martes, 2 de marzo de 2010





MIGUEL HERNÁNDEZ



De todos es ya sabido que este año se cumple el centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández, y aunque van a ser unos meses plagados de referencias y homenajes, no creo que sobre ningún recuerdo hacia la figura del poeta.
Al recordar su biografía, y como siempre, sensibilizada con el mundo de los niños, me llama poderosamente la atención el dato que hace referencia al carácter estricto de su padre, que como les pasó a muchos otros autores de aquella época, lejos de fomentar el aprendizaje de su hijo al conocer que estaba dotado para los estudios, le sacó del colegio y le puso a cuidar cabras, obligándole cada día a pasar con su rebaño, de camino al monte, por delante de la puerta del colegio y de aquellos compañeros que se burlaban del pequeño pastor.

Está claro que cuando existe la querencia (me encanta esta palabra) por la escritura, por mucho que se trate de retenerla, de cortarle las alas, por algún sitio va a salir, por alguna rendija se va a filtrar hasta que poco a poco logre estallar convertida en letras, en palabras, en textos, que como en el caso de Miguel Hernandez salieron, muchos de ellos, de aquellos días en los campos, de tanta soledad como vivió y de tanta incomprensión como tuvo que soportar.
Y como dato curioso, casi semejante a los cotilleos que hoy día nos asaltan en los medios, es el de las rencillas que había entre los poetas coetáneos, las envidias e hipocresías que existían. Lorca no soportaba a Hernández, no contestaba a las cartas que este le enviaba solicitándole ayuda para difundir alguno de sus textos. Alberti, que tampoco le contaba entre sus predilectos llegó a mencionarle en alguno de sus poemas recordando su olor a pastor, en comparación con lo bien que olía Lorca:

“Puras noches nerudianas
Miguel Hernández olía
a oveja y calzón de pana”…
…”¿Y Federico? A canciones
con jardines de arrayanes
y de patios con limones.”

Vamos, que si esto pasa hoy, vemos a las cadenas de televisión ofreciéndoles cantidades millonarias para que acudiesen a los programas a contar a qué olía concretamente, cuándo se dio cuenta de que olía a esto o a aquello, y en qué momento intimaron tanto como para acercarse las narices de semejante manera.

Pero de cualquier forma, prefiero estos tiempos, en los que al menos casi todo el mundo tiene libertad para expresarse.

(En la imagen, Miguel Hernández con Josefina Manresa. 1937)

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