miércoles, 6 de agosto de 2014

ESTRELLAS


-¿Cuántas estrellas tiene este hotel, papá?
Y él, desde dentro, me respondía:
-No sé, sal fuera y cuéntalas.
Así que yo abría la cremallera de la tienda de campaña, miraba al cielo y empezaba a contar:
-Una, dos, tres...¡Son muchísimas, papá! No puedo contar tantas.
-Bueno, pues no las cuentes, al fin y al cabo, la categoría de los sitios no se mide por las estrellas, sino por lo a gusto que uno se siente en ellos.                                    
Hoy sé que mi padre tenía razón, y que  no era cuantificable lo bien que yo me sentía a su lado, pero aquellas estrellas imposibles de contar para mí, me servían para cuando llegaba al colegio y mis amigas presumían de sus vacaciones.
-¡Fíjate, papá, Ana ha estado en un hotel de sólo cinco estrellas, y Bego en uno de cuatro!
-Ya te he dicho que eso no es lo importante, lo que cuenta es si lo han pasado bien.
Pero en mi cabeza de seis años flotaba la sensación de que las vacaciones junto a mi padre, bajo un cielo con categoría de mil estrellas habían sido infinitamente mejores que las suyas.
Posiblemente, no me equivocaba.

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