimos años desconcertantes, inseguros y poco proclives a la paternidad, pero una vez tomada la decisión de ser padres hay que asumirla en toda su medida y pensar que tenemos que dedicarles tiempo para tener hijos normales, no hijos perfectos, sino seres normales con los que compartir nuestra vida (alegrías, disgustos, enfados... la vida al fin y al cabo).
      Yo me admiro de los padres que se las dan de modernos y presumen de que su bebé recién nacido duerme en su propio cuarto, o le aplican tal o cual método para que duerma solo, determinadas disciplinas para que coma o se vista o haga esto o aquello antes que nadie, para que no llore o no tenga "mimos", para que no tenga miedo, para que no esté "enmadrado".
   ¡¡Eh!!  Que son niños, que son nuestros hijos, que tienen que tener mimos y miedos y temores y angustias y risas y llantos... y en esos momentos, los padres tienen que estar a su lado y hacer que no se sientan solos, que sepan que son queridos y lo más importante en nuestra vida.
    Todos hemos cometido mil errores en la educación, a eso sí que me apunto la primera porque con el paso de los años veo que hubo muchas cosas que hice mal, pero como eso no puedo cambiarlo ya, quiero ser positiva y pensar que también hubo cosas que hice bien y fomentarlas ahora con mis hijos más pequeños.
    No podemos dejar la educación en manos de los profesores, porque no es responsabilidad de ellos, porque no pueden ni tienen por qué hacerlo. Ellos pueden enseñarles las técnicas adecuadas para la lectoescritura, las ecuaciones de tercer grado o los verbos irregulares; pueden darles conocimientos que nosotros no tenemos o que no sabemos cómo dárselos, pero hay muchas cosas que no vienen en los libros y que se aprenden en las casas, siendo responsabilidad de los padres enseñárselas a medida que van creciendo.
   Estoy segura de que se volverán a recuperar valores perdidos. No digo que llegue aquello de tratar a los padres de usted o de que el profesor pegue con la regla en las manos, claro que no, pero sí tendrá que darse su lugar a los profesores y a los padres, ocupando cada uno el suyo y siendo respetados ambos siempre que eso lo vean nuestros hijos en casa.
    En mi modestísima opinión, se puede trabajar y tener hijos, pero dedicándoles más tiempo, no dejando que lleguen a casa y nunca haya nadie, no permitiendo que el ordenador sea su compañero, que la televisión les guie o que la soledad levante un muro entre ellos y nosotros.
   Es cierto que no tendremos un chalet estupendo con un Mercedes aparcado a la puerta y una casa en la montaña, pero tendremos hijos a los que habremos criado (¡qué bonita palabra!) rodeados de lo mejor: nuestro cariño, que suena muy cursi, pero es real.
  
    


jueves, 10 de junio de 2010

HOY, UN RELATO


Hoy, en León, hace un día lluvioso, gris, y más propio de meses otoñales que del verano que está tan cercano y que nos había engañado días atrás. Es un día como el que se describe en este relato que hoy os ofrezco, y que como siempre, espero que os guste.
(Como me encanta variar de estilos, hoy no toca nada infantil, hoy es para grandes.)



LIBRE

El otoño siempre fue la época del año que más me gustó, una estación sin grandes pretensiones, que casi pasa desapercibida, como si en vez de tener identidad propia fuese una simple transición entre el pretencioso calor del verano y la intimidación del invierno; un tiempo que discurre sin sobresaltos, pero que encierra una intensa vida.

Siempre me llamó la atención el cambio que se produce en los tonos de los árboles cuando Septiembre enfila la recta final, la forma de amarillear que tienen los campos, y la alfombra de hojas que acompañaba mis pasos de regreso a casa, como poniendo toda su caducidad a mis pies, intuyendo, tal vez, que ese tapiz multicolor iba a ser añorado por mí un otoño tras otro, cuando privada de pisarlo, privada de todo, pudiese sentirme, al fin, libre para siempre.

Desde esta minúscula ventana que acompaña mis días, no puedo si no intuir el color arrebolado de los árboles que ni siquiera veo dónde están. Apenas vislumbro un trozo de cielo rayado de negro en la pequeña distancia que existe entre un barrote y otro. Si el azul es intenso imagino un día muy soleado, y si por el contrario, mi pedazo de cielo está grisáceo pienso que tengo suerte de asomarme a una ventana tan diminuta que ni una nube cabe en el espacio de cielo que enmarca, un celeste cuadro que adorna la pared de mi celda. Pero a pesar de todo, me siento libre.


Libre porque no vivo obsesionada con sentir sus pasos cerca de mi puerta, que retumbaban en mi cabeza aunque estuviese muy lejos; libre porque no me tortura su recuerdo, que me quemaba el alma como si cada día amaneciese todo el sol del mundo dentro de mi pecho; libre porque mi corazón por fin se ha quedado a vivir conmigo, donde debe estar, de donde nunca debió irse y que, sin embargo, desoía mi voz y corría a su lado, para dejar de pertenecerme, para ser sólo de él, como en realidad era cada poro de mi piel, cada brillo de mis ojos, cada brizna de oxígeno que llenaba mis pulmones, porque hasta sin aire me quedaba cada vez que se iba de mi lado, y se fue tantas veces...


No le quería, porque querer es poco para lo que yo sentía por él. Querer no es nada, yo no quería ni siquiera amar, porque me faltaba sitio con ese verbo, no me cabían en él todos mis sentimientos, ni la mitad de mis pasiones y ni una cuarta parte del terremoto que se despertaba en mis entrañas cuando, como un animal en celo, imaginaba su proximidad.


Como no se han inventado las palabras que puedan recoger tanta fuerza, sólo puedo recordarlo, pero sin ponerle nombre, porque no lo tiene. Simplemente, me convertí en otra persona, me transformé en él mismo, me volví parte de su cuerpo cuando él estaba conmigo, de tal manera que cuando se iba, yo seguía sintiéndome él, para que su ausencia no me dejase sin aliento, para que pudiera, al menos, sostener la vida mientras regresaba.


Nunca supe dónde iba, no hice preguntas, sabía que era ave libre, que no podía anidar demasiado tiempo en el mismo sitio, que necesitaba abrir sus alas y volar sin límites para sentirse vivo, sin importarle lo que arrastraba a su paso, sabiendo como sabía que sin cadenas, me tenía amarrada a su piel como si la sangre que corría por mis venas fuese únicamente la suya.


Viví sus besos egoístas ahogándome en su afán de consumirme, escuché los susurros de su voz grave en mis oídos hasta tal punto que no sé si oía lo que deseaba, o soñaba lo que me hubiera gustado oír.


No podía hacerme suya, porque suya era desde la primera mirada, desde el primer esbozo de sonrisa en sus labios, desde la primera caricia que abrasó mi piel de tanto fuego como encendió. Era tan suya que aún cuando estaba dentro de mí, yo seguía dentro de él.


De mí se dijo de todo: que estaba loca, que era una perdida, que había enfermado de tanto dolor, y hasta que había sido víctima de algún extraño sortilegio que sin duda me había privado de la voluntad.


Burdas mentiras que la gente maquinaba para disfrazar la envidia que sentían al verme vagar por las calles esperando que volviera. Sí, porque no podía inspirar nada más que envidia viéndome destilar deseo en cada uno de mis pasos, sed de tenerle de nuevo, de que los días no tuviesen tantas horas; rabia de que los minutos fuesen tan sumamente largos cuando él no estaba y sin embargo, se esfumasen entre mis dedos sin darme cuenta cuando respiraba cerca de mi cuello, y yo sentía que el mundo se detenía porque no podía haber en todo el universo nada tan importante que pudiese competir con el hecho de sentir su boca casi mía.


Casi mía, porque tan suya como yo lo era, él nunca lo fue de mí.


Lo sabía, lo supe siempre, en la pequeña molécula de mi ser a la que se redujo mi cordura tuvo que hacerse presente la obviedad de que yo no era la única mujer en su vida, pero aplasté aquella miserable idea que alguna vez osaba asomarse desde la otra persona que yo había sido, la destruí con la misma fuerza con la que él me estrechaba entre sus brazos, intenté asfixiarla con los murmullos de placer que salían de mi cuerpo cuando él, simplemente me nombraba, pero no murió nunca del todo, aún no mataba yo bien.


Tan presa me fui sintiendo de aquella pasión, que sólo tenía mente para pensar cuándo volvería, no dónde se encontraría cuando no estaba conmigo.


Se burlaban de mí por esperarle, para hacerme sufrir me decían que jamás regresaría, pero como yo no tenía corazón porque él se lo había llevado, no podía sufrir ni padecer, sólo aguardar.


Todas las veces que se fue supe que tarde o temprano volvería.


Aquellos días los árboles estaban ya perdiendo el rojo intenso de todos los “Octubres”, de nuevo las hojas mullían mis pasos y en vez de abrigar las ramas ante la llegada del invierno, sin piedad ninguna, las iban dejando cada vez más desnudas.


Le sentí, le pensé llegando aquella misma tarde y hasta el último rincón de aquel que no era ya mi cuerpo, se preparó para él convirtiéndose todo en una húmeda sonrisa.


Por la noche, que es cuando mejor se ama, sentí las hojas crujir bajo sus pies en torno a mi casa, como si necesitase marcar el territorio que de sobra sabía sólo suyo.


Creí que era mi propio cuerpo el que gemía de placer antes de tiempo, o que tal vez él me llamase de aquella novedosa manera, como los animales tratan de llamar la atención de sus hembras, y atraída por aquel sonido placentero que circundaba mi casa, bajé la escalera presa, como siempre, de todo cuanto de él viniera.


No sé qué sentido me avisó para que me detuviese a coger el cuchillo antes de salir, supongo que el instinto de supervivencia no emigró con el resto de mi ser cuando dejé de ser yo misma para ser sólo él, y sin que me diese ni cuenta siquiera, sujeté el cuchillo en alto mientras salía de mi casa en busca de aquella voz, de aquella risa, de aquel susurro que de no ser porque ya estaba segura que no procedía de mí, lo hubiese jurado de tan femenina como me sonaba.


No se inmutó al verme, ni siquiera al darse cuenta de que ajeno a mi voluntad, el cuchillo seguía como un macabro estandarte de mis sentimientos en lo alto de mi brazo, siguió moviéndose rítmicamente sobre la mujer que tenía casi aplastada contra el suelo, justo debajo del balcón de mi cuarto, en el que tantas veces antes me había hecho sentir a mí lo mismo que en aquellos momentos parecía estar sintiendo ella.


Clavó los ojos en mí, para asegurarse de que lo estaba viendo todo. Me atravesó con la mirada fija sin dejar de bailar su cuerpo en ella. Y yo mirando.


Ella me estaba robando, y a mí no me gusta que me roben, no porque le considerase mío, sino porque nadie podía ni siquiera pensar en sentir lo que yo había sentido hasta aquel momento, porque no era verdad ni mentira, era sencillamente imposible.


Mientras me acercaba, él no apartaba la vista de mí, regalándome aquella sonrisa que tantas veces me había devorado, gozando de su cuerpo, gozando de mi dolor. Y yo mirando.


Debió de ser el destello que produjo el brillo de la luna sobre el filo del cuchillo lo que alertó la atención de la mujer, porque justo cuando iba a descargar el desaliento que me llenaba, en el medio de su pecho, se volvió hacia mí y me miró.


No era una simple mujer lo que tenía ante mí, era un espejo, un cruel espejo que me devolvía la mirada que hasta entonces había sido mía. Era igual que yo, otra prisionera de por vida, otro cuerpo que se había volcado en el suyo, otra víctima más de la tiranía de su boca, de sus besos, de su cuerpo, de su sincero engaño. Y él, pleno de satisfacción al ver la mirada de sus dos víctimas encontrándose, olvidó por completo el cuchillo que desviando la trayectoria inicial, fue a clavarse directamente en su corazón para que por fin el mío quedase libre.


Creo que me encontraron allí, sin soltar el arma, horas más tarde, sin una lágrima si quiera, simplemente a su lado, por fin equilibradas las posesiones, por fin iguales uno del otro, sin hacer otra cosa que mirar al cielo, grabándome muy dentro aquel azul intenso, sentada entre las hojas sonrojadas por el otoño, que corría por mis manos rojas, por su pecho rojo, envolviéndolo todo, despidiéndose de mí, que libre por fin, estaré cautiva para siempre.









jueves, 3 de junio de 2010

CUENTOS TRADICIONALES REFORMADOS

Al hilo de lo que comentaba en la entrada del día 5 de Mayo ("¿De verdad hay que revisar los cuentos infantiles tradicionales?") y animada por la iniciativa de Arturo Pérez Reverte, que en el último número de XL Semanal escribe la nueva versión de Caperucita Roja, me dispongo a ofrecer lo que sería la versión adaptada a la actualidad de "Cabellos de oro y los tres osos".
Ni mucho menos pretendo imitar ni igualar la escritura de Reverte, simplemente cojo el testigo y sigo con la reforma para valorar si nos gustan más los clásicos o los modernizados.
Que cada uno saque sus conclusiones.

CABELLOS TEÑIDOS (FARMATINT-ORO) Y LOS TRES PLANTÍGRADOS DE ESPECIE PROTEGIDA:

Aquella mañana hacía footing por el por el bosque, Cabellos Teñidos. No había un alma por allí, porque debido a los problemas de desertización que acechan el planeta, los leñadores que eran habituales en estos cuentos, han sido sancionados por la tala descontrolada de árboles, pasando a formar parte de un E.R.E, ya que por mucho que han insistido los sindicatos, las empresas no les han encontrado otro puesto de similares características. (Los cazadores por lo menos, han podido recolocarse de seguratas en los barcos que van a las costas de Somalia, pero ¿qué pinta un leñador en un barco pesquero?).
Pero no  nos enrollemos. Nuestra amiga “footingueaba” por el solitario bosque tranquila, porque llevaba un espray anti-violación en el bolso de Carolina Herrera, aunque no lo usaría salvo en peligro de muerte, ya que pondría en peligro la capa de ozono y es importante no agrandar el agujero (el de la capa de ozono, digo).



De repente, vio ante ella una sencilla vivienda de protección oficial, y como se encontraba sedienta, decidió pedir un vaso de agua (hay que beber dos litros diarios, para tener bien hidratada la piel) a los moradores o moradoras de aquella casita.

Como quiera que nadie respondió a su llamada y la puerta se encontraba abierta, Cabellos Teñidos osó (no “oso”) entrar en la morada encontrando esta completamente vacía.



La mesa estaba dispuesta para tres comensales o comensalas. Un plato enorme en el que ponía “papá", contenía una gran cantidad de sopa, otro plato mediano destinado a “mamá” tenía un poco menos, y el tercero, sin duda destinado a algún hijo o hija, era un pequeño recipiente con apenas un cazo de caldo.

-¿Quién ha podido cometer este improperio?- se preguntó nuestra amiga-Esto no puede ser obra más que de un ser machista y misógino. Nadie más se atrevería a servir menos cantidad en el plato de la madre, dando por hecho que por ser mujer va a comer menos que el padre. No puedo permitir que se quede así-dijo mientras repartía toda la sopa por igual en los tres platos (aprovechando para colarla bien y así quitarle todas las grasas de origen animal que sin duda contenía aquel caldo repleto de calorías).
Le pareció escuchar un ruido en la parte de arriba, así que subió por si acaso los dueños o dueñas de la casa estaban allí, encontrándose entonces con el terrible espectáculo de tres camas de diferentes tamaños, que, al igual que había ocurrido con los platos de sopa, atribuían la de mayor envergadura al padre, dejando a la madre una mucho más pequeña, y la menor para el descendiente o descendienta.



-¡No lo puedo creer!-dijo atusándose la rubia y teñida melena- Jamás hubiera imaginado que siguiese habiendo hogares españoles en los que la desigualdad se pusiese de manifiesto con semejante descaro. No pienso permitirlo.


Y con toda su buena intención intentó mover los muebles para distribuir el espacio de otra manera, con una orientación Zen, de modo que las energías fluyesen de forma positiva y desde luego, repartidas por igual para todos los miembros y miembras de la familia.

El esfuerzo fue grande, y aunque ella es mujer y por lo tanto igual a cualquier hombre moviendo muebles, se sintió tan cansada que sin darse cuenta se quedó dormida sobre una de las camas.


El ruido la despertó quedándose perpleja al ver ante ella tres ejemplares de oso mirándola con asombro.


-No os asustéis- dijo nuestra amiga- Soy una mujer feminista pero no hago daño a nadie, solo quiero que viváis en igualdad, y que no haya diferencias entre vosotros por razones de raza, sexo o religión.


-¡Ah! Bueno-dijo uno de los plantígrados protegidos- Mientras no seas del Banco…


-¿Del Banco? ¡No, no! Soy del Ministerio de Igualdad, estaba corriendo por el bosque cuando…


-Perdona, bonita- intervino el otro oso adulto- no nos cuentes tu vida porque bastante tenemos con lo nuestro. El Banco nos acaba de embargar la casa por no pagar la hipoteca, estamos en el paro porque con tanta protección y tanta leche ya no servimos ni para asustar conejos, hemos peleado a brazo partido para poder adoptar un hijo porque somos osos gays recién casados, y cuando lo hemos conseguido, nos dan a este descarado que dice que es “nini” porque no piensa ni estudiar ni trabajar, y que no le gritemos porque nos denuncia al defensor del menor.

-Yo solo quiero que seáis iguales tanto los osos como las osas, que haya respeto e igualdad de condiciones…




-¿Pero tú la has oído? “Respeto” dice la muy mema y acaba de entrar en nuestra casa a recolocarnos la vida sin preguntar siquiera.


-¡Papa, papa! ¿La denuncio por allanamiento de morada? Lo he visto en “Los hombres de Paco”. Además, habrá dejado huellas. ¿Saco el equipo del C.S.I.
-Es que… yo ya me iba. La verdad es que tengo que regresar pronto no sea que con los recortes se carguen mi Ministerio y me quede en el paro yo también, que aunque me den una pensión vitalicia de esas, no es lo mismo.

-¡Ay, la rubia paya, que se quiere escapar!

-¿Me podrían indicar por dónde tengo que ir? Tengo un G.P.S. en el Ipod, pero no tengo metido el mapa de los bosques. Ni siquiera tengo cobertura en el móvil, y he dejado el Ipad en el despacho…

-¡Joer con la igualdad!- dice el oso grande abrazando muy fuerte al otro, mientras el osito adoptado rebusca en el bolso megapijo que se ha dejado Cabellos Teñidos al salir corriendo de la casita embargada.




-Voy a pedir un cambio de ministerio, quiero que me pongan en el de Educación, que allí no se nota tanto si cometo alguna imprudencia o imprudencio.



BUENO, PUES NO SE LO QUE PENSARÁN, PERO A MÍ ME SIGUE GUSTANDO MÁS EL DE SIEMPRE.